La voz de la noche

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Los rostros ciegos percibían el dolor del mundo, las calles solitarias contenían la grava desierta por donde ya nadie caminaba. Los gritos resonaban en la penumbra incierta de miles de gargantas abandonas al olvido, mientras unos cuantos, una malograda minoría, resoplaba la furia contenida de los años recluidos a un injusto destierro.

Las nubes oscuras dibujaban ángulos brumosos en la siniestra y maltrecha ciudad, allí donde las cenizas barrían el viento, acompasada a un mortal canto que ya nadie alcanzaba escuchar. Eran días terribles, cargados de la inconciencia humana, del reflejo puro  de un egoísmo precario, donde el respeto a la vida se doblegaba ante las necesidades naturales que algunos solían creer.

El aire gélido clamaba el sonido amargo de las voces sostenidas en el halo de luz, aquellas silenciadas bajo un filo inerte que pendía de la mano de un hombre mudo. El agua corría bajo la montaña, inmutable, ajena a la desgracia concurrida en la pequeña aldea.

Danya asomaba la cabeza tras el enorme arco de piedra, daba la vista a un pequeño y despintado  balcón, solía escaparse y observar la  comarca que alguna vez llamó hogar. El color propagado a la distancia ahora sucumbía a los oscuros matices de la desdicha, a una perdición inaudita, sorpresiva e inexplicable. Su hermana sollozaba por las noches frías, acobijada en el duro lecho de paja, no alcanzaba a comprender cómo la vida se había olvidado de ellas, de simples criaturas abandonadas a una soledad perenne, en la que no se escuchaba más que el  retazo mudo de los antiguos pájaros.

Su hermana, Vanya, era tan solo una niña que no alcanzaba a diferenciar lo bueno de lo malo, ante sus ojos,  se posaba un velo postizo que le impedía comprender el encierro absoluto al que se hallaba condenada.

Debían de emprender un rumbo nuevo, huir a lo incógnito, arrancar un viaje insospechado y abandonarse al destino. Solo su pecho conocía el tormento contenido en los horrores de los años confinados al encierro, los modales pobres de quienes la rodeaban, y el egoísmo naciente de un poblado que olvidaba el ser y actuar como una persona, la recluían a un margen de soledad absoluta, acompañada por dolorosos pensamientos que solo alcanzaban a torturar su inconfundible conocimiento sobre la bondad.

Su hermana debía ir con ella, aunque solo era un poco mayor, sentía la obligación de protegerla y brindarle la posibilidad de un progreso. Por las noches,  la guardia bajaba, se entornaban en los pasillos oscuros, agazapados al silencio brusco, vigilando las figuras inmóviles que transitaran el peligro supuesto. Danya ya había perdido el miedo, olvidaba cuánto daño podía causarle ser atrapada huyendo, poco importaba, estaba dispuesta a morir si era necesario, daría la vida por la de Vanya si eso le garantizaba seguridad y bienestar.

La noche oscura se acomodó en el cielo, entonando bajo la lluvia la miseria convenida de quienes no conseguían techo. Ella bendijo a los dioses por el preciado manto, la llovizna agudizaba el fortuito encantamiento, alzando en las sombras una cortina inmutable que ocultaba su delicada figura a los ojos de la muerte. Corría despacio, sigilosa entre las sombras brumosas, Vanya no comprendía el susurrar discreto y la voz con que su hermana le pedía moviera a prisa los pies, solo intuía que algo no marchaba debidamente, y  por esto debían irse cuanto antes de Oleg, su fatigada tierra natal.

Las espinas se enganchaban a sus escuálidos tobillos, luchando por sostenerla, intuyendo el escape pactado que no podían permitir.

Ellas continuaban el descenso por la colina, ocultas en las sombras, acobijadas por el manto negro del firmamento. Los ojos defensores brillaban en medio de la noche, cuando el rugido se alzó, Danya supo que había quebrantado los límites sostenibles de la comarca, no la dejarían ir tan fácilmente. Apuró el paso con el corazón tambaleándose en las manos, la llovizna dificultaba entrever los pasos seguros a los que debían aferrarse.

La tierra clamaba la sangre de quien osaba desafiar el sistema, aquel ser incapaz de convivir bajo el legado de la virtud, aquel ser que desafiaba las normas y se negaba a vivir como los demás, anhelando algo mejor a lo otorgado, anhelando subyugarse a sus superiores. No se podían permitir dejar a alguien libre, eso implicaba un punto de quiebre en su perfeccionada sociedad, era necesario arrastrarlo a los confines de la ciudad y castigar para que todos observaran que no se podía desafiar a los amos.

Danya se aferraba a las ansias de ver las montañas, de sentir el mar en los pies, de alcanzar las arenas doradas y volver a divisar la luz blanquecina de la dulce primavera. La adversidad le sonreía, aun cuando no lo lograra, seguía acariciando el sueño clandestino de volver a ver el sol, de ceder al calor y recuperar la dicha que de muy niña conoció.

Las cadenas se enaltecieron a la gloria, sujetando sus manos forzosas y arrastrándola al corazón de las tinieblas. Danya gritó a su hermana que corriera, que escapara y siguiera, pero esta, confundida, se dejó llevar por el clamor incesante de quienes auguraban la muerte.

El retumbar continuaba, gruñendo la vida inocente que en poco sucumbiría. Los amos se elevaron imponentes sobre los dos cuerpos resquebrajados, ya nadie osaría levantar su voluntad, se doblegarían como la tierra a sus pies, como el metal blando bajo sus manos.

Miles de ojos vacíos observaban inertes el juicio. Las manos señalaban a las culpables pidiendo un castigo justo, la muerte.

Los tambores retumbaban, el pecho de ambas se agitaba tras el inminente final. Danya no se permitía llorar, podrían acabar con ella, más no con su voluntad, permanecería firme sin derramar una lágrima, sin dejarse arrastrar por el dolor. Las cortinas de agua descendían sobre el podio y los presentes, mientras la densa neblina se colaba en las brechas impuras que daban paso en las columnas de mármol.

Algo brilló ante los ojos de Danya, una nueva oportunidad, alzó la vista y la luna plateada se posaba a lo alto derrochando una luz jamás vista. Era el tiempo de cambio, ya nada la detendría, haló las cadenas y estas se volvieron polvo en sus manos.

Las máscaras de piedra cayeron devolviendo la vida a los ciudadanos, ya no existía la noche, se volvía día, los árboles luchaban por encontrar la luz, extendiendo sus raíces por los suculentos campos que ahora cobraban vida. Danya observó a su hermana, ya no podía darle más, se convertiría en una mujer y entonces no la necesitaría, ahora, solo podía entregarse a los brazos del adiós, solo así le garantizaría la codiciada libertad.

El silencio rompió en el viento, las voces acuchillaron el mutismo coordinado, ahora nacían en la verdad, en la pureza, las voces volvían a su libertad cargados de la sed de venganza. Solo Danya podía detener la masacre que se acerca. Las llamas doradas elevaron su vuelo al cielo, ella corrió, destinada al fuego, se sumergió en el calor entregada a devolver la independencia a su gente, volviéndose cenizas se entremezcló con las tierras áridas del horizonte, apagando definitivamente la condena injusta que por años los mantuvieron relegados.

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2 respuestas a La voz de la noche

  1. jackie dijo:

    Deberias publicar en wattpad es muy buena tu historia

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