El rugido de lo inevitable

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      Las sombras se extendían al frío de la tenebrosa noche, como la guerra al calor del mundo. El mar rugía con ímpetu intuyendo los violentos cambios que surgían en el pequeño poblado, las nubes se agolpaban al pie de las colinas, en una furia desatada que se convertía en tormenta, los truenos golpeaban las altas cúspides de los árboles, alejados al fervor de un leve destino, de lo desconocido.

Las madres despedían a sus hijos en el silencio inmutable de lo perdido, el llanto se convertía en un canto suave, mecido por el viento, arrastrado por los cascos de los pesados caballos, llevado en los yelmos de cientos de soldados.

La vida ya no sonreía como en otros días lo hacía. El sol se posaba sin calentar, el rocío de las olas carecía de sal, la arena húmeda, ya no era la delicia que sus pies anhelaban acariciar. La imagen de la ventisca permanecía grabada en su memoria como el dulce arte de la pintura, los olores tenues, se colaban entre el frescor de un otoño naciente. Nadie imaginaba que a pesar del sol deslumbrante de una nueva mañana, la tormenta se desataba en el corazón de Anna, aquel imperturbable amanecer, la pureza de su ser se había agotado como un último aliento de esperanza.

Sus dedos frágiles acariciaban la espuma blanca, intentaban detenerla entre las palmas ahuecadas, pero esta, como la naturaleza hace frecuentemente, escapaba de los deseos humanos, perdiéndose y regresando inevitablemente al lugar al que pertenecía. Anna añoraba sentirse como el agua, como esa espuma  que volvía a casa, preguntándose si al final ella sería igual.

Rodeada de la penumbra, imaginaba un mundo hermoso en el que la guerra no fuese más que un vago recuerdo, en el que las muertes, solo fuesen una causa natural y no el terrible destino que los jóvenes debían enfrentar.

Anna se debatía en la inconsciencia de la noche, navegando por historias perdidas, divagando entre sueños rotos, con la vana esperanza de ver la luz restablecida. Una noche,  su padre, un hombre bueno de modales bruscos, anunció durante la cena, que el pueblo sería tomado por el enemigo, aquellas simples palabras le recordaron tiempos hostiles en que las calles se volvieron de sangre, en que los vecinos corrían como única posibilidad de vivir. La noticia dejó sin habla tanto a su madre como a su hermano, quienes, en silencio, la observaron con cientos de temores desfilando en sus oscuros ojos. Anna marcharía al día siguiente con la llegada de la noche, se iría a tierras seguras, a un lugar en calma donde la guerra no llevara los innumerables restos de sangre de jóvenes soñadores impulsados por un decreto. Sabía que no tenía oportunidad de rehusarse, era una decisión que estaba tomada antes de que ella pudiese alegar nada, con una puntada en el pecho, dejó el plato intacto sobre la mesa, cruzó la pequeña sala de la cabaña blanca, y se alejó a paso veloz a orillas de la playa.

Allí la sorprendió el amanecer, un cielo rojizo pintado de estrellas moribundas. La melancolía perversa acompañaba sus tímidos sollozos, envuelta en un chal azul, se confundía con la niebla, con la llovizna perpetua que salpicaba los mares del oriente.

Finalmente optó por volver a su alcoba, ese espacio pequeño que a sus ojos resultaba cálido y sereno. Sentía el dolor de alejarse de allí, de su infancia, de sus recuerdos, no podía cuantificar cuanto significaba el perderlo todo, el no tener una salida certera que al menos le garantizara la alegría.

Sus recuerdos divagaban entre miles de momentos, el primer ataque al pueblo sucedió cuando solo era una niña, solo recordaba el bullicio, los gritos de su madre y su padre buscando ponerlos a salvo. Ahora llegaba ese terrible momento al que tanto había temido, ¿cómo enfrentar la despedida? ¿Cómo sabría que volvería a ver a quienes tanto amaba? Y sobre todo, ¿cómo le diría a Boris que ya no volverían a verse?

