Ea se convierte en perdición

60d323c32f278c45e299cf0eb28b047b

Ea se convierte en perdición

Las horas moribundas transcurrían lentas cual soplo lejano mecido en el llanto. La luna gustosa se alzaba inclemente derrochando el esplendor deseado. La avaricia vanidosa vestía de negro a la noche oscura, acobijando la envidia maltrecha aglomerada bajo el manto de un triste verano.

En el palacete de mármol, las mujeres turbadas se revolvían curiosas a la expectativa de los invitados, un joven príncipe estaba por llegar, y junto a él, la promesa de cien noches de magnificencia añoradas por las jóvenes señoras.

-No he de perder tiempo, me marcho, me marcho para arreglarme – anunció Ea a sus hermanas con la emoción danzando en los labios, su madre la observaba impasible, sentada en el gran trono de piedra, con una inclinación de cabeza soltó su aprobación sin mediar argumento alguno.

Las cuatro anduvieron hasta la habitación que compartían desde niñas, cada una poseía un tocador y una doncella para su cuidado personal. Excepto Ea, quien siendo la favorita de Mera, la reina, le proporcionaba cuantas criadas necesitara, y aquella noche una sola no bastaría.

Ea, la de largos rizos rojizos era la hija de los Dioses, a quien, benevolentes decidieron favorecerla con su bendición, otorgándole así, un don más preciado que el de sus hermanas. Eris había sido consagrada con el regalo de la música, todo cuanto tocaban sus mágicos dedos se convertía en tonada de cielo. Helen, era el retoño del arte, sus manos acariciaban los lienzos convirtiendo en realidad pura lo que el pincel trazaba suavemente. Y Amaltea, nacida de la poesía, todo cuando decía lo convertía en verso sublime, en respiros amables, en la frescura del rocío.

Pero ella no consideraba aquellos dones como algo necesario, eran absurdas creencias, cuestiones impúdicas que el mundo no debía apreciar. Por su parte, obtenía el legado que cualquier otro podría desear, la belleza. Siendo su madre, una adoración para los hombres, Ea la superaba por mucho, había nacido para ser admirada, para recibir besos, para que las coplas versaran en su nombre, para que sus ojos fuesen retratados como un océano, era la envidia de un reino, la conquista más preciada. Y lo sabía, conocía sus capacidades y las aprovechaba al máximo, y ese día tan soñado  no existiría excusa posible que la alejara de su objetivo, ni siquiera sus hermanas, quienes ingenuamente pensaban podían aspirar al trono de oro.

Vestida de mar acompañó a Helen, Amaltea y Eris, quienes iban ataviadas de  rojos vestidos cuyos encajes entallaban sus delgadas figuras,  sus bucles oscuros era coronados  con sendas tiaras cubiertas de esmeraldas. Ea las miró con satisfacción, una más sencilla que la otra, no eran comparación ante su lujoso vestido turquesa, confeccionado bajo un corpiño de diamantes y unas faldas sueltas de seda ligera.

La luna vestía sus ojos, como burbujas de olas de mar, sus gráciles movimientos le otorgaban la finura que una sociedad maltrecha consideraba correcto. Y era que la belleza se sobreestimaba en ojos ajenos, todos cuantos añoraban un amuleto como aquel, terminaban perdidos enceguecidos consigo mismo.

Caminaba convencida de sus cualidades, con la intimidad y precisión de una reina, no se inmutó al percatarse de los comensales ya sentados a la mesa, saludó con confianza mientras tomaba una copa de vino caliente. La luz dorada de las velas jugaba con sus rizos de fuego, dejados al viento para correr libremente.

El príncipe Alejandro atrajo su atención de inmediato, era lo que deseaba, de porte noble, hombros anchos, largo cabello claro, y una cautivadora sonrisa de miel. Observaba con gusto los dulces y suaves movimientos del hombre. Degustaron con satisfacción el cochinillo en salsa de manzanas, los higos, y las tartas de fresa,  con el gozo en los labios de sentir la envidia de sus hermanas mancillando el poco orgullo que les quedaba.

Se retiró a los aposentos del príncipe, segura de sus capacidades para seducirlo y entregarse por completo a un nuevo reino. Alejandro fingía ser tímido, con blandas sonrisas prometió verla al día siguiente dado que el viaje lo había dejado agotado, añoraba descansar tranquilamente.

