El sacrificio de Glorren

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El sacrificio de Glorren

La noche sin luna derrochaba un abismo oscuro carente de albor alguno, la bruma se apilaba en las rocosas salientes de salina abandonadas. Hacía años que ningún hombre detenía su paso en aquel macabro paraje, donde decían, solo los desafortunados y locos ponían pie en las arenas negras de terciopelo. Eran pocos quienes vivían para ver la salida del sol, y menos aún,  quienes llegaban a contarlo.

Los mundos apaciguados susurraban cánticos inaudibles a los pobres hombres en pena, el aura del sur, soplaba con creciente ardor de un verano que aún no llegaba, los árboles desnudos presenciaban sus ramas toscas y amarillentas, anhelando un trozo de lluvia.

El viento, agitaba con furia la vida tras las lejanas olas de sal, el mar, se estremecía con violencia, amenazando a los valientes que osaran surcar sus aguas lóbregas. Tres figuras caminaban sobre la arenisca húmeda a paso dificultoso, iban a rebujados en sendas capas grises, temerosos de asomar el pescuezo bajo la enorme capucha que cubría sus rostros blanquecinos. Se alzaron sobre la cúspide, avanzando y caminando hasta que uno de ellos se detuvo, hizo un imperceptible gesto de aprobación e instó a sus compañeros a que le siguieran el paso.

La fría caverna les recibió en un profundo silencio, Glorren se precipitó a encender un fuego que les ayudaría a esperar el amanecer. Sus dedos ágiles recorrían con presteza la yesca seca, por lo que no obtuvo menor dificultad  conseguir las llamas codiciadas. El eco inclemente ahogaba sus penas tortuosas, aquejando sus sueños moribundos, sumiéndolos al miedo, a lo desconocido.

A Glorren no le importaba lo inexplorado, su mente dibujaba aquel lugar tragado por el infierno como un paso nuevo a su destino final. El mar de la muerte solo era un dibujo en el mapa que escondía bajo su brazo, no podía temerle a nada, era un sobreviviente, un hijo de reyes, un enviado de los hombres, sus ojos habían escapado del desastre, concediéndole el don de apaciguar a cuantos le rodeaban, sus manos poseían la capacidad de sanar, en tanto que su voz, sus versos, sus notas; adormecían dragones y bestias inmunes a las espadas de hierro.

Miró de reojo a sus acompañantes, Orzur, dejaba caer los pesados parpados, agobiado por el viaje, su rostro curtido expresaba el cansancio en finas grietas que rodeaban las comisuras de sus labios. En tanto que Zakhara, se mecía en silencio dejando correr gruesas lágrimas sobre sus mejillas demacradas, Glorren sentía pena por ella, cuando la encontraron no dudaron que moriría antes del anochecer, convencidos de ello, se la llevaron a la espera de otorgarle bendiciones y ofrecerle un lugar cálido en el que descansar, para su sorpresa, las pociones y artes de Glorren la devolvieron a la vida, para ese momento no quedó otra opción que cargar con la chica a cuestas.

Orzur estiró los brazos alzándolos al fuego, la herida de su cuello sanaba con lentitud.

-Dejad que cambie ese curetaje – le dijo con aspereza a su compañero – empezáis a apestar.

El hombre se dejó de mala gana frunciendo el ceño, la muchacha siempre atenciosa,  quiso prestarse a colaborar pero ambos se lo impidieron, era mejor que mantuviera las narices fuera de sus asuntos.

La era de los olvidados cobraba con creces el terror sembrado, los Dioses inmortalizados, desataban las guerras de poder, forjando reinos escasos, acuñando sus nombres idolatrados a tierras desconocidas, sin imaginar si quiera, en la muerte, en las viudas, en los huérfanos.

-La vela no debe hallarse lejos de aquí, solo debemos esperar que salga el sol – explicaba con precisión Orzur –  cruzaremos el bosque de los conjuros y a pocas leguas debe hallarse el templo – señaló a la joven – Zakhara, esperaréis aquí.

Ella protestó, no deseaba quedarse sola, pero llevarla incluía el deber de protegerla, y a Glorren le suponía un esfuerzo mayor cargar una chica. Además, la vela de Mystra no era algo que ella debía ver, él prefería mantenerlo en secreto, era un arma poderosa y no le apetecía arriesgarse por mero capricho de Zakhara.

