Sueño fortuito

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Sueño fortuito

Somos el reflejo del alma, de lo eterno, de los misterios rotos, de los días sin noche. Somos muerte y vida fundida en la lejanía, en aquellas laderas verdes, en el canto de las aves, en el correr del río. Somos luz en la oscuridad, en cada instante de la lucha, en cada sueño perdido.

La triste sonrisa de la noche iluminaba a tientas la empinada colina azul. El alto palacio de niebla se alzaba imponente sobre arduos pilares de mármol, los invitados se congregaban apilándose fuera del recinto, todos esperaban con ansias el importante acontecimiento.

Una música lejana, mecía los alegres pensamientos del rey moribundo, su cabeza divagaba entre montones de oros, en terrenos aislados y en una boda, algo que finalmente sucedía, mientras una cólera fría descendía a sus mejillas incitándolo a un creciente odio por su hija.

Isabella observaba su imagen frente al gran espejo de discos metálicos, lucía sus largos risos dorados recogidos en trenzas coronados por una diadema de oro. El vestido, un regalo del templo, era de seda rosa con amplias aberturas en las mangas. Su corazón conservaba una pira de ardientes deseos convertidos en realidad, a un paso corto se hallaba de casarse, con quien creía el error de su vida.

Ella era una princesa de Oriente, la hija mayor de un poderoso rey coronado por la codicia, aquel hombre que solo pretendía y soñaba extender sus territorios anhelando conquistar el mundo. Y para este propósito, poseía tres hermosas hijas a quienes casar convenientemente, así, la primera sería ella. Siendo la joya más preciada del oriente, muchos reyes ofrecieron sus imperios por el preciado don de la belleza, siendo concedida a un rústico hombre que conocía poco o nada de la delicadeza del alma.

Las noches negras y prontas conquistas, atrajeron a sus tierras hombres de amplio valor, guerreros consagrados en el terreno del honor, con estos hombres llegó Elier, soldado valiente de numerosas batallas ganadas. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de ella, algo se quebró en su interior. Se sintió atraído ante esos grandes ojos de cielo, ante la tersa piel de su cuello.

A la luz de la luna se robaron besos, siempre encandilados por el esplendor de la noche incierta. Las promesas quedaron selladas en sus labios, como juramentos de certeza que ninguno permitiría olvidar. Y entonces se amaron, a pesar de lo prohibido, de lo dañino, se entregaron en alma el uno al otro, sin permitirse sentir miedo o confusión, no había nada más perfecto que el sentir la candidez de su piel bajo los dedos, que el ardor de su pecho al besarlo, que el anhelo ilícito de sentirse a su lado.

-Podría decirse que con gusto pasaría la eternidad en brazos vuestros – le susurró tendida en el lecho – no faltaría tiempo para esperar a vuestro lado.

Él la observó con el fatal temor de perderla, Isabella podía intuir sus miedos, pero a ese no conseguía dar crédito, simplemente no se entregaría a otro.

Pero el crucial desenlace llegó, y el rey temeroso de perder un nuevo reino, se decidió por adelantar el casamiento. Elier loco de dolor, se convenció de raptar a Isabella, solo así podrían estar juntos, la llevaría lejos y nunca volvería la vista atrás. Pero no era sencillo, el terror se sumía en la desesperación desterrándolos a un mar de frialdad, en el que ambos difícilmente conseguían sobrevivir.

La bruma se amontonaba en oscuros y desiertos caminos, con la guerra a punto de estallar, Elier conocía las escasas posibilidades de adorar a Isabella. No concebía imaginarla convertida en una esclava de la avaricia, en un intercambio de bienes, donde evidentemente acabaría por sucumbir al horror.

Se aproximó a subir a la torre donde esta dormía, la encontró desconsolada, abandonada a la resignación y la miseria. Al observar sus ojos de cielo, el corazón le dio un brinco melancólico, no podía abandonarla, no luego de que ella dio todo de sí, no cuando se aferraba con uñas a la vida que deseaba. Dolía verla reducida a lágrimas, dolía sentir la culpa en la piel.

