La estación de las despedidas

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El ulular del bosque respondía al claro eco de un ser indefenso, las hojas tenues resonaban bajo el leve rojizo de un otoño tardío, el verde que acostumbraba cubrir las altas colinas, decaída en leves tonos ambarinos.

La estación de trenes, despertaba con el chirrido atronador de los rieles como cada mañana, cientos de hombres y mujeres acudían puntuales a la nueva labor cotidiana. El humo, se colaba  como el viento entre los enormes dragones de hierro, de sus fauces anchas, escapa el producto del carbón y el fuego, mientras los niños aterrorizados, corrían a lo vasto de los vagones ansiosos de su próxima partida.

La luz del alba despuntaba en el pardo horizonte lejano, la estación, parecía ajena al espectáculo de colores  que se fundían en el viento arrastrando con pesar el dolor ajeno. Quienes despertaban de sus sueños, observaban con ojos anhelantes la obra magnánima que el cielo ofrecía a sus almas, otros con menos suerte, se rendían a las puertas del cansancio, sumidos en un deseo, anhelantes del aprecio eterno que solo el nuevo día podía regalar.

Una joven solitaria pasaba en alto a la vista de todos, nadie osaba fijar su atención en la desconocida mujer que ocultaba sus lágrimas tras un pañuelo de seda azul. Victoria, acompañada por su pequeño baúl, esperaba con un miedo desesperado la llegada de la locomotora que habría de llevarla a su nueva vida. Pocos o nadie sabían que ansiaba escapar de un presente aplastante, de una vida, a simple vista buena, pero que en realidad la ahogaba en una agonía eterna.

Los horrores del pasado perseguían sus pasos leves, aún cuando su piel lozana denotaba la juventud que disfrutaba, Victoria se sentía como un alma vieja, una que ha vivido demasiado y solo busca escapar del pesar y la tristeza, una que ha tomado las duras decisiones de alejarse y emprender un rumbo solitario, alejada de todo lo que conocía hasta ahora. Se aferró al asa del baúl, esperando así  recuperar la confianza que la noche anterior la obligó a empacar su destino en aras de la tranquilidad perpetua.

Sus ojos divagaban asustados, temerosos de encontrarse con la mirada esquiva de alguien conocido, a la expectativa de una nueva piedra que truncara su destino. Era presa de los vicios de una sociedad enferma de codicia, de los círculos de los que se rodeaba cada noche, esperando la aprobación ajena, de los rostros familiares que la saludaban con placer obligándola a unirse a sus charlas triviales, a sus palabras vacías, a sus vidas sin sentido que solo perseguían el anhelo de figurar entre miles de cara parecidas.

Ella no era igual, su corazón gritaba esperando por una libertad inalcanzable, una que se desdibujaba con el paso de las agujas del reloj, que se perdía entre reuniones obligadas cada semana, en las que nadie tenía nada que decir, pero aún así se obligaban a asistir. Entonces por primera vez, sintió el aire entrando a su pecho, sus ojos eran capaces de apreciar el firmamento eterno, sus manos rozaban la tibia madera de los bancos del lugar, nuevamente era una persona, ahora solo quedaba abordar a su destino próximo sin volver la vista atrás.

 

El bullicio se convertía en un eco sordo, en palabras inaudibles que nadie se atrevía a descifrar. Su nombre resonó entre los hombres sin rostro, entre las figuras desconocidas que se movían a prisa formando una multitud oscura. La voz rota volvía a gritar, ahora más fuerte, con un desgarrador dolor que alcanzó a dar en su pecho. Un nudo en la garganta le impedía responder, las lágrimas acudieron a prisa, deseaba que no la encontraran, si lo veía, perdería las fuerzas consagradas y volvería abandonarse a la miseria que hasta hacía algunas horas conocía como vida.

