El reino de cristal

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Sus manos gastadas se aferraban con fuerza a las bridas  del moribundo caballo, el camino empinado había dejado bajo sus ojos los rastros del cansancio. Un ventarrón de nubes negras se agitaba con furia sobre la empinada montaña escarpada. La nieve caía en suaves tonos ligeros, arrastrada por el dulce soplo de viento, acumulándose al pie de las escaleras, entorpeciendo el paso por el que no solía transitar ningún viajero, donde las vistas echaban en falta el clamor, el cálido sol del verano.

Cientos de voces se ahogaban bajo un llanto impuro, las gargantas secas anhelaban probar el calor de la guerra y las aguas tibias de la mañana sangrienta. Allí, donde el mundo parecía sumirse en sueño aletargado, las tierras lejanas saludaban a quienes finalmente alcanzaban las cúspides heladas, muy pocos podían llegar al final y alegar estar en buena salud, aún menos conseguían entonar su gracioso canto dejándose arrastrar por el frescor maravilloso de un mundo helado.

Nahum caminaba ligero, con el pecho erguido de orgullo y el cabello suelto, había alcanzado una parte de su cometido, tal vez la parte sencilla, por así decirlo, ahora, daba inicio a la verdadera búsqueda. Conocía la leyenda a memoria, aquellas tierras bendecidas por la noche, auguraban los peores males, pero también, las divinas salvaciones que a los simples mortales habrían de conceder un don especial. Él no buscaba un premio especial o alguna condecoración al héroe, emprendía el viaje por un sentimiento que lo obligaba a instalarse allí, por las ansias desconocidas de admirar la lejanía de las nieves, por un recuerdo tibio que atesoraba en su pecho. Cuando se enlistó en el ejército, solo quería que su nombre trascendiera fronteras, tocar la gloria y convertirse en un guerrero poderoso. No contaba con las penurias que día tras día viven quienes combaten en la guerra, los muertos, las heridas, las despedidas, el temor de volver a encontrarse frente a la muerte para no encontrar retorno.

Fue allí cuando la vio por primera vez, la mujer de las manos heladas, aquella de rubios y largos cabellos, de ojos profundos como la noche, aquella que solía llevar el nombre de Vida.

Vida era una leyenda que corría desde tiempos ancestrales, Nahum, siempre la evocó como una imagen lejana, como un cuento tenue durante las noches que por la mañana escapaba dando lugar al día, no la creía real, tampoco pensó despertar los dulces labios rosados de esta, admirar la belleza inmortal que la convertía en el sueño de cada gallardo caballero dorado.

Las  batallas llegaron con el trote agitado de sus corazones, la valentía huía a raudales entre los pies de los hombres armados, el choque del acero los devolvía a la cruel realidad de la guerra, los hacía moverse instintivos, con el miedo al acecho, a la espera furtiva de tomarlos por sorpresa. Había ganado el momento de Nahum, convencido de aguerrida fiereza, se abalanzó sobre los enemigos con la confianza de la juventud, blandiendo la espada sin control, con un grito desgarrador que brotaba de su pecho. Pero el rival acudió primero, y sin darse cuenta, Nahum se hallaba sobre la tierra húmeda y una gran herida en el pecho.

Iba a morir sin remedio alguno, sucumbiría a una tumba sin nombre sin probar gloria mínima. Cuando el alma le escapaba del pecho, una figura blanquecina acudió a su auxilio, envuelta en un manto de escarcha tendió sus manos al enfermo, mientras él se debatía entre la vida y la muerte, ella suspiró un sutil antojo devolviéndole la vida. Al despertar, Vida le tendió un suave beso, como un blando recuerdo que lo acompañaría por el resto de sus días. Desde entonces se había prometido encontrarla, debía agradecerle el favor, y por esto le entregaría su espada inmaculada.

Los campos nevados ofrecían un mundo descolorido a sus pies, donde los cúmulos de nieve se apilaban y el verdor de los bosques se perdía bajo el manto blanco del invierno eterno. Desfiló por las altas y empinadas colinas, siempre a la expectativa de encontrar a Vida, con el pecho cabalgante, con las manos gélidas aferradas a los arreos.

Un destello azul ilumino el pálido cielo del amanecer, dibujando un mar de colores en el firmamento, despertaba el reino de las nieves, arrastrando el maravilloso acontecer del día. Las ninfas volvían de sus sueños, los dragones alzaban el vuelo, los gigantes se movían con pereza entre la maleza espesa. Ella debía estar allí, no podía ocultarse durante más tiempo, aquel reino de bellezas escondidas le pertenecía.

Entonces, las luces se fundieron en el edén, provocando una lluvia de hielo, los cristales rotos descendían hasta su piel en un leve tintineo al descansar. Vida caminaba sobre las cumbres, un precioso vestido violeta envolvía su delicado cuerpo, avanzando con gráciles movimientos, sus manos se agitaban con destreza dibujando círculos de nieve que eran arrastrados por el viento. El temporal cubría la inmensidad, las estrellas se fundían en el horizonte dando paso a la fría mañana, su figura dibujada en la lejanía lo invitaba a acercarse.

Cabalgó con prisas hasta ella. ¿Se acordaría de él? ¿Qué podría decirle? Miles de interrogantes acudían a su cabeza, torturándolo, confundiéndolo. El temor se acrecentaba, con cada paso, el pecho parecía a punto de estallar, jamás sintió tanto dolor como al verla dibujada, como al presentir que podría marcharse sin llegar a entonar una corta palabra.

Llegó a la escasa distancia que los separaba, bajó del corcel con la boca seca y la cabeza entumecida, ella se dio vuelta observándolo con sus ojos de plata. Miles de tambores contenían sus pisadas allí, a unos cuantos palmos de distancia, a las miradas echadas que nada llegaban a decir. Vida permanecía imperturbable, Nahum no podía dilucidar algo por sus movimientos, simplemente la miraba extasiado, cautivado en sus curveados labios, en sus mejillas rosadas, en la cascada de cabello dorado que le caía con gracia sobre los hombros de porcelana.

Dio un paso lento, ella lo miró conteniendo una sonrisa que le bailaba en la comisura de los labios. Con mayor seguridad avanzó, caminó hasta encontrarse frente a ella, hasta verle de cerca las pestañas largas, hasta sentir su aliento de rosas en la cara.

-Has tardado un poco en llegar – le susurró ella con voz traviesa, conteniendo una sonrisa gutural, un mar de emociones que se perfilaban en sus ojos de nieve.

-Os he buscado por la eternidad anhelando sentir el roce de tu pecho – sus palabras escaparon sin vacilar, era lo que su corazón gritaba, lo que contenía y no podía ocultar.

Ella le aferró la mano con delicadeza, él sentía el cosquilleo sobre sus dedos, como una magia divina que lo obligaba a reír con gusto y felicidad.

-Por suerte tenía tiempo para esperar – le dijo ella.

Nahum transformó en realidad sus deseos besándola con las ansias de no dejarla nunca, la sujetó por la cintura aspirando el dulce aroma a miel de sus besos, contenidos por un deseo, los dos se volvieron viento.

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Una respuesta a El reino de cristal

  1. Tus relatos son perfectos para soñar y dejar volar la imaginación, enhorabuena. Gracias por dejarnos disfrutar de una preciosa historia de amor.
    Saludos.

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