El día despertó con la suavidad de la lluvia, Orzur y Glorren se marcharon al alba sin el menor indicio para evitar que Zakhara se diera por enterada. El viaje ameritaba de fuerza, y ella no disponía de la suficiente para seguirles el paso, era débil.

-Espero no se le ocurra alguna estupidez – le susurró Orzur desenfundado el puñal para tenerlo a la mano – quitaos esa cara, he visto como la ves, deberías haber echado alguna magia para que no se os escape.

-No funciona de ese modo – le reprendió, evidentemente incomodo por los terrenos que tanteaba su amigo – y no me gusta, le he tomado cariño y lo que quiero es conseguirle un lugar donde se pueda instalar, lejos de la guerra, del peligro.

Continuaron en silencio, cada uno navegando en la inconciencia siempre al acecho de lo que podrían encontrar un paso delante de ellos.

Los vientos húmedos aullaron a su alrededor, las sombras se alzaron sobre las pendientes de sal,  se adentraron en el bosque intuyendo que algo iba mal. El aire gélido, se acompasaba con cólera desatando el temor de los hombres, miles de vidas susurraban desde el infierno, suplicando reunirse con ellos.

Glorren tomó su bastón, la voz quebrada no le dejaba gritar lo que su pecho le incitaba, las veloces ráfagas y el chirrido inclemente le perforaban los oídos, ya no veía a Orzur, aunque podía escuchar sus gritos a la distancia. Se aferró con las uñas a la corteza áspera de un árbol, sus dedos sangraban de dolor,  se resistía a abandonarse a la nada, los Dioses furiosos asestaban su calamidad sobre simples mortales, sobre hombres sencillos rebosantes de vida.

Ya no podía más, la tierra se elevaba, graznidos roncos le amortiguaban las ansias de llorar, las fuerzas agotadas comenzaban a abandonarle, nunca encontraría la vela, nunca podría detener aquella tempestad de odio y muerte… su mano se soltó y empezó a caer por el vacío, entonces,  algo lo sostuvo, unos brazos delgados se aferraban a él impidiéndole caer al fallecimiento, sus ojos se alegraron de ver  a Zakhara, quien intentaba por todos los medios asirse a la tierra.

Cuando creía estar a salvo, algo golpeó el pecho de Zakhara y la chica cayó de espaldas, Glorren sintió el grito de horror desgarrándole la garganta, entonces, el canto vino a su voz, y con la fuerza de su ser desató la luz que dio fin a la era de los olvidados, el viento cesó dejando la destrucción a su paso, el sol iluminó débilmente sobre los rastros de nubes, mientras la niebla se disipaba con lentitud.

Con el pecho retumbando, se puso en pie como pudo, enormes cortes sangrantes destacaban en sus brazos desnudos cubiertos de hollín. Zakhara se hallaba tendida sobre los despojos del bosque, las ramas moribundas acobijaban su cansino cuerpo, Glorren, con el miedo desfigurándole el rostro, vio la punta de una flecha saliendo de su pecho, las rodillas le fallaron y cayó junto a ella, acunando su cabeza en las manos.

Anhelaba grabar esos dulces ojos de luna, plateados llenos de vida, esos labios finos hechos para reír, esas mejillas doradas… ella lo miró, con las comisuras curvadas hacia arriba, sus ojos lloraban la muerte avenida, pero suplicaban un instante más, un minuto para contemplar al hombre que le salvó la vida y a quien ahora, devolvía el favor.

Glorren no conseguía contenerse, no pudo conservarla, no logró darle lo prometido. Solo podía regalarle algo, algo leve que deseaba haber realizado mucho antes. Con cuidado besó sus labios tibios inspirando su olor a flores, sintiendo el hormigueo descender a lo largo de su cuerpo, viendo como el calor abandonaba a Zakhara, vio sus sueños descender al hades, vio los fantasmas levantarse al aire.

El silencio sosegado acunaba con lentitud las ideas tenues que se dibujaban en su marchita cabeza, una sombra entristecía aquellos dulces rasgos, opacados por la preocupación, por incesante delirio entre lo real y lo acometido. Zakhara se convirtió en un prado dulce, acobijado por cientos de flores silvestres, donde la eternidad la recordaría y el mundo agradecería haber devuelto la luz a la vida.

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