La niña con los cabellos de nieve

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Las llamas gigantescas devoraban con ávido entusiasmo la imponente estructura negra, el humo envolvía los gritos y el bullicio, cegando los tristes corazones de quienes pedían auxilio. Los hombres corrían sin ver, las mujeres lloraban cantos de oro intentando salvar a sus hijos, pero el fuego, rápido y extenso, consumía con valor aquel que osara cruzarse en su camino.

La mañana llegó, barriendo las espesas cenizas que se empeñaban en cubrir la ciudad moribunda. No se asomaban ojos tras aquellos esqueletos desnudos, consumidos hasta los huesos, quemados en la noche profunda, en la oscuridad perpetua. Ahora el sol asomaba leves rayos atenuando el rojizo prado desierto, allí donde una niña lloraba abandonada al dolor, clamando la muerte que olvidó llevarla.

Cien días pasaron al abrigo de intemperie, desprotegida, sola,  añorando a quienes se habían ido. Era prisionera de la muerte, sin poder escapar, una hoja desprendida que no conocía mayor destino que el viento.

Una mujer muy anciana caminaba por las lindes calcinadas, llevaba un pequeño cesto dedicándose a buscar manzanas, al toparse con la niña su corazón  se hinchó de conmoción, la otra al ver compañía, corrió a su lado esperando una pequeña ayuda.

-He perdido todo – dijo la niña – los jinetes de la noche llegaron y junto a ellos el fuego, llevándose la vida y aquello que yo conocía como alegría.

Aquellos labios de hielo susurraban el regresar de una era de terror, de los días oscuros, de las noches eternas, la luz se extinguiría sumiéndolos en el frío inclemente que acabaría con los mares y las montañas, y aquello conocido como vida, sucumbiría a los infiernos para dar paso al horror.

La anciana conmovida, extendió sus manos a la niña entregándole una pequeña semilla dorada.

-Cuando los gigantes despierten – susurró – vuestra maldición ha de acabar, hasta entonces, sembrad esto y vivid en el fruto sagrado que ha de nacer, serás conocida como la niña de los cabellos de nieve.

Y cuando la niña plantó la semilla en aquellas tierras áridas, el suelo tembló alzándose un enorme roble hueco, la mujer sonrió por última vez acercándose al fuego, se otorgó a las llamas esperando algún día volver a ver un tiempo de héroes y caballeros.

El musgo, las hierbas, frondosos helechos crecieron con prontitud, al igual que la niña, quien no tardó en convertirse en una mujer. Sus largos cabellos de oro descendían hasta su cintura entrelazados a las flores del verano.

Las palabras de la anciana permanecieron grabadas en su pecho, nada le impedía olvidar la maldición que la mantenía atada allí. Había visto venir hombres y mujeres, niños y viejos, sin que alguno mediara palabra con ella, concebida al destierro, a la ingratitud de la gente, aún imaginaba el momento de romper las cadenas forzadas y alcanzar la libertad plena, alzarse en vuelo, salvar su pueblo y vivir en los prados celestes más allá de las colinas. Y desde allí, alcanzaba a ver los restos de su antiguo hogar, ahora habitada por las sombras, por las espadas negras que no conocían más que las vidas inocentes que solían robar sin piedad.

Una mañana el sol ya no calentaba, las nubes grises ocultaban el cielo claro desplegando con furia la lluvia contenida. Una tormenta eterna inició, con ella se cumplirían las promesas de los jinetes de la noche, llevaban su poderío a los confines del mundo, atravesando gargantas y vidas inocentes.

Un hombre alcanzó la pequeña montaña, llevaba una herida en el pecho y el cabello revuelto sobre la cara, Nieve sintió temor, no podría verla, pero ella sí, observaba el dolor que le consumía, la desesperación furtiva que lo carcomía sin cesar. Sin hacer caso de la maldición se aproximó, se había abandonado a un sueño lento, la fiebre se alzaba sobre el cuerpo lánguido y lastimado arrastrándolo a las puertas de la muerte segura. Lo llevó al interior de la cabaña, la sangre manaba de la abertura en su pecho, la armadura maltrecha solo complicaba ayudarle. Con hierbas consiguió realizar una pócima, que tras haber lavado la herida aplicó cuidadosamente. El calor en las mejillas la tomó por sorpresa, no había estado tan cerca de nadie desde que era una niña, y aquel rostro torturado rodeado de negros cabellos, le parecía la imagen más perfecta que podía evocar.

Día tras día, Nieve procuraba cuidados al desconocido, sentía un dolor vivo al imaginar que él no podría verla. Pero entonces,  la noche perpetua se extendió, ya el día no llegaba, la soledad de los bosques se hizo eterna, finalmente la oscuridad descendía sobre el mundo. Las criaturas malignas acechaban a la búsqueda de presas, quienes caían en las garras perversas suplicaban la muerte pronta.

El joven despertó con la llegada del rayo, los cielos clamaban justicia extendiendo la tormenta más allá de los valles sin final. Era un caballero de Armar, de los pocos sobrevivientes a la guerra de los cinco días, observaba a Nieve consternado, aún sin creer que tan mítica criatura fuese real. Ella tampoco lo creía, cuando sus dedos se juntaron, y los ojos celestes la notaron, el corazón le brincó de alegría. ¿Cómo podía él resistir la maldición? No lo sabía, pero él sí.

-Mi nombre es Erdú, y mi padre es uno de los Arcanos de la luz – le susurró bajo lluvia fría – sus dones han aliviado a miles que esperan encontrar la paz, en un mundo de sombras solo nos queda aferrarnos a la luz de nuestras almas.

Nieve acariciaba las armas de Erdú, el yelmo dorado y la espada filosa, pronto necesitaría de ellos.

El viento cortó ásperamente rasgando el ambiente de calma que reinaba, los rugidos resonaron a la distancia, mientras las cadenas entrechocaban, la tierra tembló, y por los aires se agitaba con violencia el clamor de diez mil hombres sedientos de venganza.

-Han despertado los gigantes – afirmó Erdú poniéndose en pie.

Nieve observó sus manos de pronto ligeras, sintió las cosquillas en la planta de los pies, la suavidad del bronce en torno a sus muñecas, una armadura  recubrió su pequeño cuerpo. El momento había llegado, rompería el legado de la noche, acabaría con la oscuridad. Los hombres se levantaban de la muerte clamando libertad, no serían oprimidos, lucharían con la vida por alcanzar la preciada felicidad.

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2 respuestas a La niña con los cabellos de nieve

  1. MARIA VICTORIA AGUADO dijo:

    ME GUSTO MUCHISIMO LO QUE ACABO DE LEHER ESTUPENDO

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