El legado de Nereo

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El legado de Nereo

Un aletargado silencio recorría el oscuro claro. Los cadáveres se apilaban en montones mientras los hombres del silencio echaban en falta la terrible pérdida. Ya no llovían flechas, ya no entrechocaba el acero oxidado, allí solo hedía a muerte y horror, allí solo se mantenía un vapor fresco ahuyentado por las escasas lágrimas del resto de los contendientes.

Un sopor brumoso acudía a quienes, fuera de sus carpas grises limpiaban las viejas espadas, nadie mediaba palabra, nadie deseaba conversar, un dolor inaudible los mantenía presos del silencio autoimpuesto. La noche atraía recuerdos oscuros, enterrados en la memoria de los combatientes, todos se revolvían furiosos en sus lechos añorando la pronta partida. No se permitían sentir felicidad, pues aunque muchos fueran a ver a sus esposas y familiares, otros tantos quedarían bajo el lodo, entonces un llanto incesante resurgiría en los cielos, y las madres se entregarían al dolor eterno.

Se dice que la avaricia de un hombre ha derrotado cientos de poderosos imperios, más no se dice nunca los miles de soldados enterrados, ni las cientos de familias rotas, el horror de las madres y el sufrimiento de las jóvenes esposas.

Hombres iban,  hombres venían, el gran cuerno anunció la partida. De los cientos que eran, solo veinte tantos alistaban sus mermadas pertenencias. Algunos se antojaban de recoger aquello que pertenecía a su compañero más cercano, en tanto que otros dejaban todo allí, esperando no atraer recuerdos del lugar siniestro.

Nereo frecuentaba hallarse en un mar de sangre, siempre indoblegable ante las órdenes de un poderoso emperador. Tomó su vieja mochila y la colgó de la espalda, su escudo, lanza y espada le ofrecieron una triste despedida desde la tierra húmeda, se marchaba sin ellos, esperando no necesitarlos de nuevo.

Los hombres anduvieron en fila, cabeza gacha y con poca conversación, a la espera de la llegada. La lluvia inclemente les retrasó el paso en las colinas, donde sin remedio alguno tuvieron que detenerse y tomar refugio. Nereo solo tenía cabeza para pensar en la pequeña casita azul de la ladera, aquella que poco más de un par de años había dejado sumida en sombras y amargura siniestra, donde Ariadna había decidido no dirigirle la palabra.

Recordaba con absoluta claridad la noche de su partida, aquel momento nefasto al que ella tanto temía,  se cernía a su lado dejándola a merced de la angustia. Ariadna era alta y esbelta, de rizados cabellos caobas y enormes ojos azules, él había dado todo por hacerla su esposa, su honor le garantizó a esta y le ganó el favor de sus padres. Debía admitir que no fue fácil ganarse un corazón herido, de aquella sentía habían vendido cual res al primer comerciante que ofertaba en casa.

Sin embargo con el tiempo cedió, y no tardó mucho en verlo con amor. Tanto costó ganarse aquel corazón como hacerla olvidar el nombre de su esposo, para sin mucho mediar abandonarla a la soledad.

-Cada despertar imagino vuestra partida, con un beso gélido os despides de mí y ya nunca vuelvo a verte… – susurraba a su oído entre plácidos besos dulces.

-Os he de jurar que ni con todo el tiempo del mundo, podré olvidar el rostro que me entregó la felicidad.

Y solo así lograba aplacar esos temores inciertos que tanta razón había de tener. Pero el tiempo bastó y el reclutamiento no se hizo esperar. Todos los soldados debían marchar a la guerra, e inexorablemente tuvo que partir.

Con el dolor aflorando en el pecho, ella le suplicó que se quedara, irían a Hestia y, allí donde no había guerra,  podrían vivir en paz.

-He de marcharme pronto, es inútil que me pidas esto puesto que sabéis mejor que nadie que no renunciaré a lo que soy – afirmó con calma él.

Ella se dejó llevar por el dolor, las piernas le fallaron arrastrándola a aguas angustiosas donde el sufrimiento la hizo esclava. Se negaba a comer, a verlo, a oírlo, no quería perderlo y en la guerra lo perdería, era todo lo que tenía y ahora, se iba sin más sin garantía de regresar.

