La caída de la noche

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Las luces del otoño brillaban bajo la tenue ventisca, el ocaso anunciaba la llegada de la noche, en tanto que las estrellas dibujaban trazos inciertos al borde de la luna blanca. Bajo el cielo rojizo, un ardor nacía con la lluvia, con cada soplo de la brisa, con los lejanos rayos de una tormenta imprevista.

Danlë acobijaba los sueños marchitos de volverle a ver, sobre sus ojos grises descansaba un profundo deseo de que la velada transcurriera en calma, aunque este anhelo, se veía marchito por las artes malignas de una nociva  mujer.

No poseía nada salvo un leve recuerdo, un mal oscuro le había arrebatado los dulces días en que vivía, dejándola a merced de la muerte, sumiéndola a la profunda soledad del olvido, donde pronto ya nadie la recordaría, y con gusto,  se entregaría a las puertas de la tierra, desvaneciéndose en la nada.

Las ruinas dibujadas en la penumbra anunciaban el incierto final, ella acarició la noche, ya el miedo no la visitaba, solo podía sumergirse en una dicha inalcanzable, por la que sin duda lucharía.

Cada año frecuentaba el mismo círculo, con la esperanza vana de verla desaparecer, en tanto que los vagos recuerdos la incineraban en una angustia lenta, con aquella incapacidad injusta de no poseer voz. Rute, la bruja retorcida, en un arrebato de cólera ciega,  quitó la preciada voz de Danlë, sumiéndola a un olvido inconcluso en el que apenas y si la consideraban justa de mención alguna.

Los cuchillos rasgaban el silencio con furia, Danlë se preparaba en la oscuridad para la noche que vencería los temores ocultos que acechaban fortuitamente su vida.

Las sombras se reunieron en los páramos celestes, la gran carpa dorada se alzaba a la luz de las estrellas, un sinfín de hombres y mujeres caminaban suavemente por los puentes de hielo. Ella avanzó con la seguridad de la juventud, convencida de que aún, prisionera del silencio, poseía dones incapaces de arrebatar.

Rute apareció bajo un manto de noche,  el negro cabello adornado con fuego y la boca torcida en una aparente sonrisa. Reunida con su séquito, se aproximó a su adorado hermano, las miradas siguiendo aquellas faldas largas, Todd,  no tuvo más remedio que invitarla al primer baile.

A Danlë casi se le cae el alma a los pies solo con verlo por primera vez, su corazón clamaba a gritos ese dulce interés,  la voz de las ninfas arañaba su piel confiriendo aquellos matices pardos a sus bellos ojos dorados, entonces,  notó la capa blanca que cegaba sus sentidos, la que jamás permitiría volverla a ver,  que la mantenía recluida en un mundo de soledad.

El cristal que contenía el metal bronceado centelleaba en el oscuro cuello de Rute, si lo rompía, acabaría con la maldición, solo que no sería sencillo. Aquella mujer de sombras poseía un don inigualable, una lengua de serpiente purpura que inyectaba veneno a quienes osaran burlar su poder, era la sacerdotisa de la noche, nacida del fuego, concebida en la pócima certera de los horrores de la tierra.

Ella observaba el baile confinada al destierro, a una lucha implacable de voces fulgurando en la penumbra, las cúspides se alzaban, cientos de rostros la observan, pero solo alcanzaba a recordar el extraño misterio, el encierro maldito. Rute albergaba dones dañinos, ya no se permitía sentir miedo, solo quedaba algo por que luchar, algo porque vencer.

Cuando la música cesó, la mujer oscura se alejó a los confines de su trono inmaculado, con la certeza de un dominio absoluto. Entonces sus ojos negros la vieron por fin, Danlë se alzaba frente a ella, ondeando su bello cabello rubio y agitando las faldas rojas, todos observan en silencio la presencia absoluta de un ser de luz, todos excepto él.

Rute enfurecida se levantó con los celos desfigurándole la piel, la rabia profunda atenazó su figura, y segura de su arte se abalanzó hacia quien creía su prisionera. Pero Danlë fue precisa, un paso atrás y alzó el pesado puñal mostrándolo a los invitados, las exclamaciones se ahogaron bajo la irritación inconcebible de la sacerdotisa, se arrojó por los aires, alzando una pared de humo negro a su alrededor.

-¿Creísteis poder burlar mi apetecible recepción? – un brillo mortecino temblaba en su rostro vil – jamás recuperaréis el vivo amor que una vez creías poseer, jamás.

El suelo bailó bajo sus pies haciéndola caer, la habitación se hallaba en penumbras, un cristal dorado contenía la gema preciada que le devolvería la vida, alargó la mano esperando tomarlo, pero una niebla densa se colaba a raudales por las estrechas grietas de luz.

Blandió su puñal en el aire queriendo protegerse de un enemigo al que no podía ver, la risa metálica de la mujer resonó en sus oídos, sumiéndola en un dolor profundo, en un trecho oscuro.

Rute apareció entre el humo, la espada en su mano resplandeció en el aire, llevando una lluvia de oro en los aires helados. Se movía de prisa, como las serpientes, con el cuerpo retorcido en movimientos salvajes. El arma chocó con Danlë, quien se adelantó a atacar, una lucha implacable entre quienes se odiaban sin cesar, ella no sabía nada de armas, solo intentaba aferrarse con sus fuerzas a la vida que le quedaba.

Un tajo en el costado la costilla menguó sus fuerzas y las feroces ansias por recuperar lo arrebatado, cayó con el cuerpo entumecido, sintiendo la sangre escapar, las luces extinguían su color, y un frío inexperto se acomodaba en su pecho. Una voz dulce y lejana le acarició los labios, Todd clamaba un adiós que jamás llegaría a recordar, moriría en la oscuridad del ocaso, en mundo indiferente que nunca recordaría su nombre. Pensó en él, en esa lucha injusta que durante años libró intentando ser recordada, en los besos gráciles, en las caricias tenues, ya no volvería amar, ya no vería la luz en la oscuridad.

-Os dije que no volverías a verlo – gritó Rute – sucumbirás al Hades, donde vuestro cuerpo será llevado por grises penurias, hasta añorar no respirar más.

Solo podía imaginar a esa triste mujer como un pedazo de carne vacío, sin sentir más que odio, un odio ciego que le impedía vivir. Con las pocas fuerzas que le quedaban, arrojó el puñal por los aires frescos, que fue a hincarse en el pecho de la malvada sacerdotisa. El fuego de los lamentos se alzó consumiéndola en pedazos tristes, sus gritos y lamentos se apagaron cuando finalmente el sol se posó en lo alto, quedando condenada al olvido de los vivos.

Todd se acercó a ella, la niebla había desaparecido de sus ojos, y con ella,  los adoloridos recuerdos.

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