El ejército de Mair

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La enorme bola de fuego se movía con impaciencia por el claro cielo de invierno, los caminos, atesoraban la escasa hierba que le permitía leves pasos acobijados del viento, mientras la nieve escarchada se apilaba en derredor, el invierno duro llegaba en su mayor esplendor. Los pies ligeros que avanzaban,  cargaban a cuesta las mil penas de la batalla perdida, el hedor de la muerte, y la ineludible fatiga por los rostros queridos que ya no volverían a ver.

En un principio, habían alcanzado a ser más de diez mil chalecos blancos y azules que desfilaban por los prados celestes, ahora, solo un centenar de ellos podía andar, otro tanto de ellos, viajaban sobre las mulas acostumbrados al pesado silencio. Solo añoraban ese calor hogareño que extrañaban desde el día de su partida, desde el pronto crepitar de una guerra maldita, que ahora los sentenciaba como unos viles desterrados de la patria.

Conforme caminaban, las filas mermaban hasta reducirse a la mitad, muchos se alejaban para regresar a sus pueblos, a sus pobres aldeas, a los designios trágicos de las voces de la noche. Darío, observa a su alrededor acostumbrado a la pena, la herida molestaba con un potente ardor que lo obligaba a detenerse de cuando en cuando, si hubiese sido listo, aquello solo sería un rasguño. Había perdido sangre, y su cuerpo débil caía bajo los esfuerzos de mantener la marcha exhausta.

Debía seguir, no podía detenerse, si bajaba la guardia, moriría al manto de la noche, los lobos hambrientos desgarrarían sus miembros, y de él solo quedaría un sublime recuerdo en los labios de su amada Victoria. Era ella, quien, a lo lejos, sin saber si él vivía o yacía muerto en algún campo desierto, le infundía las fuerzas necesarias para continuar. Una necesidad ajena a sus recuerdos lo obligaba a permanecer luchando, aunque muriera tan solo verla, era importante suplicarle su perdón, observar por una vez última vez sus grandes ojos bellos, suspirar en su pecho, y finalmente rendirse ante ese amor eterno que tan injustamente creía le pertenecía.

Darío merecía todo menos a Victoria, era un completo testarudo sin voluntad ni palabra, que por mero capricho le abandonó en medio de lágrimas amargas. Sus padres le perdonarían, sentirían la dicha de poder abrazar nuevamente a ese hijo desagradecido, que sin importar los ruegos, decidió partir en busca de una aventura. Pero en lugar de encontrar una aventura que le quitara el aliento, se topó con la muerte. La muerte asistía como una fiel compañera a cada lucha librada, era consecuente y siempre puntual, llegaba al alba, con el primer rayo del día, se colaba entre las filas y azuzaba con precisión a los valientes caballeros para presenciar el caer de la noche a su lado.

El sol calentaba con pereza, derritiendo en el aire los apresurados copos que luchaban por caer. Las filas detuvieron el paso anunciando un breve descanso, él se derrumbó sobre el suelo helado, sintiendo la escarcha contra su mejilla, ayudaba a disminuir el dolor, pero aumentaba los riesgos. Muchos habían perdido algunos dedos, otros simplemente se quedaban tendidos al frío, con el rostro azul mirando inexpresivo al infinito cielo. Todos temían a la noche, al vacío absoluto que dejaba, a los cadáveres imperceptibles que los guerreros optaban por ignorar a la llegada de un nuevo día.

Las dudas inclementes asaltaban a Darío sin piedad, se recriminaba con el suave retumbar del camino las decisiones erróneas que había tomado. Probablemente Victoria encontrara el amor en un hombre que la mereciera, pero él sabía, que nadie podría amarla tanto como hizo alguna vez, desear su perdón y volver a ser digno de sus risas.

-Es tiempo de marchar, unas cuantas verstas y habremos alcanzado Mair, nuestra ciudad – anunció el comandante con tono grave, escondiendo una media sonrisa de satisfacción en sus delgados labios.

