Aldamir

a3dc94f6dd6fa9fb8122466fa28d632d

Los árboles grises susurraban canciones tristes, sus pálidas ramas se despedían a lágrimas de las delicadas hojas del otoño, el verdor exclamado daba paso a un leve castaño, que cubría los valles lejanos, pintando de amarillo los altos páramos gigantes.

Las bocas se entreabrían disgustadas, el humo negro envolvía en brumas la bella ciudad, sumiéndola en la penumbra de una noche sin final. Cientos de guerras se habían librados en los vastos campos de Aldamir, los hombres contaban historias heróicas de grandes guerreros aventurados, caídos al pie de la muralla, luchando con honor y sangre.

Damira escuchaba el crepitar lejano del acero, los guardias insistían que ya no había quien sondara los alrededores calcinados de la ciudad, pero ella continuaba con los gritos de horror y muerte cavándole los maltrechos sentidos. Sus caballeros, nombrados bajo su poderío, dejaron la vida en una batalla poco justa, en un verso maldito donde unos cuantos lograron cruzar las puertas de la vida.

Ese endemoniado trono susurraba  a cuestas, le cantaba al oído embriagándola de un poder marchito, la hacía desear más y más, no importaba el precio, ella siempre estaría dispuesta a pagarlo.

-Os he de advertir alteza – repetía sin cesar el consejero real a voz viva de toda la corte – vuestro hermano posee un ejército que supera diez hombres a uno los nuestros, las probabilidades son bajas…

La advertencia era siempre la misma, aquellos seres solo esperaban que entregara la corona a un impío, un hombre escaso de mente incapaz de gobernar una pequeña aldea. Creían que porque era mujer no podría dar guerra, que entregaría lo que con las uñas protegía dando signos de evidente debilidad.

-Decid a mis hombres que se preparen, iré a la cabeza para dirigirlos.

Desde que dio la orden de ataque,  el mundo naufragaba en un atardecer tenebroso repleto de lobreguez, la muerte caminaba a tientas en el campamento erigido al norte de los campos de la luna, un ejército superior a cinco mil hombres le seguía los pasos, con la cabeza gacha ya no podían dudar de la ferocidad de su reina, ahora con orgullo alzaban la cabeza embriagándose de su belleza y el temple, que con fortaleza les dejaba ver.

Noches duras prosiguieron a la guerra, los víveres escaseaban, las plagas y pestes acometían sus filas mermando la capacidad de los guerreros. Muchos sucumbían a las puertas del infierno, entonces se alzaba una enorme pira de fuego y sus cuerpos eran saboreados por las llamas añorando así el descanso eterno.

Los prados devastados lloraban a pies de la hermosa reina, Damira cabalgaba a lomos de una yegua negra, con la cabeza erguida y los grandes ojos verdes puestos en el horizonte. Un pesado vestido con revestiduras de oro y cuero engullían su menudo cuerpo, no daría descanso a su brazo hasta ver a su gente libre, se los debía, y si para ello tendría que morir, lo haría antes de verlos arrodillados ante un rey despiadado.

El cuerno resonó poco antes del amanecer, el gran final había llegado. Los caballeros tomaron sus escudos bruñidos preparándose para la lucha, era vencer o morir. Miles de yelmos se alzaron al cielo, el grito de honor resonó en las bocas hambrientas, una mujer salió de la tienda, Damira vestía de seda azul con los largos cabellos ondeando al viento, su pecho estaba cubierto por una imponente coraza de bronce a juego con un yelmo del mismo tono. Sus ojos reclamaban venganza, una sed insaciable de justicia que impartiría bajo el filo de la espada heredada de su padre, honraría su memoria y devolvería los días de oro a su masacrado pueblo.

El sopor entusiasmó a los guerreros, se alzaron los banderines y las filas se formaron, podrían volver o perecer, las expectativas eran pocas, aun así, el orgullo de luchar por la causa correcta, hinchaba los corazones tambaleantes en pechos sinceros colmados de miedo.

Espolearon sus caballos al trote, levantando ventanas de arena que los volvían humo a la distancia. Los gigantes despertaron y de sus bocas salieron canticos sagrados, los elfos escribirían historias de un final de gloria, las damas llorarían a mares sus matices de arrebato.

Las espadas chocaron acero con acero, las capas verdes y doradas resurgían bajo la montaña, los campos escarchados de sangre presenciaban el choque de poderes. Damira, observó a su hermano cabalgando a cuestas, con el rostro enrojecido, saboreaba una victoria inconclusa que podría llevarlo a la muerte. Le sonrió dejando ver sus perfectos dientes blancos, ella sabía que debía contener el odio, debía mantener su mente fija en los objetivos, un asesino no le arrebataría lo que por derecho le tocaba.

Apuró la yegua sujetándose con fuerza de la montura, la espada brillaba al cinto como si intuyera que pronto la necesitaría. Por unos instantes la batalla se detuvo, no importaban las espadas, las lanzas, las flechas, no importaban las heridas ni los miedos. Damira cruzó como el fuego las líneas enemigas hasta situarse frente a su hermano, Bastian, nacido de la cólera, no albergaba más que odio en su pecho.

-No quiero haceros daños, sois mi sangre – le advirtió ella quitándose el yelmo, si iba a morir, lo haría viendo los ojos de su asesino –  rendid vuestra espada, y juró por nuestro padre que seré piadosa.

Bastian rio a carcajadas, un brillo malicioso atenazaba sus ojos negros como la noche, Damira sabía que dialogar era una pobre oportunidad, pero se había prometido recurrir a esta antes de actuar.

Su hermano siquiera respondió, blandió la espada cayendo sobre su hombro derecho. Desconcertada se movió sigilosa recordando las lecciones con las armas, un giro aquí, bajar la mano, soltar el escudo. Sentía el sudor corriendo por lo bajo de su espalda, un paso en falso y moriría junto a toda una nación.

Alzó el arma, avanzando con precisión, sintió la punta clavarse en un costado, pero no bajo la guardia ni un respiro. El dolor oprimía con brutalidad su costilla, la sangre manaba de esta empapándole el vestido, antes azul ahora color carmesí. Ya no escucha los gritos sordos de los soldados, solo escuchaba la voz moribunda de su padre. Tenía la certeza de que iba a morir, su mano soltó el arma, escuchó la gutural risa de Bastian contento de triunfar.

Alzó sus ojos agotados a la noche implorando el perdón de los cielos, sin poder creerlo, vio el árbol de luz fijo delante de ella, se acercó a rastras derramando la sangre divina, al tocar la corteza, pudo ver la sombra de cien reyes desfilar ante su mirada, entonces una luz mortecina envolvió a la reina, convirtiéndola en una hija del árbol, de la tierra. Tocó el suelo gastado envuelta en una poderosa armadura de plata sin un leve rasguño, su mano aferraba un arco, tomó la  flecha de oro del carcaj sobre su espalda, y apuntó al pecho de su hermano, Bastian intentó en vano huir, sabía que no tenía elección. Cuando la punta se aferró al pecho del traidor, los campos blanquecinos perdieron la sangre, los hombres se alzaron del horror, y el reino de Aldamir volvió a ver la luz.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historia y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Aldamir

  1. gabriela dijo:

    Bellisimo, poetico, epico, misfico. Conmovedor. Una pequeña joyita.

  2. Shablake dijo:

    Simplemente genial ….. te conoci por twitter, un placer leerte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s