-No puedo permitir que os entreguen a quien no amas, si duras  penas y lo conoces – le explicó infundiéndole valor – eres el soplo de mi anhelo, eres la vida misma, sin ti, preciosa creación, los caminos desaparecen y la angustia me vence, eres el mar de la dicha, la sombra puesta a descanso de mi ser… si he de morir, lo haré luchando por vuestra libertad.

Le dio un beso frío en los labios y se marchó con la promesa grabada en el pecho. Cientos de noches grises se aproximaron a acobijarlo al abrigo de la nada, donde las brechas exhaustas amenazaban por apaciguar el ardor contenido en su interior, ese dolor ciego que contenía el último roce de Isabella.

Pero prefería luchar mil batallas más  antes que abandonarse al destino, prefería morir mil veces que escapar como un cobarde. No la abandonaría, no dejaría de intentar alcanzar esa felicidad por muy difícil que fuera, ella merecía cada guerra, que con gusto enfrentaría la desolación si al final del camino la encontraba a ella.

La vida se cernía con fuego a su alrededor, allí donde la ausencia divina ejecutaba su terrible dolor, allí donde Elier se consumía en pena alegando lo terrible de su error. ¿Cómo podía doblegarse a decisiones ajenas? ¿Cómo podía dejarla a merced de quienes no la querían? No, no lo haría, no importaba si sus caminos eran distintos, él forjaría uno para los dos.

Se aproximó al palacio de la niebla, los invitados ya se preparaban para el banquete. El remordimiento le asestó de lleno recordándole su estúpido error. Y allí estaba ella, con el rostro alto intentando parecer fuerte, con los ojos apagados y fríos, con los labios finos trazados en una línea recta.

Su corazón se detuvo al verla tan rota, la dura situación había causado estragos en esa belleza inmortal, y a pesar de la pérdida de peso y sus pómulos prominentes, no había presenciado nada tan hermoso en la vida.

La atrajo hasta su pecho respirando el suave perfume de su pelo, ese olor a jazmín y rosa, a agua dulce. La besó como si nunca lo hubiese hecho, deseando mantenerla siempre para sí, añorando no soltarla nunca.

-Pensé que no volvería a verte – le dijo ella con la voz quebrada – pensé – sus labios temblaron – pensé que ya no importaba, que preferías dejarme como algo que era mejor dejar en el pasado…

La obligó a mirarle los ojos, se veía tan pequeña y frágil, tan inocente, se reprochó su egoísmo y tardanza, no podía volver a fallarle.

-Solo me retrasé, pero aquí estoy, dispuesto a enfrentarlo todo por ti, por nosotros.

Sus bocas se unieron en un repentino beso, la abrazó con delicadeza ahora sin miedo a perderla, lucharía hasta la eternidad por conservar el sabor de sus labios, por tenerla y hacerla dichosa, era la musa de su vida y  no podía perderla.

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4 respuestas a Sueño fortuito

  1. Oye estupendo
    Muy buena gramática y articulaciön
    Te leeré
    Eres profesional!

  2. AXEL dijo:

    Tus obras literarias son únicas, he leído mucho de lo que escribes, y siempre me conmueves. Aprecio lo que haces y mereces mucho más que un simple “gracias”; como te admiro, haría mas por ti si estuviera a mi alcance. Dicho esto, si haces lo que haces de corazón, sigue así. Te felicito, y desde mi ciudad, te mando un enorme abrazo

    • vane259 dijo:

      Muchísimas gracias! Me siento increíblemente halagada por el comentario. Escribo porque es una necesidad para mi alma, no gano nada con ello más que el placer de saber que hay quienes disfrutan de lo que tan humildemente hago. A veces, no sé si a todos, pero a mi por ejemplo, me entran dudas y cuestiono lo que publico. Es muy agradable ver que otros me leen y además les gusta. Muchas gracias y saludos, espero que cada nueva historia sea de vuestro interés, saludos.

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