Los hombres suspiraron al unísono, volvían a casa, algunos alegres ante la perspectiva de hallarse junto a sus familias, otros marcados por la derrotada y las ansias desesperadas de triunfo con las que se embarcaron en la guerra.

Darío volvía derrotado, con un dolor apaciguado en el alma que lo torturaba sin descanso. Volvía a la incertidumbre, al desosiego inclemente al cual debía redimirse y acostumbrarse. Había perdido las ganas de vivir, las ansias desbocadas por conocer el mundo, se había abandonado a los placeres mundanos, a la avaricia, a los vicios inmorales a los que no alcanzó a resistir, a la lujuria, y sobre todo,  a la soberbia ciega que poco después lo convirtió en una víctima arrastrada de la codicia por siempre desear tener más.

Las altas columnas que abrían el puente ancho y largo se dibujaron en el horizonte, era la entrada de Mair, su antiguo hogar. Un “hurra” entonaron los labios cansados de los guerreros, quienes con los corazones galopantes apresuraron la marcha. Hasta allí llegaba la camaradería, ahora definitivamente se marchaban buscando olvidar y condenar los horrores de la guerra. Darío continuó sin despedirse de nadie, muchos de sus compañeros se deseaban buena suerte y prometían volver a verse, pero él no, él solo quería olvidar y empezar de nuevo, lejos de los campos sangrientos, lejos de los terribles recuerdos.

La ciudad le atraía decenas de imágenes a su cabeza, su niñez allí, sus padres, toda una vida, y también la cruel despedida. Por cuanto intentaba llenarse de excusas volvía la cabeza para sentirse como un vil cobarde, como un ciego sin mayor razón que un deseo absoluto por hacer lo que acabaría por condenarle.

Encontró su casa, escondida bajo la calle principal que daba hacia la plaza. Los gastados marcos de las ventanas se mantenían igual, el viejo techo rojizo lo saludó como un querido conocido que hacía tanto no frecuentaba pasar por allí. Rozó el pomo de la puerta, acariciando los sueños rotos del pasado. Podía entrar, besar a su madre y abrazar a su padre, pero no, no lo hizo. Continuó por la estrecha callejuela, con un nudo en la garganta que amenazaba con hacerle tropezar, entonces encontró el palacete donde vivía ella. Podía casi verla a través de los tenues cristales, podía aspirar el aroma dulce de su largo cabello. El dolor lo recorrió, allí no podía adentrarse y fingir que nada había pasado. Se sentó en la acera con la cabeza entre las manos, cada tanto que un caminar apresurado retumbaba contra el piso, alzaba la vista quebrando sus esperanzas por encontrar a Victoria.

No podía engañarse más, no volvería a verla, no merecía su perdón. Decidió a marcharse cuando unos ojos verdes lo miraron larga y fijamente, él de inmediato reconoció la belleza acumulada en el rostro pálido y lozano de quien lo observaba al borde del llanto. Las palabras se ahogaron en su garganta, Victoria iba enfundada en un vestido de terciopelo dorado a juego con su largo cabello, sus mejillas rosadas ardían de desesperación, y su boca se abría con rapidez sin llegar a decir nada certero.

Jamás la había visto tan bella, tan etérea, se recriminó cien veces por el error fatuo que había cometido. Estaba perdido, sin ella no había vida y definitivamente la había perdido. Cuando creía que lo mejor era marcharse, correr y entregarse al olvido, Victoria avanzó para estrecharse contra sus brazos, se dejó embriagar por el cálido beso que sus labios entregaron. No necesitaba palabras, ella había esperado por él y finalmente estaba allí, finalmente volvía al lugar del que nunca debió huir.

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3 respuestas a El ejército de Mair

  1. Muy buen relato, Darío tan preocupado y desesperanzado, que al final todo resultó diferente a lo que esperaba.

  2. No puedo dejar de repetir lo maravilloso que me parece tu blog y tus historias…
    Esta también. Todos cometemos errores, algunos grandes, pero quien nos quiere estará ahí para recogernos en nuestras caídas.
    Un abrazo, gracias por hacerme soñar 🙂

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