Boleto sin regreso

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Boleto sin regreso

Los baúles asidos se aferraban a las gastadas palmas de sus manos, unos dedos enflaquecidos lloraban en la aletargada distancia, cientos de horas perdidas asomaban sus ojos coléricos a través de una  diminuta rendija llamada despedida. Sus padres,  repletos de un pesar profundo, mantenían la cabeza gacha con temor de dejar en evidencia sus más temidos pensamientos, los amigos y conocidos saboreaban un final entredicho, a sabiendas del inequívoco final de aquella dama incierta.

Toda su vida había sido la sospecha de un mero error de posibilidades, nacida en desgracia, atrajo en un  matrimonio a padres intolerables,  sucumbidos a una inocente tentación, que por un supuesto les otorgó un odio inclemente. Emma, hermosa y admirada, no había conocido amor en su triste hogar, los gritos eran la cuna de sus sueños, en tanto que las malas palabras eran los buenos días que a diario frecuentaba. Aun así, dando cabida al desconsuelo, se esmeraba con locura por sentir que todo marchaba bien, por apreciar lo dulce de la vida.

La mente de Emma divagaba lentamente en un añorado intento por recordar el pasado, solo alcanzaba a imaginar un pesado fantasma cerniendo con locura en un millar de lágrimas, arrebatándole con injusticia lo que tanto amaba.

El desconcierto recorría a los presentes en la oscura habitación, ella alargó su bonito vestido violeta y acomodó su sombrero de lazos, echó un suspiro involuntario mirando a su alrededor. Todos se impacientaban, él no llegaría definitivamente, no servía de nada alargar la marcha cuando los presentes suponían el amargo debate que se desarrollaba en su pecho.

-Vas a perder el tren – anunció su padre encendiendo su acostumbrada pipa – será mejor que haga llamar el coche.

No respondió y este desapareció tras la puerta. Su madre agarraba su mano con ternura, como si pudiese sentir el desapego interno que su corazón dilataba.

Los cascos resonaron y su pecho aceleró, la inminente partida se acercaba, sintió un hueco profundo allí donde debía hallarse su corazón, un agujero enorme que amenazaba con arrastrarla al precipicio. Dirigió una mirada afligida a aquel que había sido su hogar hasta entonces, el lugar adorado donde conoció alguna vez el amor.

El camino a la estación de tren fue como un soplo de viento que ni parece suceder. De pronto descendían del coche y dejaban los baúles mientras el billete destacaba en su mano, presurosos por dejarla ir y volver a la rutina de la que eran esclavos.

De breves besos cubrieron a su hija, jurándole escribir y llenándola de buenos deseos, con el pecho encogido se despidió convencida de escapar a un mejor lugar, lejos de hombres codiciosos, lejos de guerras en vano, de muerte y dolor.

Un mozo la ayudó con el equipaje, ya convencida de que nada perdía decidió abordar el vagón sin retrasar la partida, solo así escapaba del dolor, de la miseria. El alborotó aumentó con la llegada del tren, los pasajeros revoloteaban desesperados a la expectativa.

El humo se colaba en su entorno dificultado la visión, hombres iban y venía, damas ataviadas se subían despidiéndose a lo lejos. Una mano sujetó su hombro derecho, en un desesperado intento por conservar la calma giró con lentitud sorprendida al ver los ojos que tanto añoraba despedir, lo abrazó como si pudiese fundirse en su alma y llevarlo en la piel para la eternidad.

Él sonrió con tristeza, dedicándole una mirada gentil. Llevaba el uniforme militar, en pocas horas también partiría, tomó su mano y la besó con desesperación, si tan solo tuviera la certeza de que volvería a verlo. Pero solo el tiempo inclemente respondería las dudas que en su cabeza rondaban. Bastian la tomó entre sus brazos besándole la frente, ella lo abrazó con la certeza de que lo perdía, dejando que el perfume le engullera los sentidos. Sus caminos eran distintos y contrarios, probablemente la olvidaría, las promesas de nada valían ante los miedos iracundos que entre ellos se alzaban, cuan cruel era el destino por encontrarlos y separarlos cuando más juraban quererse.

-Temí no llegar – susurró Bastian cogiéndola de la mano – no podía irme sin verte, sin volver a besarte y llevarme un último suspiro de tu parte. Sin tomar la promesa de tus labios de que esperaras a por mí.

Ella enrojeció, podía prometerle lo que quisiera, estaba convencida de que nunca volvería a amar, de que luego de verlo irse, se rompería su alma y no volvería a funcionar.

-Es la guerra – respondió – de no volver a verte no sé qué será de mí, tantos sueños juntos, anhelos y momentos que esperé ver realizados, y ahora, una separación inconclusa, en la que las palabras no valen de nada, el viento barre los juramentos y la distancia ha de aproximar el olvido, no caben dudas de que más pronto que tarde, las cartas cesaran y os encontraras complacido de haber marchado en sentido contrario.

Bastian sintió su miedo como propio, bien podría ser esa criatura dulce y celestial quien lo olvidara. Entonces quedaría reprimido por recuerdos absurdos, y por una culpa insolente que día tras día lo perseguiría. Bien podría dar marcha atrás a la decisión, irse con ella, escapar… Pero su sentido de lo moral no le dejaba hacer lo que consideraba incorrecto, la amaba, y por amarla debía luchar en darle lo considerado, y su decisión lo era.

Ella notó el debatir con una luz de esperanza, que al final se extinguió, descorazonada convencida de lo ingenua que resultaba. Era un abismo entre ambos, donde el mundo perdía sentido, donde los colores perdían brillo y el albor esplendor.

La locomotora rugió apurando a los calmados pasajeros. Los segundos huían y pronto dejarían de verse probablemente para la eternidad. Él la tomó de la mano y acompañó hasta el vagón indicado.

-Venid conmigo, por favor – suplicó Emma con lágrimas en los ojos – no quiero perdernos, no quiero dejarte.

Él sintió el dolor oprimiéndole el pecho, desgastando su honor, su vida. ¿Cómo abandonarla? ¿Cómo dejar ir sus sueños en un tren sin regreso?  El humo nublaba sus ojos enrojecidos, no soportaba la idea de verla sufrir, odiaba su cobardía, sabiendo que le causa un dolor a la mujer que tanto amaba. Odiaba el momento en que osó enamorarla, convenciéndola de la verdad del querer, concediéndole hermosas flores y versos a la luz de la luna.

-No puedo Emma, no puedo – dijo por fin.

Y con estas cortas palabras quebró la esperanza que ella conservaba, le dio la espalda sumergida en el dolor de perderlo, subió al vagón sin volver la vista atrás, añorando cada momento a su lado, sintiendo la represión de su alma, el dolor de su pecho. Partió convencida de estar incompleta, con el anhelo de verlo de nuevo. Con la frase del volver a encontrarse tomando forma en su mente, los días, las semanas, los meses marcarían cuan pronto volverían verse, y mientras ella esperaría, tan fiel como lo había prometido, aguardaría su llegada hasta el fin de sus días.

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5 respuestas a Boleto sin regreso

  1. francisco migliore dijo:

    Solo una palabra “brillante”

  2. Pedro Fumero dijo:

    Wow, está excente!
    PD: Todas las historias las has escrito tu Vanessa?

  3. kenny dijo:

    de tu inspiracion! no sabia..me gusta mucho como escribes, gracias por compartir ^ ^

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