Arcadia

descarga (3)

 Arcadia

          Los altos muros de piedra se alzaban imponentes rodeando la hermosa ciudad del sol, cincuenta hombres armados acompañaban a la princesa de las lejanías del oriente, su mula agotada reclamaba un poco de agua tras la  ardua travesía. Las puertas de oro macizo se abrieron otorgándoles una grata bienvenida, una luz cegadora les impidió la visión durante unos segundos, mientras la expectativa no paraba de crecer.

Para aquel grupo la sorpresa del mar extendido a sus pies, significaba ver todo el sueño de una vida realizado. La mayoría no conocían  el océano, por esto ahogaron expresiones maravilladas en danzantes susurros que la princesa no logró eludir. No daba crédito al asombro de sus impresionables súbditos, sus ojos se concentraban en la inmensa maravilla alzada en la verde colina, el palacio que se extendía en su enorme esplendor, lugar donde residiría al menos durante algunos días.

Un grupo de soldados los escoltó hasta el castillo, haciendo un recorrido por las arenas blancas bañadas por el agua cristalina, sin duda intentaban mostrarle lo mejor de Arcadia, si tan solo Damaris fuese un poco menos aprensiva, hubiese disfrutado del ligero paseo. Lo que resultaba en una terrible desidia, pues no le interesaba en absoluto recorrer el vasto territorio de un rey enfermo ajeno a sus dificultades, sus preocupaciones se hallaban dependientes a miles de leguas de distancia. Únicamente venía a representar a su pueblo, a recordar que existía una tierra llamada Oriente, y que requería de la atención de quienes con tanta insistencia cobraban los impuestos.

Se adentraron en el patio central, de panta cuadrada y jardines colgantes, Damaris se desprendió de la pesada capa de viaje gracias a la agilidad de uno de sus criados, esperaba encontrarse con el mismísimo Baal allí de pie, pero en lugar de eso, una niña de unos dieciocho años le tendió la mano esperando señal alguna de una reverencia.

-Bienvenida – le dijo la joven de cabello castaño, era bastante menuda para su edad, lo que le concedía la apariencia de niña – mi padre ha prometido recibiros en cuanto disponga de libertad, estos días complicados lo consumen por completo entre tantos asuntos de carácter – le dedicó una sonrisa conciliadora que decidió no devolver.

-¿Dónde se nos alojará? – Inquirió con autoridad – mi gente se encuentra extenuada por el viaje, y necesito organizar mis baúles y prepararme para la cena.

La princesa la llevó hasta una de las torres centrales que estaría destinada a su hospedaje y el de sus acompañantes, allí se acomodó en una habitación no muy amplia que no era de su entero gusto, vaciaron el equipaje y dos de sus doncellas se dedicaron a bañarla en lecho tibia. Luego la llenaron de esencias y vistieron con una lujosa túnica de seda dorada, mientras decoraban su cabello con redecillas a juego. Esperaba poder hablar con el rey, bien sabía que no se encontraría con mucha estima de parte de este, puesto que aún le echaban en culpa muchas de sus precipitadas decisiones cuando era muy joven.

No le molestaba Aleana, al contrario, había algo en ella que recordaba cuando tenía su edad, entonces se hizo cargo de las tierras de su padre y se alzó como la soberana del pueblo velando por los intereses de otros. Desde luego los motivos por los que ella tuvo que acceder tan pronto a las responsabilidades no eran desconocidos para nadie. Todos conocían de la repentina muerte de su hermano, en un sacrificio humano de manos de su propio padre, el príncipe Licorio, que poco después murió a manos de su esposa, que enloquecida de dolor, le hundió un puñal en la garganta. Así con una vida marcada por la desgracia, tuvo que hacerse cargo de las responsabilidades de otros, envió a su madre lejos, donde murió sola y enferma, no quería verla más, por lo que se conformó con ser la única sobreviviente de la familia, y la última.

Porque estaba decidida a no dejar descendencia, su linaje moriría con ella,  la última guerrera destinada a dejar huella en la historia de Oriente, y si era posible de Rhodas por completo. Si bien era cierto que no contraería matrimonio, no por ello dejaba de ser amada, pues podía darse el lujo de tener a su antojo cuanto amante quisiera, nadie le diría nada, pues con su absoluta benevolencia, era más querida que odiada.

Era una de las principales necesidades que se encontraba allí, dispuesta a celebrar el baile organizado por la familia Arcadia en honor a la salud del rey. Quería hablar con él, pedirle bajo su intensa persuasión, a la que nadie lograba resistirse, que la convirtiera en reina de Oriente, que le concediera el poder de otorgar decretos e indultos, y pudiese hacer y deshacer a su antojo en sus tierras. Si bien sabía que no debía dar ningún paso en falso, pues Baal podría tomarlo como un acto de rebelión, y tras las últimas batallas sus tropas mermaron considerablemente, por lo que el tesorero le recomendó no entrar en conflicto con ninguna otra ciudad, y ofender al rey podría graznarle un puesto en el calabozo del hermoso palacio blanco. No, debía asegurarle que no deseaba la independencia de Oriente, sino más bien un tipo de libertad distinta, los impuestos continuarían siendo pagados, y siempre le rendirían cuentas al rey, pero ella tendría el poder para gobernar tranquilamente y tal vez conquistar otras tierras.

De buen humor se convenció de dar un recorrido acompañada de sus doncellas, conocería a cuantos se conglomeraban en víspera de la celebración. Las mujeres de Arcadia se le antojaban muy sencillas y recatadas, en comparación con los vestidos exóticos y coloridos a los que estaba acostumbrada, evidentemente desentonaba, pero no significaba una preocupación para Damaris, disfrutaba mucho ser el centro de las miradas, y a muy a pesar de la belleza de la legitima heredera de Rhodas, sus rasgos finos y poco vistos se convertían en el punto de anclaje de todos cuantos la rodeaban.

Damaris no podía negar sentirse atraía en Arcadia, los hombres poseían la piel blanca como la nieve, a diferencia de su hogar, donde todos eran tocados por el sol y poseían el color de las arenas oscuras. Una parte de ella se encendió de placer al imaginarse tan llamativa en un lugar monótono, desde luego, allí conocían las estaciones, y la cálida primavera brindaba tanto sol como vientos el otoño, mientras que en Oriente no se apreciaba otra cosa, que un calor tropical, dominante día y noche.

Tropezó con un joven alto de cabellos plateados, sus ojos la observaron azules como el mar, inmediatamente se sintió atraída por una nueva especie desconocida para sus ávidos gustos, le sonrió complacida sin mucha coquetería, dejando que sus atributos hicieran el trabajo por ella.

-Disculpad mi torpeza mi señora – le apremió caballerosamente – mi nombre es Eneas, heredero de Siraí.

Damaris no se inmutó ante tal confesión, bien conocía los secretos deseos de unir Siraía con Arcadia, siendo la pequeña Aleana el motivo exquisito de tal alianza. Casi se sintió decepcionada, casi pero no, al contrario el fuego en su interior comenzó a cobrar fuerza, encantada de conocer una nueva víctima, que tal vez fuese de gran utilidad a su propósito. Una sola palabra bastó para tenerlo a su antojo, como sin duda había planeado tan solo verlo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historia. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s