Noche inmortal

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La noche vestía de estrellas y perlas en lo alto de la infinita noche de verano. La gala oscura descendía sobre los gastados páramos, anhelando una sonrisa eterna dibujada en el preciado cielo negro. Una luz brillante teñía de cálidos matices rojizos el horizonte perenne, mientras un halo de viento fresco rozaba con suaves dedos la curva sigilosa de aquellos tiernos labios frescos.

El cansancio infinito, se mecía con silencio buscando alcanzar la empinada cumbre, aquella donde abedules bellos se posaban en silencio observando cándidos el fulgor de las sombras nacientes. Un sol eclipsado se ocultaba tras las altas montañas verdes, descifrando los olores de un ocaso inminente. La bruma acompasada por los pasos tenues temblaba a la distancia, con suficiente conocimiento de las tristes horas que perseguían en la cima preciosa.

Meliseo avanzaba con paso decidido, y el ánimo acostumbrado, aquel solemne llevado a cuestas cada noche durante el mismo camino. Su pequeña mochila, cargada de buenos deseos, brincaba contra su espalda en cuanto más inclinada se presentaba la pendiente. Una sonrisa febril bailaba en sus labios, en tanto sus ojos se enfocaban en alcanzar el añorado final, desprenderse de su mortalidad y tenderse junto a su bella dama.

No importaba cuán difícil hallara la subida, no paraba de pensar en la llegada, en esos dulces y breves momentos a su lado, imperecederos en su alma, infinitos en su corazón. Una música ligera brotaba de sus manos, siempre andaba con la pequeña lira, aquella que aseguraba que ella disfrutaba con verdadero placer. Miraba sin ver hacía el limite próximo, señalando con curiosidad las extrañas formas dibujadas entre los árboles, sus manos temblaban en tanto se acercaba al final del largo pasaje.

La cúspide señalaba su amor predilecto convertido en escenario, allí la magia vivía. Convertida en mujer toda la belleza de la vida se reunía en el estrecho claro, donde un lago diminuto se convertía en pista para otorgarle la bienvenida. Conforme los rayos del sol se extinguían, las violetas multicolores volaban por los aires, desprendiendo el olor a primavera, cautivando cada sentido, estremeciendo cada parte de su ser.

La oscuridad empezaba a descender, con aquella tenue brevedad de lo etéreo, con la elegancia pausada, con lo inequívoco de lo perpetuo. Miles de puntos brillantes se alzaron en el firmamento, titilando cual notas en un mar negro, bailando en un turbulento beso. El cielo rugió feroz, y la noche se vistió de amor, su preciada Helena se alzaba imponente ante él, sutil y delicada, vestida de hermosa plata, con largos cabellos grises rozando las cristalinas aguas del arroyo, con su pálida piel resplandeciendo en la oscuridad perpetua.

La danza mística dio un breve inicio, Meliseo tocó con la suavidad de los ángeles, en tanto Helena bailó consagrada en la deliciosa tentación de lo mortal, con absoluta naturalidad en la triste relación banal. Él acariciaba cada soplo proveniente de su dama, y ella, disfrutaba consagrada en una delicada felicidad, en un cálido despertar aproximado.

Su amor era puro y benigno, nacido del sol y de la tierra, venido al mundo para detonar belleza y bondad. Más en el cariño, siempre existe quien desea más del otro, quien anhela el alma y dignidad, y como en muchos casos esto lleva a una imperdonable destrucción, a una corrupción de lo bueno, de la miel convertida en hiel, del veneno poderoso rondando.

Su amor tenía una condición, cada día, podían verse sin falta al ocultarse el sol, y separarse al alba, siempre sin llegar a poseerse el uno al otro, puesto que eran figuras divinas nacidas del amor, en el mundo debían cumplir con una gran pena.

Era así, como cada noche, Meliseo y Helena bailaban en plácido ardor complacidos con su amor, sin llegar a rozar sus labios, sin llegar a compartir abrazos. Él cansado del duro castigo impuesto, decidió que aquella noche, al ocultarse el ignominioso sol raptaría a su amada y la llevaría a las lejanías de Oriente, donde nadie los encontraría nunca.

Meliseo se alzó quebrando la rutinaria danza entre ambos, ella, confundida y loca de amor, lo miró con profundos ojos grises intentado descifrar lo que versaba su corazón. Llena de anhelo, dio paso a su pasión convencida de una felicidad certera entre los dos. Rompería las reglas, no existía ya cadena que atara su corazón. Extendió su mano a él, quien temeroso aceptó estrechando entre sus dedos, sintiendo el calor por primera vez, besó sus palmas, dejando que la felicidad corriera por su cuerpo, Helena se tendió en su brazos, buscando aquellos labios negados, deseando alcanzar el abismo cerca de él. Sus labios se acariciaron y las estrellas brillaron de placer, rodeándolos de fuego negro, con oscuras llamas lamiendo su piel, el mundo desapareció en medio de una absoluta confusión, la vida misma no importaba, estaban juntos y ya nada los separaría, no eran hueso y piel, eran alma y espíritu, convertidos en un mismo ritmo.

Pero el momento cesó, y aquella rebeldía fue bruscamente castigada. Al perderse entre ellos, no tuvieron noción del tiempo. En lugar de huir, se encontraron en un poderoso beso, que no alcanzó para liberarlos más sí para atarlos. Las viejas cadenas repletas de óxido estallaron, y el sol dorado bajó a la montaña imponiendo la perversidad de lo prohibido.

Los separó en alma, condenándolos al destierro infatigable de un adiós imposible. Para asegurarse de que nunca se vieran, alzó a Helena hasta lo alto del firmamento convirtiéndola en luna, de ese modo Meliseo pagaría su terrible error, podría verla en su esplendor, pero sabría que ella jamás lo contemplaría a él.

-Has querido poseer aquello que escapa de vuestras posibilidades.

Por la noche la luna lloro hasta quedar sin lágrimas. Mientras, Meliseo, enfurecido quiso darse muerte por su terrible desdicha. Intentó lanzarse de un acantilado esperando ver por última vez a su Helena.

Esta vez, el sol conmovido por su amor, lo convirtió en viento suave, aquel que mece las noche y acaricia los cielos, de ese modo rozaría la pálida piel de su amada, y se situaría a su lado cada vez que él se ocultara, dando paso a la inmortalidad de un amor sagrado.

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