Ciudad de esclavos

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Ciudad de esclavos

Los males apesadumbrados se instalaban en los diminutos rincones de una ciudad marchita, los ojos veían sin ver, los hombres sentían sin sentir, mientras que un clamor interno luchaba por liberarse del silencio impuesto.

El viento gélido azotaba con furia la estrecha ventana improvisada, las paredes temblaban ante el rugido sinuoso del invierno recién llegado. Las personas corrían con prisa cubriendo sus rostros de la pesada nieve, los abrigos rotos hacían acto de presencia en aquellos prados desolados.

Las casas tristes se ocultaban entre el perlado color blanco, los copos descendían con implacable rapidez, posándose en el alfeizar de la habitación. Los finos halos se colaban por medio de los cristales rotos, una sonrisa triste se dibujaba en aquellos finos labios, en tanto que sus ojos divagaban confundidos entre la muchedumbre apilada a puertas de una vieja catedral.

Dania posaba el mentón sobre la áspera superficie de manera, las hojas del libro abierto, se abrían y cerraban sin ningún detenimiento, cansada, decidió guardarlo en su mermada colección, donde un par de tomos color rojo le abrían una cálida bienvenida. Estiró las manos que sentía entumecidas echando un último vistazo por el marco de vidrio, dejó que el aire le acariciara el rostro, convencida de la impasividad de quienes muy confiadamente se doblegan ante lo que consideran su destino.

Ella no era un mártir ni un héroe caído, era solo una mujer cansada, con un lamento ajeno aflorando en el pecho, era una niña sin padres, una criatura sin vida, un ser acostumbrado al vacío profundo que le habían inculcado. Era un país maltrecho, una luz extinguida, era el rostro de la injusticia.

Se precipitó a las calles donde se recibiría la comida deseaba, aquel fino anhelo que todos merecían. Una larga fila de gente se posaba en silencio añorando hacerse con una barra de pan duro. Desde su lugar alcanzaba a ver a los hombres reprimidos en la plaza, torturados de pie frente a un poste, enormes cadenas de hierro apretaban sus escuálidos tobillos impidiéndoles caminar. Las mujeres observan con disgusto, cientos habían perecido bajo aquellos grilletes oscuros, bajo la mano implacable de un rostro que no conocía la misericordia, aun así nadie se atrevía a alzar la voz, quienes lo hacían terminaban en las plazas, exhibiendo su desgracia por atreverse a soñar la libertad.

Desvió la vista perturbada, evocando viejos recuerdos de un padre a pies de hombres armados, asesinado a golpes delante de su familia. Salió de allí, prefería quedarse sin comer que volver a presenciar el rostro de la muerte.

Decenas de ojos parecían intuir lo que su corazón gritaba y sus labios no lograban pronunciar, todos se conocían y solo algunos se atrevían a mediar palabra. Pues con Dania, solo uno que otro intercambiaba miradas, era hija de la desgracia del dolor, sin luz, absoluta oscuridad,  de una familia calcinada, descendía de los sueños rotos.

Corrió a merced de una angustia provocada, corrió con el miedo persistiendo en la piel, a cada palmo de su alma un susurro desolado cantaba con misericordia, esperando el cese del aletargamiento contundente que adormecía a su gente. Añoraba los vientos libres que arrastraban calor, aquellos que coreaban las victorias y no se dejaban vencer, sin agresión ni veneración, solo una paz absoluta con plenos derechos de libertad.

Las voces acalladas parecían gritar desde los corazones ajenos, Dania se detuvo en el umbral de la antigua estación de tren. Una vez hermosa, repleta de color y vida había albergado a curiosos viajeros deseosos de conocer la hermosa ciudad de Culta, donde el sabor y la alegría eran el mejor plato cada día. Ahora, sumida en sombras, su cierre definitivo acarreaba la profunda pena quienes en medio de un sueño, erigieron los altos pilares y el techo abovedado, construyeron amplios rieles y vagones decorados.

El sopor insaciable se contenía en su cabeza, donde pensamientos moribundos acontecían, gritando frases insulsas, destacando el empobrecimiento de las almas que sucumbían al terror del opresor.

Unos pasos lejanos la devolvieron al momento y al lugar, una joven que parecía de su edad la seguía, llevaba el rostro mugriento escondido entre un gastado sombrero de paja, lucía diminuta en el vestido harapiento. Una punzada de dolor la recorrió, no debía olvidar que existían otros, quienes enajenados a un sueño rotundo no conseguían alzarse de la miseria en la que vivían.

Hizo un gesto para que se acercara, pero tímidamente escapó tras los desvaídos vagones abandonados. Cruzó a prisa intentando seguirle el paso, pero la otra era rápido y consiguió esconderse, buscó entre las mugrientas sillas, entre el polvo descolorido que arrancaba pálidos matices de los vitrales destrozados, y entonces la encontró. Halló un enorme par de ojos azules salpicados por el terror, le tendió la mano y ella la aceptó no sin antes titubear. Dania recordó una pequeña manzana en su bolso de mano, se la ofreció y la niña devoró con ávido apetito.

-Ahora bien – su voz sonaba ronca y ajena, consecuencia de largos días sin hablar – ¿Dónde se encuentra vuestra familia?

La chica era hermosa a pesar de la frágil apariencia que poseía, sus rasgos finos destacaban un hermoso rostro curtido por el frío, en el que se ocultaba una belleza salvaje y desprotegida.

-No – Hablaba con un acento extraño y las palabras salían precipitadas tropezando unas con otras – soy sola, ni madre, ni hermanos, todos morir en fuego dorado, llevo mucho tiempo sola sin nadie.

Dania la observó con tristeza, era más joven de lo que parecía, se notaba la falta de educación, tanto en los bruscos modales como en la manera de expresarse. Sintió una pena profunda por la pequeña, se hallaba sola, víctima de un sistema tortuoso en el que nadie conseguía escapatoria. ¿De qué valía vivir toda una vida arrodillado? Se preguntó en silencio observando a la chica, no era vida, era una agonía eterna apaciguada por una breve oscuridad, era un zumbido constante, un dolor inclemente alzándose ante tan infortuna situación.

Miles de pueblos escribían su historia con sangre para luego obtener la adorada libertad. Pero aquella, la ciudad de los esclavos, había escrito el pasado con los huesos de hombres inocentes, con las muertes de miles de personas a manos de una inhumanidad latente.

El cielo nublado rugió presagiando la tormenta, las nubes negras se volvieron implacable contra los tiranos. Dania se convenció de una lucha que tenía razón de ser, de una batalla épica que logaría vencer a quienes cruelmente robaban la luz de la ruinosa ciudad. Se alzó en pos de una venganza justa, sabía que no alcanzaría a recuperar lo perdido, pero nunca más se doblegaría ante el mandato de quienes, injustamente arremetían a quienes gobernaban.

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