La guerra de Odfrea

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Los gigantes de piedra habían despertado con gritos de guerra, los hombres cabalgaban a cuestas luchando impasiblemente contra las terribles tempestades de la noche. Los rugidos retumbaban en los cielos nocturnos, alzando los rayos poderosos al firmamento, aquellos soldados valían su peso en oro, entregaban la vida en las salientes rocosas, dejándose a merced de una batalla poco justa, cegada por las sombras, algunos fijaban sus ojos cansados a lo lejos, añorando ese extraño lugar llamado casa, solo para descubrir el panorama desierto, consumido por el filo de las hachas y las vigorosas espadas.

La retaguardia se abalanzó sobre los demonios de piedra, la lucha continuaba sin detenerse, los corazones agitados clamaban una victoria, el reino de Odfrea sangraba bajo los puños áridos de la injusticia.

Los truenos y rayos iluminaban  la oscuridad perpetua, Baldhar incitaba sus hombres a no bajar la guardia, era luchar o morir, triunfar y vivir. Cientos de peñones de fuego llovían sobre los escudos de plata, los yelmos relucían a la intemperie ocultando decenas de rostros clandestinos, aquellos combatientes no se diferenciaban unos de otros, eran la misma mano, el mismo cuerpo, vivían en la misma muerte sin recriminarse errores fatuos que podrían costarles la victoria.

El retumbar brumoso se detuvo, la llovizna ligera barría cual río los cuerpos de los caídos, Baldhar agrupó a sus hombres pidiendo acampar, sus cuerpos gastados añoraban un descanso preciso, en tanto que los heridos merecían ser atendidos.

El capitán daba el ejemplo, no dormía y no bebía si sus combatientes no lo hacían primero, era un guerrero nacido de la luz, preparado desde niño para llevar el final de la guerra como predecían los antiguos astros de Odfrea.

-Mi señor – le interrumpió uno de los soldados, llevaba el yelmo torcido sobre la cabeza – un comité de paz ha sido enviado por la reina de los bosques, piden que las acompañe al Palacio del Sauce, pero solo usted, nadie podrá acompañarlos.

Baldhar reflexionó intuyendo que podrían tenderle una emboscada. Aceptó y se marchó acompañado de un sexteto de mujeres de pieles pardas y vestidos brillantes de distintas tonalidades rojizas.

El Palacio de Sauce era una maravilla tallada en madera, un causal de agua descendía sobre sus balcones de arena, mientras el sol cálido entraba a raudales por enormes ventanales de cristal. Sus armas fueron detenidas al entrar en el inmaculado salón, no esperaba otra cosa, el hogar de la reina de los Bosques debía de imaginarse como era precisamente, adornado por orquídeas y pequeños arbustos, por trepaderas que decoraban lo alto de las columnas, por rosas celestes tendidas en el suelo de cobre, por candelabros de roble. Avanzó con las damas a su espalda, cuando quiso darse vuelta, notó que se hallaba completamente solo, probablemente la emboscada a la que tanto temía ocurriría allí.

-No temáis – le dijo una voz dulce como la miel.

Él no podía verla hasta que ella salió a la luz. Era alta como una espiga, de ligeras curvas cual flor, de tenues  labios rosados, sus ojos verdes lo miraban desde lo alto, susurrando canciones tristes en su pecho. Baldhar la conocía.

Hacía años, cuando solo era un joven inexperto tocado por la juventud, se adentró en una misión suicida, pretendía encontrarse en el centro de la estratagema y allí acabar definitivamente con un era de muerte. Pero en lugar de eso, conoció el dolor, un dolor grave y profundo que lo consumía por dentro, que brotaba de sus labios suplicando ayuda. Baldhar creyó todo perdido, la guerra de los diez años nunca alcanzaría un final, y cuando la oz de la oscuridad descendía sobre sus ojos inquietos, una luz dorada le devolvió la vida. Había jurado que era la criatura más bella que pudiese ver jamás, le acarició los labios embriagándose de ella, sucumbió ante su belleza extasiado de un amor desesperado, de unos besos anhelados, y cuando creía olvidarse de las tragedias, una flecha enemiga se incrustó en su pecho, arrebatándosela por completo.

-Seguro que no pensaste volveríamos a vernos – le dijo acariciándole el rostro, él apenas podía contener el aliento y las ganas de estrecharla contra sí – ¿me habéis olvidado?

-¡No! Jamás lo haría – la respuesta salió de su boca desgarrándole el pecho.

Ella se movía como un ser antinatural, agitando sus faldas amplias hechas de hierbas, moviendo su largo cabello en un viento frágil y cálido.

-Entonces – continuó – ¿Por qué no habéis venido? ¿Por qué luchas contra mí que una vez te salvé la vida?

Adra se dejó caer en un mullido sofá verdoso, sus brazos reposaban intactos como la primera vez que la vio, con la lozanía y la belleza guardada en la dulzura de aquel rostro intacto. Aún preservada el recuerdo de verla morir, el dolor aletargado y mortal que le invadió era lo que ahora le daba fuerzas para luchar, lo que impulsaba su mano a entregar cada estocada con el valor arrebatado en una miserable tragedia.

-¿Por qué me haces esto? – preguntó él sintiéndose agradecido de verla – te vi morir, te sostuve mientras exhalabas tu último aliento, mientras me pedías no dejarte sola…

Ella sonrió complacida como si recordara el momento con increíble felicidad.

-Porque de no haberlo hecho, entonces no me permitirías luchar del lado justo.

-Esto no es justicia – le recriminó Baldhar con el miedo bailando en el rostro – es solo aprovechar causas impropias para contener el poder, sin importar cuántas vidas mueran. No puedes continuar esto, vuelve conmigo – suplicó.

Adra lo abrazó como en aquellas noches de verano, envolviéndolo del desconsolado aroma del recuerdo, engulléndolo de cientos de horas melancólicas entregado al sufrimiento y la pérdida.

-No puedo – le dijo tras besarlo – esta es mi lucha y la defenderé, únete a mí y juntos veremos la luz, seremos el suelo cálido en el que mi gente camina, seremos la verdad en los pensamientos de nuestros súbditos.

Las sombras dilatadas bailaban en los ojos desconocidos de Adra, una invitación secreta se reflejaba en los besos adorados, pero un silencio oscuro proclamaba las sombras ocultas tras ese perfecto rostro.

Entonces Baldhar lo entendió. Las sombras violentas cayeron sobre sus párpados pesados demorando todos sus movimientos, Adra estaba muerta, no volvería a verla, aquella era la reina de los Bosques jugando con su cabeza. Tomó un tronco como pudo y finalmente vio su verdadera forma, era una mujer de madera, de rostro duro y hostil, tomó su vestido haciéndola caer, rodaron sobre el empedrado con los rayos refulgiendo sobre sus cabezas, si tan solo tuviese su cuchillo todo sería sencillo. Ella gritó destruyendo los cristales del hermoso palacio, una lluvia de fuego les devoró en la perversidad de la tormenta, cientos de hombres gritaban afuera, sus soldados llevaban la guerra al palacio, el final de la era de muerte le caería encima. Palpó su bota, y sin creerlo alcanzó el preciado puñal, con la destreza de sus manos lo clavó en la garganta de la reina. Miles de cuervos graznaron en la penumbra llorando a su madre muerta, la bruma negra se acompasó barriendo las cenizas malditas de un ser llevado a las cavernas.

Las puertas se abrieron y los caballeros de Odfrea encontraron a su señor, las ovaciones resonaron y los aplausos cantaron, finalmente la guerra había terminado.

 

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