Aprisionada Medea

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       La sutileza del viento acariciaba con temple los helados páramos celestes, los campos nublados saludaban con tristeza el pesaroso atardecer, donde los cálidos y rojizos tonos, pintaban de luz el firmamento negro. Anunciando el declive del día, avistando la llegada repentina de una noche fría, despertando el vago interés de la aristocracia altiva.

Las noches atraían las luces a la pequeña y bella ciudad de Vaar, donde la nieve cubría como un precioso manto blanco, las estrechas callejuelas en las que circulaban los alegres ciudadanos, las nobles señoras de alcurnia, los arreglados caballeros falsos, y uno que otro mendigo se arrojaban a la terrible helada, suplicando una mínima limosna. Theodoro, había tardado en acostumbrarse a las viejas costumbres de Vaar, a los tratos corteses, a las invitaciones constantes, a tomar el té antes de cada comida, y sobre todo, a las quiméricas sonrisas aparentando una felicidad inalcanzable.

Cada noche, una nueva fiesta de té le hacía llegar una impecable tarjeta en la que relucía su corto nombre en largas letras negras, al verla, pedía al mayordomo llamar al coche y prepararse con gran ilusión para la noche, cuando los perfumes le engullían la nariz, saboreaba los gustos refinados de la alta sociedad de Vaar. Theodoro solo acostumbraba a ir si sabía con certeza que ella estaría allí, a pesar de ser una mujer casada, no podía dejar de admirarla, aquellos rasgos tan seductores, la mirada firme, el cuello tensado, eran solo unas de las pocas razones que lo obligaban cada noche a partir. Condenado a un deseo fiero, se arrastraba en contra de su razonamiento, llevado por el corazón y los sentimientos ciegos. A pesar de no recibir más que sus tenues suspiros, se complacía al sentir sus bellos ojos dorados sobre él, al observar su menuda figura dispuesta a bailar bajo sus brazos, a entregarse a esa pasión prohibida que intuía, ella sentía.

Medea asistía tardíamente cada noche a las invitaciones, sus largos cabellos negros caían en cascada hasta lo bajo de su espalda, sus ojos felinos dibujaban una tierna sonrisa alegre, en tanto sus labios saludaban con entusiasmo a cuantos osaban clavar su vista en tan bella criatura. Ella era el soplo de sus anhelos, no se inmutaba ante la farsante sociedad en la que convivía, no temía decir lo que sentía o pensaba, aunque aquello llegara a incomodar a cuantos la escuchaban, no por esto era menos querida, al contrario, quienes guardaban algo de razón, encontraban adorable a la hermosa mujer que los obligaba a pensar y meditar cuidadosamente poco antes de hablar.

La noche se vestía de estrellas con una radiante luna llena, las carrozas llegaban acomodando a los importantes caballeros, algunos acudían con sus esposas, otros, llegaban de la mano de bellas artistas del teatro, mujeres de buena vida. Theodoro se aproximó con el corazón galopando en el pecho, las ansias desbocadas por dedicarle una breve mirada, lo hacían parecer tenso, distraído.

El palacio lo recibió con el calor de cientos de velas, la anfitriona, Anna Petrona, una mujer anciana de sonrisa amable, le hizo un gesto invitándole a seguirla. En el gran salón, ya comenzaban a reunirse los convidados, uno tras otro hacían gala de sus grandes abrigos y buenos modales, saludando con cortesía a algunos, dirigiendo conversaciones vagas y sonrisas imaginarias.

Theodoro se retiró a un lado de sala, tenía pocas o ningunas ganas de entablar conversación, solo añoraba la llegada de ella, ese momento mágico en el que el mundo parecía detenerse para ver la entrada ilusoria de Medea en el amplio salón blanco.

Las horas corrían con absoluta pereza, destrozando las esperanzas de quienes aguardaban una próxima llegada. Los músicos se dispusieron a tocar, y el colorido de las amplias faldas embargó la pista al compás. Justo cuando creía que el tiempo no era más que perdido, las puertas se abrieron a la par, dejando entrar a una encantadora mujer envuelta en un blanco abrigo de terciopelo, su esposo apareció al momento para retirarlo y entregarlo a uno de los sirvientes, Medea iba enfundada en un perfecto vestido negro que acentuaba  su delicada figura, el cabello largo lo llevaba recogido en una trenza de lado adornada por blancas perlas.

Su garganta se trabó cuando sintió dirigir la mirada de ella hasta su lugar, enseguida, el esposo se retiró con los caballeros acaudalados a sumirse en habladurías de política, en tanto que ella, con las mejillas encendidas, se dispuso a charlar con un par de ancianas apostadas contra la puerta.

El vals sonaba como una suave y dulce tonada, sus sentidos embriagados lo obligaban a permanecer inmóvil, incapaz de sacudir un dedo, de aclarar sus pesados pensamientos. Buscó en su interior las fuerzas que tanto le faltaban, y con una nueva pieza se acercó hasta ella.

-Me sentiré complacido, si decide dedicarme este baile, mi señora – anunció con la voz seca, con un  incontrolable temblor recorriéndole el cuerpo.

Medea dibujó una inmaculada sonrisa en su bello rostro, aceptó su mano, y juntos danzaron por la pista. Sus brazos ligeros se apoyaban en él, sintiéndose el pilar de la hermosa dama, el rocío sobre su cuello, el dulce aroma del verano, toda ella evocaba un sueño prohibido, una ilusión mera que jamás había conciliado.

-Os has tardado tanto que temí no llegarás – susurró junto a su oído.

-Charles no quería venir, no paraba de decir que era exponer inútilmente mi reputación – le dijo con una sonrisa triste temblando en los labios – he debido prometerle que no volvería a verte…

La terrible frase dio en el blanco, él no imaginaba su vida sin volver a verla. Cada soplo de viento iba destinado junto sus pensamientos, a Medea, cada día, cada hora, no cesaba de conciliar su próximo encuentro, de meditar sus palabras, de recordar su voz pausada.

-No podemos forzar el destino, quedaras deshonrado al estar con una mujer como yo… – le acarició la mejilla con el suave tacto de su mano.

Prefería morir mil veces que perderla nuevamente. Había luchado incansablemente por ganarse su amor, ahora que había probado el cielo eterno no renunciaría a él. Medea era todo lo que él anhelaba, su paz, su futuro, no importaba cuantas trabas se le alzaran, estaba dispuesto a evadirlas todas solo por ella, porque ella merecía eso y mucho más, Medea merecía ser feliz finalmente, lejos de aquel hombre venenoso, que no conocía más que del engaño y la traición.

La música cesó de pronto, las parejas comenzaban a detenerse, entusiasmadas por ir a la cena. Medea, como era habitual se separó de él, pero Theodore le sostuvo la mano, ella le dirigió una mirada de pesar, por sus ojos desfilaban todos los días perdidos, todas las lágrimas derramadas.

-Debo marcharme, Charles nos ha visto – le dijo.

-No dejaré que viváis un día más a su lado, os prometo que buscaré la manera de alejarte de ese villano – sus palabras sonaban torpes, atropelladas – eres mía por el resto de los días, no lo olvides.

Los ojos de Medea se llenaron de lágrimas, y con esta promesa ciega, se marchó al lado del hombre que tanto odiaba. No se permitía que él supiera cuanto dolor le causaba, en el fondo amaba a Theodore, y con desesperación anhelaba ese momento justo en el que por fin la liberará de su terrible prisión.

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