Su corazón se resquebrajaba como una torre de cartas, se hundía en un vacío profundo, en lágrimas amargas que anunciaban el repentino final. Lamentaba el no poder despedirse, el ver convertidas las promesas en besos barridos al viento. Tomó un trozo de papel y garabateó unas pobres líneas explicando a Boris su repentina partida, disculpándose por no tener el tiempo para despedirse.

Toda su vida se redujo a un par de baúles en los que solo consiguió meter sus pertenencias más valiosas. Sus padres y su hermano aguardaban de pie junto al umbral, afuera, un carruaje con dos caballos a tiro esperaba para llevarla a la bahía. Su madre la abrazó y besó con cariño intentando ocultar las lágrimas, su padre le abrazó prometiendo verse pronto y escribir en cuanto todo estuviese resuelto. De su hermano se despidió fugazmente, este aguardaba  con ansias a convertirse en parte del regimiento. Echó una última mirada a su vieja morada y con el sentimiento de tristeza, se encaminó a un nuevo destino.

Anna hubiese querido mantener la calma mientras los cascos resonaban callejuela abajo, pero sus nervios, le fallaron, y sin quererlo se entregó al llanto desesperado, al dolor, a la rabia ciega que gritaba en su interior clamando que no era justo abandonar todo así.

Se detuvieron junto al ancho puente de madera que daba hasta la bahía, el cochero llevó sus pertenencias a la barcaza pequeña que la llevaría hasta el navío que zarparía en poco tiempo. Observó con curiosidad los rostros de quienes, como ella, se alejaban de lo conocido, rostros febriles y tristes, embargados por un arrebato de pena, afligidos sin mayor remedio que abandonarse a una suerte incierta y temida. Hubiese gustado compartir unas palabras, pero sus ojos, solo permanecían fijos en el horizonte, obligándola a no llorar, obligándola a conservar ese momento para la posteridad.

Un grito sordo resonó a lo lejos, Anna podría jurar que alguien bramaba su nombre con desesperación, no era más que las ilusiones torpes que su corazón se obligaba a construir para no decaer en poco tiempo. Nuevamente gritó, era una voz familiar, una voz tenue, que cada instante parecía acercarse. Sintió desfallecer cuando entonces lo vio, con los negros cabellos ondeando mientras cabalgaba a galope, sus ojos divisaron su ancho pecho y sus manos blancas aferradas a las bridas, ella también quería gritar, pero de su garganta solo escapó un débil sollozo.

Boris la divisó entre la multitud, llevaba un largo vestido blanco y un sombrerito de flores que siempre le había gustado. Corrió a su lado con el poco aliento que le quedaba.

-¿Por qué creíste que os irías sin verme nuevamente? – bramó a un palmo de distancia de su rostro.

-Yo… – titubeó ella – no podía veros, me muero Boris, me muero de dolor marchándome así, con la certeza de que he perdido todo cuanto tengo, con las ganas de llevarlos conmigo…

No le permitió culminar su frase absurda, antes de que recobrara el aliento, juntó sus labios a los de ellas envolviéndose de los miles de momentos vividos, en una promesa ciega que su alma juraba conservar.

-Yo iré contigo –le dijo – tomaré el barco al amanecer y todo será como antes.

Anna quería creerle, y lo hizo. Subió a la  barca y se despidió con una triste sonrisa, no sabía que pasaría, pero estaba segura de que él la acompañaría, de que la guerra no era infinita y más temprano que tarde, volvería  a ver a su familia.

 

 

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2 respuestas a El rugido de lo inevitable

  1. Escribes muy bien! Por eso te invito a que te unas a Mundoliterario. Donde podras publicar tus relatos. Seria un placer para sus lectores. La pagina es: http://www.mundoliterario.net
    ¡Un cordial saludo!

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