La brisa soplaba seca en cuanto regresó a su alcoba, Helen y Amaltea conversaban animadamente, en lo que  la vieron aparecer callaron de súbito con la incomodidad temblando en los pálidos labios.

-¿Qué os sucede? – Inquirió sentándose en el tocador para recoger su cabello – sé que han de sentirse decepcionadas, ya sabíais que el príncipe me correspondía. No os culpo de sentir envidia, solo que no debían hacerse grandes expectativas.

Amaltea se marchó corriendo con los ojos colmados de lágrimas, Helen parecía muy molesta con las mejillas rojas de cólera.

-La generosidad y humildad son las características de un alma pura, un alma por la cual se puede llegar a sentir amor – le dijo con la ira desfilando en la mirada – por ti, no siento más que pena y vergüenza, os crees con el mundo a los pies, y pronto estaréis de rodillas ante el mundo. Careces de bondad y eso será vuestra condena.

-¿Me estáis amenazando? – al desafió acercándose.

-Tomadlo como una advertencia, el tiempo suele cobrar nuestras desgracias a su momento, y tal vez las tuyas no se encuentren muy lejos – le dio la espalda y desapareció por la puerta.

Ella no carecía de humildad, solo que no la pregonaba a gritos porque sentía que debían admirarla, no era más que un acto de envidia momentáneo de sus hermanas, ya se les pasaría.

Al día siguiente, despertó fresca con la ilusión naciendo en el pecho, se vistió a prisa y corrió a encontrarse con el príncipe. La decepción marcó su día tras enterarse de que este se había marchado de paseo a conocer las tierras del reino.

Cada mañana recibía la misma negativa, se sentía agobiada ante el hecho de ser rechazada por alguien, por lo que se decidió a vigilarlo y observar qué era lo que con tanto empeño lo retenía ocupado.

Al ocultarse el sol, se aproximó hasta su alcoba, donde Alejandro se echaba sobre los hombros una pesada capa oscura y se apresuraba a mirar al pasillo repetidamente, esperaba a alguien evidentemente. Ea no lograba contener la rabia que le dibujaba un fuerte nudo en la garganta, y cuál fue su disgusto al vislumbrar la menuda figura de Amaltea, envuelta en brumas, marcharse junto al príncipe.

Con el odio atizándole los ojos, los siguió, cautiva de resentimiento atroz que le desdibujaba las bellas facciones. Pronto llegaron al hermoso lago de cristal, donde su hermana se deshizo de las sombras dejando al aire una fina túnica dorada que la envolvía celestialmente en luz de plata, se tomaron de los brazos y danzaron alegremente sobre la superficie de agua, donde la luna alcanzaba con sus rayos a dibujar finos aros en el cabello de la princesa.

Ea víctima del aborrecimiento salía a la luz, sintiendo que miles de agujas se afincaban en su pecho, por primera vez reconocía el dolor, la decepción. Observó su reflejo en la clara superficie del agua otorgando gritos de horror, su tersa piel parecía de madera vieja, sus suaves bucles eran manojos inservibles de paja rancia, sus ojos describían cuencos vacíos de un oscuro abismo que mostraba su perdición. Quiso clamar auxilio, su hermana era pura y la salvaría, pero de su garganta no brotaban más que sollozos ahogados, sus manos se alargaron arrastrando filosas uñas calcinadas, de sus brazos colgaban retazos de piel muerta… y entonces comprendió, al no conocer el amor se convirtió en odio, ahora su belleza se consumía ante sus ojos, no poseía otro don que preservar, se resignó a la lejanía, aquella en donde finalmente comprendió que la belleza importante no era la reflejada en baratos espejos, sino en el alma y en el bien de sus acciones para con otros. Confinada a la desgracia que sus manos labraron, observó con tristeza lo injusta que fue su conducta, su don era el menos necesario y más dañino de todos, lejos de garantizar amor, la alejó incluso de quien la adoraban por quien era.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Ea se convierte en perdición

  1. vane259 dijo:

    Tienes absoluta razón, disculpa. Esa tilde no pinta nada, un error de tipeo que ya mismo procedo a corregir. Gracias por tu aportación, un saludo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s