El susurro del viento

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La miseria de hombres perdidos ha devastado más que mil guerras predilectas, con una insensatez que raya en lo mezquino, dejando al viento la terrible imperfección de almas negras, desprovistas de luz, de caridad. Aquellos que optan por mantenerse en la paz, usualmente alcanzan la bondad infinita de la que son merecedores, en tanto otros, cubiertos de falsos engaños, acaban por disfrutar de la terrible oscuridad, de una lucha envanecida, del ardor del miedo, de la muerte embestida.

La desnudez del bosque le ofrecía una fría bienvenida, la triste percepción de vacío parecía anunciarle que nunca hallaría su preciada libertad. Los gritos incesantes desgarraban el cielo nocturno carente de dulces estrellas, en tanto que sus pies rotos intentaban presurosos correr un poco más.

El sudor le recorría por lo amplio de sus brazos, como un invitado grato que apetecía quedarse a su lado. Los sepulcros gastados susurraban su nombre en la distancia, llamándolo, implorando su caída. Una oscuridad parcial le cegaba los ojos, acusándolo de ser un fugitivo cuya marca en el pecho delataba el sucio origen del que provenía.

Cansado ya de la pesada marcha, se detuvo junto a un arroyo claro, la luna melancólica se reflejaba en sus aguas poco profundas, invitándolo a un apacible sueño, que pronto lo liberaría de sus males mortales. Se dejó llevar por el canto acunado del agua corriendo, imaginando un océano a lo lejos, un barco con su nombre, con la promesa en los labios de que pronto se convertiría en capitán de un enorme velero. El cansancio vetó sus ojos pardos, meciéndolo en el profundo letargo de quienes creen alcanzar la felicidad, en mares claros de pura verdad, donde la vida carecía de avaricia.

Una luz brillaba sobre sus parpados caídos, al abrirlos evocó a una fantasía tan perfecta que jamás hubiese creído que fuese real. Descansaba en delicado lecho de nubes blancas, con un cielo turquesa tendido a sus pies, fortalezas de oro se alzaban sobre montañas verdes, el frenético cantar de los pájaros le engullía los sentidos,  al tiempo que decenas de colibrís rodeaban su improvisada cama. Se desperezó intuyendo que continuaba dormido, una hermosa dama, de largos cabellos de sol acariciaba con gráciles manos un arpa de cristal, la melodía era suave y triste, lo invitaba a sumergirse en un beso de seda, en una caricia lenta. Inspiró cerrando los ojos, la melancolía inexplicable invadía sus pesados pensamientos, dibujando imágenes coloridas. Los trazos danzaban a su espalda movidos por cuerdas de aire que impulsaban leves pasos.

Quiso cruzar la distancia que los separaba, alzarla en brazos y conseguir apreciar la absoluta pureza que con tanto esmero le cantaba. Dio un paso al frente y la música se detuvo. Ella le observó con grandes ojos verdes, su mirada segura y reflexiva lo hizo detenerse en seco, era una musa, un ángel, dejó caerse sobre las rodillas absorbido por un deseo ciego de sentir su piel contra la suya. Ella sonrió con tal dulzura, que la diosa más hermosa hubiese envidiado sin duda, él apasionado como el fuego, extendió su mano implorando sentir el tacto de la ella. Con un movimiento que casi no percibió, la criatura se encontró a su lado acariciándole el cabello. Era como el suspiro de un ángel, de candidez y belleza, de egolatría y pureza.

Alzó la vista deleitándose con el rostro suave como el viento, dulce como la miel, de ojos sinceros que atendían a un llamado real.

-He visto vuestros sufrimientos Darío – susurró cual melodía grata y esperada – sé de vuestra esclavitud y los males que asediaban día tras día, soy yo quien debe concederte aquello que más deseas, puesto que has luchado imperecederamente por ello, puedo proveerte de una pequeña ayuda.

Darío pensó cautivado que lo único que podría querer más que su adorada libertad era observar esos ojos por el resto de su existencia. Sin detenerse a pensar lo dijo con firmeza, convencido de que pertenecía a aquel místico lugar, ella entristeció, afirmando que de ninguna manera él podría conservarse a su lado.

El barco que anhelaba se precipitó en su cabeza, recordándole que tan bien resultaría hacerse con el mando de un amplio navío, surcar los mares y no volver a las cadenas sujetando sus magullados tobillos.

-Los elfos nos hallamos dotados por el maldito don de la inmortalidad, podéis manteneros en Eidor de ninguna forma – manifestó ella.

Él se convencía de que sí, querría vivir allí aunque fuera una corta vida. No comprendía como tan maravillosa criatura desdeñaba del don que cualquier humano imploraba.

-Verás – susurró intuyendo sus cavilaciones – la vida humana es bella por su brevedad, cada momento es irrepetible y mágico, un suspiro, un beso… para nosotros, la amargura se instala en estos amplios salones, donde la monotonía nos hace desdeñar de lo importante que puede ser un breve momento.

Cada momento de su vida había sido un constante suplicio, una esclavitud perpetua a la que ahora podría poner un fin. Cada instante de su existencia lo había vivido en un intento deliberado por librase de su prisión, por hacerse a la vida sin ataduras, y ahora que escapaba del enorme torreón, se le presentaba un ser de luz dispuesta a ayudarle, aceptaría sin duda.

El sueño se le presentó tan ligero e irrepetible, sabía que el viento arrastraba verdades que cantadas en sus oídos presagiaban el mejor camino. La lucha no servía de nada, y huir tampoco, solo emprendiendo su destino podría considerarse libre de todos aquellos que una vez se creyeron sus dueños supremos.

Tomó con confianza aquella mano de mármol, se tendió sobre el césped húmedo dejándose arrastrar por los vientos. Llegó hasta el riachuelo donde finalmente comprendió que ruta tomar, escapó hacia la vida, aquella negada e incompleta, idealizando una felicidad sincera que pronto esperaría recuperar.

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