La vieja taberna

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       El silencio roto se movía entre las piezas dispares de la lúgubre taberna, un posadero gordo, con ansias de descanso, atendía laborioso a un par de soldados de aspecto sombrío, uno de ellos iba vestido a gala, con una gabardina de cuero y el cabello bien peinado echado hacia atrás, Salvador. Leonardo, el otro, fumaba gustosamente un viejo cigarrillo encontrado en el bolsillo delantero de su pantalón. Eran soldados de un nuevo régimen, recriminados a una hora de distracción en la oscura ciudad en la que tocaban puerto por primera vez en una infinidad de meses.

El amor ciego y desconocido solía pasearse vestido de mujer, llevando largo vestido y hermoso tocado alto, llevaba el cuello perfumado y no solía llegar a lugares desolados. Eso era lo que se repetía Salvador, siempre anhelante de encontrar la buena compañía, por esto poco antes de volver al mar, se daba una última vuelta dispuesto a apreciar a las jóvenes damas a sabiendas de que ninguna dedicaría su gallarda valentía.

Era gratificante pisar tierra firme, disfrutar de los placeres de la vida y  compartir una buena jarra del mejor vino. Hubiese sido mejor, de compartir compañía con alguna hermosa dama, solo así, sentirían el goce de la piel sobre sus cuerpos, del cándido aroma femenino que hacía tanto, sus ásperos labios deseaban probar. Echaban en falta la atención de una bella mujer, ninguno de ellos tenía esposa, sin embargo, añoraban encontrar una que los recibiera cada tanto que volvieran a casa. En cambio, al tocar puerto, solían visitar el viejo local abandonado, donde la mugre se apilaba por los años, y el tabernero no cambiaba en absoluto, más que aumentando con buenos kilos su prominente barriga blanca.

-Os he dicho que quiero que sea rubia – insistía Leonardo volviendo a las viejas conversaciones del camarote – de buenos muslos y rostro pálido, siempre me han gustado las blancas – decía disfrutando a sorbos de su trago.

-¿Cómo le miraréis los muslos bajo la enagua? – preguntaba obedientemente su interlocutor, quien a ciegas, confiaba ciertamente en la pureza del corazón y la bondad del amor.

-Para eso hay que palpar antes del compromiso – sonreía ardientemente alzando las manos como si apretara algo invisible.

Salvador no hacía caso de sus tercas palabras, él por su parte, solo quería una buena mujer, de gratos modales y algo picaresco en los ojos, ese brillo que poseían las damas cuando sus ojos se encontraban con el amor. Creía ciegamente en el romance, en esas historias encandiladas que una vez escribió un tal Shakespeare, en una Julieta tan perfecta que sus días en el mar asemejarían un buen pago con tal de gozar una noche al mes a su lado.

-¿Te perdiste nuevamente en sueños furtivos amigo mío? – le gritó su compañero arrancándolo de su ensoñación.

-No es eso – respondió el otro frotándose las sienes con entusiasmo – llevamos un par de horas aquí, y todavía no os decides a visitar a vuestra madre.

Leonardo resopló aburrido ante la leve mención de su progenitora, a diferencia de su amigo, él sí tenía una familia que visitar, una madre que lo esperaba con las lágrimas contenidas en el ancho pecho.

-No, no – alzó los brazos defendiéndose del puñal invisible con el que le atacaba – nada de eso, la vieja puedes esperar. Además, ¿tantas ansias tenéis de que os abandone? Seguro esperáis iros con una ramera de esas que os divierten incansablemente – rio estrepitosamente sacudiendo la mesa.

Salvador no quería irse con nadie, a veces disfrutaba del tiempo a solas en compañía de la plateada luna, aquella que no juzgaba sus pasos ni su inexperta soledad, aquella que prefería verlo desde lo alto sin atreverse a interrumpir el paso lento de sus desvariados pensamientos, de la tortura infinita a la que se sometía día tras día.

Leonardo bebió de un trago el contenido de la jarra, dejando que el vino le chorreara empapándole el mentón y la camisa blanca, dispuesto a marcharse, se despidió del posadero, pero cuando dio vuelta hasta la puerta se detuvo en seco. Un linda joven de castaños cabellos cortos había entrado en el lugar, llevaba un ceñido vestido negro que acentuaba su delgado y curvilíneo cuerpo. En seguida, y sin detenerse a recapacitar, le tendió su brazo despejado, a lo que esta le dedicó una mirada confundida antes de aceptarlo.

-Salvador os presento a esta bella dama – dijo al tiempo que le ofrecía una silla vacía – vuestro nombre querida.

-Me llamo Isabella – replicó con la belleza de una diosa aflorando en los labios – estoy buscando a mi hermano – sonreía con cierta timidez, una timidez que no alcanzaba sus bellos ojos dorados – de seguro lo conocéis, Lisandro, es alto y moreno – añadió con suspicacia.

-No, me parece que no le conocemos – Leonardo le respondió con gracia sujetando su bella mano bronceada – pero podemos ayudaros a encontrarle, de seguro viajaba en otra galera y por eso no le hemos visto.

Salvador se deleitaba con la belleza natural en la jovenzuela, en los hoyos remarcados de sus mejillas cada instante que sonreía, de sus bucles negros cayendo en cascada a lo largo de su terso cuello. Quiso rozar  su deslumbrante piel, quiso susurrar sobre esos dulces labios de miel, pero Leonardo la había visto primero, era esa su regla de camaradas, respetar siempre a la mujer del otro, aunque implicase una sola noche de besos en la oscuridad. Se puso en pie dispuesto a marcharse, tomó la mano de la muchacha y la besó cual caballero de la era dorada.

-¿A dónde marcha mi señor? – preguntó esta, evidentemente afligida por la despedida tan repentina, sus ojos revelaban un deseo oculto, y de pronto él, supo que ella no buscaba a ningún hermano suyo – me gustaría que os quedara un poco más.

Cautivado por sus ojos brillantes tomó asiento sin meditar, ella, alejó su mano de la de Leonardo, y con un gentil atrevimiento besó los labios de Salvador con inocente pasión. Se dejó llevar cautivado a un mar de dulzura, la tomó con suavidad, perdiéndose  en el ancho entramado de calles que dibujaban la ciudad en la oscuridad de la noche.

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3 respuestas a La vieja taberna

  1. YJRivas dijo:

    Maravillosa historia… me trajo cierta nostalgia.

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