La marcha de Tobías

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Los páramos dorados se alzaban sobre la ventisca de escarcha, los cúmulos de nieve se apilaban en los vastos caminos de arena rosada, un llanto insaciable recorría el valle apergaminado, entremezclándose con el ruido sordo de los cascos de los caballos, que se hundían en el abandono absoluto de una vida lúgubre, en tanto sus valientes jinetes, luchaban incansablemente esperando vencer a la temida naturaleza.

Las luchas ambiciosas se libraban en absoluto silencio, en un pecho roto, desconocido, abnegado a lo doliente, cansado de las palabras vacías, de los hechos incumplidos. Tobías, acostumbrado al letargo rutinario, solía levantarse al alba con las emociones encontradas, sus ojos vislumbraban las pardas colinas pintadas de blanco en un ansiado intento por rozar con agilidad las suaves hojas del invierno. El fuego ascendía por sus brazos en una cólera conocida, solía visitarlo con inusual frecuencia, solo que últimamente, acudía puntual sin falta cada mañana.

Los buitres se apilaban a la distancia, a la espera, cautivados, embelesados, con las ansias desesperadas de hallar una nueva presa. Se vestían de gente, conversaban a largos ratos tendidos, ocultaban con astucia las intenciones mezquinas que movían sus palabras sucias.

En los pesados días de trabajo, donde nadie dirigía un ligero vocablo amable, se sumía en la indolencia humana, de quienes, acostumbrados al fervor de la codicia, solían destruir los sueños honestos de cuanta mente brillante cruzara la ancha puerta de la perdición. Allí,  las almas rotas caminaban a tientas, acostumbradas a la mentira y el engaño, en busca de una luz ciega, de una esperanza vana que les recordara la vida en la que se hallaban inmersos.

Tobías se negaba a ser partícipe de los actos de aquellas gargantas secas, anhelaba un espacio puro, donde las mentiras no caminaran a tientas, donde los hombres justos fueran de honor a poseer un lugar certero en el mundo de la ilusión. Pero ese lugar jamás le era dado, cada noche volvía a casa agotado, con el pecho martilleándole entre el odio, entre la rabia ciega que con frecuencia lo dominaba. Necesitaba armarse de valor, tomar la empuñadura de su pesada espada y romper las cadenas que lo mantenían retenido en las calderas, alejarse de esos terribles jefes que lo obligaban a cumplir decisiones vanas, de aquellos cuyos oídos ensordecían ante las palabras desesperadas, de aquella jerarquía injusta en la que ninguno poseía mayor logro que convertirse en un fiel ignorante, siempre dispuesto a asentir y ser una marioneta de la injusticia y lo oscuro.

Volvía a las calderas y los campos, apilando piedra por piedra, al igual que sus compañeros, veía los ojos del mal en el terrible mandatario, aquel al que nombraban Señor, y por quien mantenían la cabeza gacha acostumbrados al mutismo del silencio.

Pero Tobías escondía un secreto, era un sueño verdadero que desde hacía un sinfín de días ocultaba de la vista de todos. Una tarde, mientras trabajaba con pesar, acostumbrado al odio sembrado entre los compañeros, una luz lejana lo hizo perder la concentración, era la luz del sol reflejada en las anchas faldas de una dama, su marmolea piel mostraba una lozana sonrisa, en tanto sus ojos de luna invitaban a seguirle. Quería acercarse, jamás había admirado criatura tan bella. Dio un paso con inquietud, sus pies sentían la tierra húmeda y rigurosa, se entusiasmó conforme se alejaba de sonido pesado del metal, entonces sus talones entrechocaron y cayó de bruces en la hierba fresca. Olvidaba la cadena que lo mantenía preso, por mucho que deseara ir, no podía dar un paso más. Sin volver la vista, la luz brillante se apagó y se marchó lejos de allí.

Perdió de vista la maravillosa imagen y no volvió a verla hasta muchos meses después. Salvó que cuando la observó, cautivado y embelesado, ella se acercó y con un punto brillante disolvió el frío  metal que lo mantenía preso. Cautivado por la belleza imperecedera de esta, se tendió a sus dulces brazos, maravillado por la sonrisa eterna que curvaba la comisura de sus labios, a las rosas que se posaban en sus largos y rubios cabellos, a la suavidad de sus manos. Así pasaron los días, las noches, las lunas… la luz del sol alimentaba la pasión secreta a la que se entregaban los dos, a la vista de un ocaso naciente se encontraban sin falta.

Creía sentirse perdido en un sueño maravilloso, solo cuando ella quiso saber el por qué se mantenía esclavo de gente tan perversa, notó el tibio aroma de su voz, el miedo escondido entre la melodía maltrecha que escapaba de su garganta.

-El destino ha labrado este camino para mí, no tengo mayor oportunidad que seguir en él – respondió con tristeza, como si intuyera el fatídico final que le esperaba.

Ella lo silenció con un suave beso, de esos que saben a rocío y canela, de los que nunca se olvidan.

-Hasta que no seas libre, mi espíritu no puede permanecer a tu lado – le susurró su hada en medio de la conmoción.

Tobías, entregado a su fiel esclavitud no volvió a verla, se lamentaba con pesar de la terrible suerte que poseía, y en sus lamentos era incapaz de ver que la única fuerza que podía enmendar el error era la que no se decidía a usar. Se abandonó a la tristeza profundad, a los días oscuros, a las noches largas. Resignado, sabía que no volvería a verla, continuaba con desconsuelo la rutinaria vida a la que se confinaba, a un trabajo forzado en el que no era apreciado, a un miedo certero de la muerte impura si alguien descubría su secreto…

El recuerdo ausente le lastimaba el pecho, no concebía la vida ahogándose en la absoluta miseria, añoraba sentir algo y correr tras ello, perseguirlo y no soltarlo una vez alcanzado. Solo debía buscar en su interior, tomar el aire y arrojarse tras los fuegos.

Volvía a los campos, donde el trabajo forzoso le acometía sin cesar, sus ojos transfiguraron una luz que despuntaba al alba. Su corazón brincó de emoción, un sudor frío le recorría el cuerpo, con la certeza de lo desconocido supo que era ella, esperaba por él, por su libertad, porque rompiera las cadenas para finalmente correr a su lado y encontrarse con la felicidad.

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4 respuestas a La marcha de Tobías

  1. Para mi es un bello poema en prosa. Me recordó los poemas cuento de Ruben Dario. Felicitaciones

  2. Hola! Hace poco y descubri tu blog debo decir que estoy encantada por como escribes. Deberias publicar en wattpad, si lo haces me gustaria que me pasaras tu cuenta si no espero verte por ahi pronto.

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