Belén conoció la sombra

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El cielo se vestía de estrellas, la luna vacía danzaba sobre el agua, dibujando su eterna sonrisa en los recuerdos de los mortales invitados a observarla. Cientos de ojos desconocidos, admiraban con veneración aquel sórdido encanto derrochado en la lluvia lejana, solo los puros de alma podían fijar la vista en el firmamento y ver la grandiosidad del descender crispando la luz perpetua de la mañana.

El baile cesó, el sol y la luna sonrieron cansados de tanto andar, la tierra se abrió en dos, naciendo los árboles y flores silvestres, los prados se dibujaron de verde, los ríos descendieron bajo los senderos estrechos, las cúspides se alzaron tocando las nubes de terciopelo. El mundo era mundo finalmente.

Belén vestía de bosque cada mañana al despertar, sus ojos, acostumbrados a la existencia, guiaban a tientas los pasos quedos que sin temor se atrevía a dar. Su madre y hermanas la esperaban, todas llevaban campanas y grandes arpas, la música les acompañaba, en una marcha ligera sobre las colinas doradas.

Allí no había otra cosa que ellas, las encargadas de la naturaleza, y cuando sus dedos gráciles rozaban con temple los finos hilos de oro, las orquídeas germinaban, las gladiolas brotaban, y las estrellas bajaban, formando un espejo de luz sobre un cristal de plata, donde la vida finalmente transcurría. Allí los hombres nacían y morían, caminaban por el mundo, conocían el dolor y la dicha, para finalmente reunirse en sus brazos y alimentar la tierra bruñida.

Belén, consternada al ver a los mortales con supremacía felicidad, quiso escapar de la vista de su estricta madre y bajar a la tierra de las lunas. Mientras el sol dormía, tomó entre sus manos una lira y se marchó en silencio esperando no ser descubierta. El camino de luz la recibió con gratitud, y ella convencida de hacer lo correcto danzó a cuestas con el corazón cabalgándole en el pecho.

La tierra de las lunas era cálida y colorida, allí las flores sonreían a su caminar. Decidió  acarició la lira expandiendo el fuego sin pudor, cuantos caminaban por allí detuvieron su andar, sorprendidos ante el brillo que de las cuerdas brotaba. Una lluvia ligera los bañó, agradecidos,  alzaron las palmas dando gracias por la tonada, pero Belén no los escuchaba, sus ojos embelesados observaban una figura oscura asomada en la distancia, algo desconocido. Se sintió atraída ante aquel ser de apariencia inexpresiva, estaba acostumbrada a que todos se le acercaran sin miedo y admiraran su preciado don.

La multitud se dispersó y ella no alcanzó a ver dónde se escondía el terrible ser, un miedo latente le perforaba los oídos condenándola por su terrible error, nunca debió abandonar su mundo, aquel tan  perfecto donde su presencia era sagrada y perpetua. De pronto anocheció, una sombra negra ocultó el cielo y las estrellas, sumiéndolos a la penumbra silenciosa de las tinieblas.

Un hechizo de sueño le cubrió los sentidos, confundida alzó el pálido rostro al viento, se topó con un hombre de largos rizos negros, sus ojos la observaban cálidamente, sin atreverse a añadir nada, sus labios dibujaban una amable sonrisa, mientras una mano se alzaba ayudándola a poner en pie.

Sintió un deseo abrasador de volverle a ver, pero no debía cruzar la frontera, no era correcto, y si su madre, Lyris,  se enterraba sería la perdición para ella y el desconocido encantador.

La luz mortecina se les tendió como seda, suave al contacto de su piel, el caballero misterioso se aferró a sus labios, robando la dulzura acompasada en las sonrisas malversadas. Entonces Belén no quiso abandonarle, debía persuadirle y compartir su destino.

Volvió a casa, confundida entre el miedo y el júbilo, sus hermanas sospecharon, puesto que en la tierra de los fuegos no existía la alegría, temieron creerla enferma, y pasado el tiempo restaron importancia a sus faltas ocasionales.

Cada amanecer se reunían sin falta Belén y Norgold en la sala de los espejos, entregados el uno al otro, aconteciendo la magia de los sentimientos, explorando los mundos nuevos, entregados al túnel del cielo.

Lyris, iracunda y volátil, descubrió la indiscreción de su hija, y al verla regresar cargada de entusiasmo, le reprendió hasta arrancarle amargas lágrimas de angustia.

-Un mortal no puede merecer a la más hermosa de las hijas de las estrellas – le espetó – no habéis nacido para el amor, es inaceptable, desde ahora cerraré los caminos de la luz y os quedáis confinada a este prado desierto.

Belén no pretendía quedarse consternada sin hacer nada, mientras todos dormían, cabalgó hasta las luces del otoño, donde con valentía consiguió la estrella del Hades, uniendo los cielos en un beso, las montañas se alzaron, y las nubes bajaron, unas enormes escaleras de plata se dibujaron y Belén descendió por ellas.

Al encontrarse con Norgold, este ya temía la ira de la Diosa, la terrible tormenta atenazaba con estrépito fulgor a los hombres de la tierra de las lunas.

Solo Belén podía detenerla, pero para ello debía renunciar a su inmortalidad, y para hacerlo debía ser atravesada por una espada con delicado filo de cristal negro. Norgold se rehusó a ser quien llevara a cabo el sacrilegio, pero bien sabía que si sus manos no lo hacían, entonces ella no volvería a la vida.

Mortales témpanos de hielo acometieron a los hombres vivos, una guerra terrible e implacable descendía sobre quienes posaban su pena incierta en seres superiores. Norgold acudió a los templos de la destrucción, donde Belén vestida de blanco esperaba el final de la paz.

La luna brilló bañando de escarcha el círculo dorado, la bella Diosa movió sus pies desnudos sumergiéndose en las aguas de fuego, su cuerpo se cubrió de luz incinerando la inmaculada seda, Norgold alzó la espada para que esta se clavara en el bello cuello de la muchacha. La sangre negra cayó a raudales tiñendo el lago de carmesí, las lágrimas la envolvieron como un rocío, y por primera vez Belén sintió el dolor.

Las sombras bailaban tras sus pesados párpados, aún podía escuchar una voz, suave y melodiosa, clamaba su nombre. La lluvia barría su cuerpo inmóvil, las fuerzas le abandonaban con prisa, vio el rostro de su madre dibujarse como un reflejo.

-Ya no soy tuya, ahora soy vida – susurró con su último aliento.

Cuando la luz le dio de lleno, sus labios encontraron consuelo, ya no era inmortal pero poseía la única vida que requería, Norgold la colmó de besos y encontró su cálido  cuerpo, el sol sonreía y ella conocía la alegría de sentirse querida, era una persona finalmente.

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