Pensó que no volvería a verle, una parte de su pecho creía que era la única manera certera de abandonarse a lo desconocido y comenzar de nuevo. La otra, la torturaba por las noches con la fría necedad con que se quiere a un hombre, la obligaba a esperarlo, le suplicaba que solo aguantara un poco más. Pero Victoria, no había conseguido esperar un solo día, no podía sumirse nuevamente a la ignorancia que la rodeaba, no podía fingir felicidad cuando su interior gritaba con dolor las ansias por escapar.

La bruma se colaba entremezclándose con el humo, la gente caminaba perdida sin detenerse a observar lo que ocurría, nadie hacía caso de la desolación que acompañaba a la pobre joven, nadie notaba su llanto, permanecían inmunes a las tragedias que no les correspondían.

A lo lejos se recortó una figura alta que comenzaba a acercarse, las piernas le fallaron al verlo, no esperaba toparse con sus ojos fijos, con sus ojos llamándola culpable, diciendo que era una cobarde por huir… Los ruidos eran lejanos y opacos, ante su mirada desfilaba un mar de gente convertida en nada, solo era capaz de ver a Joseph. Él se aproximó y tomando su mano en el acto, podía leer el daño en su bello rostro, en sus labios delgados, en sus ojos de cielo…

-¿Por qué no me habéis dicho que os ibas? – inquirió con la voz rota, ahogada por el rugido de las máquinas de acero.

¿Cómo podría decirle que lo abandonaba? ¿Cómo podía marcharse y mirarle la cara una vez más? Por eso había huido, para evitar las lágrimas tristes que la obligaban a permanecer en una ciudad desfallecida, para no ceder ante a los sentimientos que la embargaban con solo pensar en él.

-No he podido… – sus manos pálidas temblaban –  si os lo decía, buscarías la forma de persuadirme, de lograr que me quedara…

-Jamás te obligaría a permanecer a mi lado – la interrumpió – no puedo retenerte conmigo.

-Pero yo quiero estar contigo – reflexionó ella al borde del abismo – ¡ven conmigo! –suplicó nuevamente, era algo que le había pedido incansablemente y para lo que él no se sentía preparado.

Victoria sabía que no podría volver, en la ciudad desfallecida, solo era una pieza rota que jamás conseguiría encajar. Debía continuar y dejarlo todo atrás, incluso a Joseph, incluso el amor que sentía por él.

-Solo espera un poco más – intentó persuadirla – no debemos marcharnos buscando escapar, espera y me iré contigo.

Pero ella no podía esperar, incluso por él que solo buscaba darle largas al asunto.

-Entonces iré por ti – prometió Joseph con el rostro en sombras – donde os encuentres, yo buscaré llegar a tu lado.

Victoria le acarició la mejilla con el cariño de los años, era una promesa hermosa, algo que mantener en su corazón y a lo que aferrarse cada vez que sintiera miedo, Joseph iría por ella algún día. Se acercó con lo escaso de los minutos, y la besó, sintió sus labios dulces como se siente una amarga despedida, un precipitado final que ninguno quería otorgar. Sus manos se separaron y Victoria le susurró un leve te quiero, subió al vagón con la extraña sensación de no volver a verle, podría ser la última vez juntos, podría no volver jamás sentir sus manos sobre las suyas, pero de cualquier forma, la promesa quedaría imborrable en su memoria, en los días cortos, en las noches eternas, Joseph sería la verdadera oportunidad de tenerlo todo.

 

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4 respuestas a La estación de las despedidas

  1. YJRivas dijo:

    ¡Que maravilloso es leerte! por eso, en forma de agradecimiento además de brindarte el honor merecido es grato para mi nominarte al Premio Dardos http://yjrivas.wordpress.com/2014/08/01/premio-dardos/ ¡En hora buena!

  2. ¡Precioso! No tengo palabras para describir lo que sentí cuando lo terminé de leer. Me ha encantado.

  3. Eva Mercader dijo:

    ¡Qué gran descubrimiento tu blog! Me encantan tus relatos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con la lectura. Enhorabuena.

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