Las barcas del mañana

ENTRADA

Las sombras perecederas se cubrían en el terror de la noche oscura. Un acorde silencio entonaba los pasos sordos de los pobres moribundos que iban sin rumbo, de aquellas lúgubres sonrisas pintadas de cielo, de la muerte cercana al acecho.

El horizonte, pintado de sangre, presenciaba con pesar las sombrías despedidas de los inquietos mortales, de aquellos allegados al sufrimiento, al disentimiento de la lucha perpetrada,  de las promesas incineradas por el fuego ajeno, por los pies desnudos de miles de combatientes caídos en la batalla.

Aramir, era el reino de la perdición, de la lujuria ciega, de la avaricia desmedida, de los placeres insuficientes que solo alcanzaban a disfrutar unos reyes impuestos. Los valerosos caballeros, no conseguían  desenvainar la espada en los pesados silencios que les eran impuestos, obligados al mutismo, se embargaban en la aventura desconocida de hallarse en nuevas tierras o morir en lugar que los había visto crecer. Las duras decisiones acometían a jóvenes con ansias de futuro, a padres y madres, cuyas vidas veían sentenciadas al yugo de la anarquía, a la inmoralidad justiciera que día a día cobraba cientos de vidas.

Leandro se obligaba a conservar la cabeza fría en una guerra de poder. Los reyes defendían con fiereza su posición, mientras una minoría del pueblo, cansados ya de la miseria en la que se sumergían, alzaba las armas confinadas para luchar por los derechos arrebatados. Miles de vidas se habían cobrado en los últimos tiempos, en los días febriles que agotaban a la gente, a pobres hombres y mujeres considerados apátridas que no merecían el perdón del reino, y de los supremos, que vigilaban las leyes injustas impartidas por seres ególatras que afrontar los conflictos con puño de hierro.

Huir se había vuelto la salida a la que muchos recurrían, unos con mayor gusto, otros enfrentando la tristeza de abandonarse a lo desconocido. Leandro formaba parte de esa lucha que libraban los aguerridos jóvenes, de esas ansias de vivir y disfrutar el reino como sus padres habían hecho en algún momento. Solo que en los meses vividos, la angustia y el terror disipaban esos sueños que su cabeza se atrevía a dibujar.

Los cadáveres se apilaban sobre carretas en las que ya no podían ir, los niños morían en las esquinas, las madres sufrían al ver a sus hijos consumados en cenizas barridas al viento. La lejanía se sumía en un inconcluso silencio, el reino despertaba de una cólera brava, de una desidia certera, de la muerte aclamada. No importaba cuantas lanzas destellaran en el cielo negro, no importaba  las contiendas, los anhelos perdidos, el pueblo no despertaba de su adormecedora desgracia, de las lágrimas que cegaban imperturbablemente los ojos de la gente.

Una noche, sentados juntos al fuego, los jóvenes  comían un escuálido cordero que debían compartir entre decenas, bebían vino dorado y hablaban bajo la presencia de la luna. Zenón, el comandante del regimiento, observaba con sus ojos de fuego las filas mermadas de sus hombres, la angustia desfilaba en su pálido rostro, mientras su boca permanecía cerrada, intentando acallar los angustiantes pensamientos que le asaltaban sin piedad.

-Es una lucha iracunda – su voz reflejaba el dolor de las noches sin dormir, de los horrores de la muerte – nuestros hermanos caen víctimas de las espadas o de las fiebres, no quedan alimentos, los ánimos escapan entre la peste… No queda más, la única salida es subir a las barcas y olvidar los días en estas tierras.

Leandro sintió su corazón caer hasta los pies, nunca presenció palabras tan delirantes. Los rostros de quienes permanecían fieles a la causa se ensombrecieron al unísono, no podían ver a sus compañeros muertos, no podían enfrentar el terror los cadáveres fríos, simplemente no existía una salida sincera al vacío que intentaban salvar. En absoluto silencio se levantaron, cogieron sus escudos, las espadas, y las pocas pertenencias que cargaban a cuestas, ninguno tomó parte de la despedida, las palabras ya estaban entredichas, y volver a mirarse, solo los hacía sentir cobardes. Abandonaban a su gente, a sus familiares, se iban a la deriva, sin volver la vista atrás la mayoría se perdió en la penumbra desconocida.

Leandro quería marcharse, pero no podía, no sin Medea. No abandonaría a su dulce mujer a los brazos de la perdición, aunque fuese su única oportunidad, la llevaría consigo hasta el final de los tiempos.

Se adentró en el viejo entramado de callejuelas estrechas, la podredumbre abarcaba lo ancho y largo de los callejones oscuros. Cientos de rostros vigilaban a la oscuridad, en busca de la rebeldía, en busca de los vagos que se atrevían a desafiar su poder. Cruzó con prisas las plazas, el corazón galopeaba a cuestas meciéndose en su temeroso pecho. Cuando observó la pequeña casa blanca sus pasos se precipitaron con furia, entró sin tocar, dejándose en volver por el calor de las brasas, por el dulce aroma de flores… Allí descansaba Medea, dormitando a gusto sobre el estrecho lecho de paja, con sus dorados bucles cubriendo el inmaculado rostro de plata. Lucía tan serena y hermosa que al despertarla, sus ojos se abnegaron en lágrimas, ella, con la prisa del instante, comprendía el peligro, y antes de que él pudiera advertirle de las prisas que llevaba, se recogió el cabello tomando su mano para aventurarse al terror de la noche.

Las sombras desdibujaban la bruma nocturna, al paso pronto, otros pocos se les unían, Leandro levantó la mirada y se topo con dos docenas de hombres y mujeres que le seguían, las ansias de vivir movían con agilidad aquellas figuras abrigadas al temor, en una marcha leve que los llevaría a las barcas del mañana.

Un sonido desconocido quebró el silencio que los ocultaba. Los rostros se develaron ante la mirada de los reyes supremos, quienes embargados de una rabia fría, desentonaron su arsenal contra una multitud desencajada. Leandro sintió la responsabilidad como suya, tomó su espada y abalanzó a la lucha con pocas oportunidades de triunfar. El acero entrechocaba como el rugido de fieros titanes, los mares se agitaron, y el bullicio ganó terreno.  La valentía volvió a los hombres, que al escuchar el sonido de la batalla abandonaron las barcas y regresaron al reino.

El reino más fuerte del mundo volvía a alzar sus pilares a la vida, alejando las terribles calamidades que antes le acontecían. Las risas pintaban el firmamento, y la tibia ventisca batía el fragor de la victoria conseguida. Las voces se oponían al deceso, los reyes cabalgaron colina abajo, Aramir, el reino de la justicia, volvía a ser de sus gentes. Leandro cubierto en sudor y sangre, se permitió acariciar el dulce rostro de Medea, besó sus dulces labios sellando definitivamente el amor que sentía por ella.

Leandro encontró la vida en aquellos lindos pueblitos que rodeaban el reino, allí la paz se extendía a los hombres buenos y luchadores, nunca más se permitiría gobernantes atroces, ni leyes ultrajadas, los hombres convivían en la tranquilidad de la luz del día.

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Una respuesta a Las barcas del mañana

  1. YJRivas dijo:

    Hermoso. Me encantó

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