La ciudad de las cenizas II parte

3a83fd073f207bcc0c1509625fa74809

        Las estrellas sucumbían ante el mar helado de la noche, un manto negro e irascible cubría el inalcanzable firmamento, donde la luna, se reflejaba tenue y débilmente, acompañada por el resplandor soluble de motas plateadas ardiendo a la distancia. El frío aullaba a raudales sobre las viejas ruinas, los escombros, se apilaban en torno a las estrechas callejuelas, allí donde los ojos permanecían ciegos, donde las voces enmudecían bajo el rayo fulgurado de los dioses imperfectos, los hombres no se atrevían a mostrarse, por el miedo perenne y desvariado de la muerte impune que los rondaba sin pizca de piedad.

Agnes, se cubría el rostro con la pesada capucha del manto negro, a su lado escuchaba la respiración irregular de su compañero, agazapados a las sombras, aguardaban el instante correcto para correr hasta el alto palacio, el palacio de la niebla, ese que se alzaba sobre una nube de polvo gris, sobre la bruma de la noche fría, bajo el refulgir furioso de la inesperada tormenta negra.

Sus movimientos debían ser gráciles a la espera de no ser descubiertos, Eneas le pisaba los talones como una inadvertida molestia que no podía dejar atrás. Había suplicado al comandante que la dejara ir sola, su herida mejoró mucho y ya no le dolía, si hacía lo necesario en absoluta soledad podría redimir los errores del pasado, ya nunca volvería a ser juzgada ni le recriminarían los traspiés que le impidieron lograr su anhelado cometido. La cúspide los invitaba a continuar con lentitud la marcha, siempre al amparo de las sombras, temerosos de los ojos vigilantes, de aquellos a quienes osaban retar para finalmente vencer.

Se adentraron por una de las cornisas del ala este, allí donde las ventanas abiertas los impulsaban a entrar. Les recibió el silencio audible de miles de almas rotas, la estancia vacía los saludaba bajo la opaca luz de una vela mortecina. No se encontraban solos, y era una nueva preocupación para sumar a las cientos restantes que ya les perseguían.

-Seguidme, si subimos la escalera encontraremos el salón – susurró Eneas señalando la inmensa escalinata de mármol.

Ella, a regañadientes obedeció, se suponía que él era unos cuantos rangos superior, pero no era eso lo que le molestaba tanto. Era la sutil gracia de sus movimientos, el deslizar rápido de la espada bajo su mano, los dorados cabellos cayendo en cascada sobre su cuello, como si permaneciera impasible ante las luchas que sucumbían a su alrededor.

Alcanzaron la planta superior con prisa, varias  antorchas iluminaban la débil oscuridad que se colaba por los cristales rotos, el resonar de pasos veloces entonados a la distancia breve. Los pálidos rostros pintados, los observaban sin interés alguno desde los marcos de sus cuadros, allí donde permanecerían hasta el final de los días, parecían seguir el ritmo de la marcha que aquellos dos jóvenes guerreros seguían.

El viento sopló con furia arrastrando los gritos contenidos, las cenizas volaron en una tempestad incierta, cubriendo de niebla el salón pentagonal en el que habían entrado. Eneas sujetó con fuerza la mano delgada de Agnes, preparados para enfrentar el enemigo invisible que les atacaba. El miedo trepaba por sus cuerpos haciéndoles perder la valentía, ella veía la oportunidad de hacerse valer, de probar el poder que sus manos contenían, mientras él temía ante la proximidad de una muerte segura.

El canto de las gargantas silenciadas engullía como un rugido en el cielo, como el rayo atestando a las copas de árboles altos. Se encontraban rodeados por una decena de hombres armados, de sombras gigantescas a las que no alcanzaban a verles el rostro a través de los yelmos de hierro negro. Eneas se hizo con la espada, tomando con alta velocidad la posición para defenderse.

-Mantente detrás de mí – le ordenó con voz firme.

Pero Agnes se negó en rotundo, no dejaría que la tratara como a una niña, no se quedaría observando mientras él perecía en una batalla poco justa. Echó mano al cinto hasta conseguir el pomo de su dorada espada larga, y antes de que él se atreviera a dar un paso, se lanzó al ataque de los pesados contrincantes.

Probó la sangre en sus labios tras ser arrojada contra la pared, volvió a tomar aire para atacar asestando con precisión el golpe esperado. Blandía el arma como su tío una vez le había enseñado, ensartando las estocadas con exactitud, si tan solo llevase la lanza podría moverse con mayor facilidad entre los aguerridos caballeros negros, los terribles enemigos del reino.

El odio corría por su cuerpo como un causal de agua hirviendo, con las ansias de vencer finalmente y alzarse en una victoria indiscutible. Casi podía saborear la gloria, casi alcanzaba a sentirse como una heroína. Volteó con la emoción triunfando sobre los ojos, no encontraba a Eneas, con el nerviosismo temblando en el pecho, inició una búsqueda entre los cuerpos caídos y aquellos que aún se debatían en una lucha furiosa, finalmente vio el cuerpo inerte de Eneas al otro lado de la sala, la sangre comenzaba a manar de sus costillas en tanto que no lograba verle el rostro.

Con el miedo perforando sus sentidos asestó un golpe fatal a la alta sombra que se filtraba sobre ella, de pronto sentía el orgullo barato contenido por lo años aplastándola con fuerza asombrosa. No dio en cuenta el golpe que le dieron en la cabeza, retrocedió confundida con el arma a los pies, sostenía sus manos cubiertas de sangre, mientras el salón parecía tambalearse de un lado a otro. Un golpe en el costado, otro en la cadera, temblaba bajo el frío forzado de su cuerpo roto, abrió los ojos bajo la tormenta de cenizas, entonces comprendió, estaba muriendo, sin poderlo evitar y en consecuencia de su escasa racionalidad iba a morir terriblemente, y no solo ella, también Eneas. La culpa le asestó de lleno en el pecho, obligándola a arrastrarse sobre los escombros esparcidos, las llamas lamían el techo, devorando la envejecida estructura. Los dioses cobraban con fatalidad el insignificante intento por destronar las sombras perversas, ahora sucumbía en la derrota, llevándose a aquel a quien nunca le dijo lo que en el fondo sintió por él.

Su corazón ardía en desesperación, atenazado por una cólera ciega, moribundo ante las palabras jamás dichas guardadas en su alma. Se levantó con dificultad, caminando a rastras tomó su espada y sin detenerse a pensar, la arrojó hasta la sombra perlada, el infierno se desató cuando las sombras huyeron a los fuegos, el grito desgarrador acabó por quebrar la oscuridad perpetua.

Herida, con el cuerpo engarrotado, se acercó a Eneas, su pecho subía y bajaba con lentitud, pero sus ojos permanecían atentos en ella. El alma se le vino a los pies al verlo tan indefenso, era un guerrero diestro que jamás había sido derrotado.

-Lograste probar vuestra determinación, ya nadie os juzgara – le dijo con la voz rota.

Poco importaba lo había conseguido probar, porque tan cerca de la muerte, descubrió ese gran amor negado a ciegas a su duro corazón. Le observó con el regusto amargo de los años perdidos, y antes de abandonarse a la inconsciencia, le besó como nunca antes los labios, sellando así su verdadera prueba de valor.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historia y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s