-Si has de creer que esperaré sentada os equivocas, no pretendas venir a esta casa nunca, las puertas se encuentran cerradas para ti… – fueron las últimas palabras que manifestó delante de él, quien sin otra expectativa anduvo a la guerra con decisión.

Tantas lunas desde eso, tantos besos perdidos, caricias negadas, pensamientos devastadores se paseaban en sus marchitos pensamientos, donde Ariadna era todo lo que sus ojos cansados alcanzaban a recordar. Ahora debatía en su llegada, probablemente no querría verlo, pero él deseaba confesarle que durante 615 noches no hubo una en que ella no acudiera a sus pensamientos, que durante la muerte y la vida no hubo instante en que no añorara volver a su lado.

Solo conseguía pensar en ella, en Ariadna, en esa mujer amada que no pretendía volver a verlo. En la decisión marcada de su voz cuando le pidió que se marchara… las heridas de batalla no eran nada comparado con el dolor de su pecho, con la pena profunda que no conseguía aislarse de su ser.

Los días largos y calurosos arrastraban el cansancio inclemente de los caídos en la ofensiva, los suministros escaseaban mientras el sol calentaba con furia a sus aguerridos retadores. Parecía no tener final el largo camino a Elir, parecía no existir un regreso, parecía que no debían volver los afamados titanes de las bellas canciones.

Ni una taberna les sonrió en el camino, ni un alma en pena osaba cruzar una mirada aciaga  con los terribles hombres del imperio, los héroes malditos, aquellos perdidos y resurgido del odio de un rey. El hambre y la miseria se extendían en tierras desiertas, donde los buitres y carroñeros hacían festines a menudo, donde los ciudadanos morían a suplicas de sed, donde las mujeres eran violadas y asesinadas, donde los esclavos no conocían de igualdad, y sobre todo donde todos sumidos en silencio se decían que el imperio marchaba mal.

Nereo se reprochaba su participación en un ejército mancillado, habían pagado la ira de los Dioses derrota tras derrota, para luego, tras muchas muertes injustas, ver la salida y volver. Aún en minoría hallaron el camino de vuelta, como los sobrevivientes de la historia, las damas se rendirían a sus pies, y la gloria prometida alzaría en pie de altas murallas y estatuas para recordar.

Finalmente las enormes puertas de Elir se asomaron en la cúspide, los corazones cabalgaban a cuestas dominados por el anhelo de estar en casa. Imaginaban las puertas de par en par, con cientos de mujeres y niños lanzando sus rosas, con  las liras sonando al compás de la alegría, con la gratitud venerada en cada rostro.

Pero  las causas perdidas no  le ofrecen vítores a héroes que persiguen la gloria equivocada. Las puertas se abrieron, y en lugar de clamor esperado, los recibió el humo del fuego desahuciado,  el llanto ajeno y un dolor que corría a gritos entre cientos de mujeres vestidas a negro.

Nereo imaginó que merecían la desdichada bienvenida, eran los residuos de un poderoso regimiento, los cobardes llamarían algunos. Alzó la vista esperando encontrarse con aquellos ojos azules, en vano imaginaba encontrarla allí.

Avanzó con la mirada puesta en la pira ardiente, todos lloraban a sus muertos y él no podía menos que unirse y orar por el alma de sus compañeros caídos.

Decidió visitar la cabaña azul, la colina se alzó eterna mientras caminaba intentando llegar a la puerta. Al abrirla la plena oscuridad le ofreció un triste saludo, un lecho desarreglado se alzaba al lado de la ventana, allí descansaba una joven menuda con el cabello alborotado y la manos entrecerradas. El corazón se le encogió al ver a su amada Aariadna tan frágil y solitaria, después de todo sí lo había esperado, descansaba junto al ventanal añorando su regreso, lloraba hasta quedarse dormida con el anhelo de verlo de nuevo…

Acarició su rostro sutil como el respiro del viento, ella abrió los ojos, y sin poder creerlo se arrojó a los brazos de Nereo, donde siempre debía estar. Sonrió contenta al sentir sus labios de nuevo, lo había esperado sin cesar, y ahora lo tenía con ella… se dejó llevar entre besos a la cálida suavidad del amor. Él se juró  a sí mismo no luchar por injusticia, desde ahora su vida tenía nuevo camino, y Hestia sería un buen hogar para ambos. 

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