Las tristes ciudades grises

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El viento gélido soplaba con torrencial furia las montañas del norte, los altos páramos celestes, desdibujaban el horizonte plano teñido de rosa, donde las luces del atardecer se fundían en un acontecer de tonos caoba, anunciando el final del día, advirtiendo el comienzo de la vida…

El mundo se sumergía en la oscuridad profunda, cientos de gritos se ahogaban en las penurias de lo incierto,  los gigantes de hierro anunciaban con un poderoso rugido, que el humo negro se encontraba por descender, llevando los males terribles, la muerte y la desesperación, cubriendo los prados verdes de una lluvia eterna que arrasaría con las tristes ciudades grises.

Los tronos vacíos entonaban los cánticos del adiós, de las travesías caídas, de la espuma blanca movida que batía el ancho mar. Los reyes del mundo observaban con temor el declive de todo lo bueno. La niebla se aproximaba arrasando con saña los pequeños poblados con menos suerte. Las madres morían con lágrimas en los ojos, mientras sus hijos alcanzaban a luchar hasta un último instante, en el que finalmente sus bocas se cerraban para no volver a recibir el aliento.

Gea, la reina de las arenas, consumida en un incesante temor a lo desconocido, aguardaba con paciencia las noticias de sus hermanos. La responsabilidad reposaba en sus frágiles manos, sostenida como un viejo bastón de cristal, al cuidado de su cálida voz, y la atención de sus ojos dorados, noche tras noche.

Caos, el rey de los desamparados, convocó a sus tres hermanos, Helios, el soberano de las nieves, Leandro, señor de los mares y por último a Gea. Cada uno gobernaba una región específica, eran los encargados de mantener el orden y el bienestar. Nacidos de la luna y el sol,  bendecidos por las estrellas, sus dones se conservaban para la lucha justa, y no la insipiente necesidad humana por aferrarse al poder y construir falsos imperios

Tardó mucho en comprender el terrible peligro al que se sometía, vestida de noche con una corona de luz de luna, Gea acudió arrastrada por el sublime viento, a la espera, aguardó sin cesar la llegada de sus hermanos, quienes, atraídos al hoyo de la perdición, no alcanzaron a escapar de la devastación.

Las noches se avecinaban con el fragor de una guerra oculta, enfrentaban un enemigo desconocido, uno que carecía de voz y rostro, uno que se acobijaba a la muerte, al clamor de lo ajeno, sembrando el miedo y la destrucción. El fuego cubría los cielos grises, las voces se apagaban bajo el manto de la noche, eran burbujas de aire sumergidas en la superficie de agua, ahogándose en silencio, las gargantas secas rugían al compás de una marcha lenta, del sonar de las trompetas, del bullicio incesante que cubría los bosques y los valles.

El palacio se encontraba en absoluta calma, los consejeros iban y venían, ni un grito resonaba en los anchos pasillos de mármol blanco. Gea, sentada en el trono dorado, se devanaba en pensamientos obtusos, intentaba encontrar la manera de no lanzar un ejército entero ante un enemigo oculto, sabía que miles morirían, sin mencionar cuantos otros serían arrasados por viejas heridas, era el momento justo de actuar, de armar a los caballeros, de pulir las lanzas y alzar las espadas, sus hombres esperaban al pie de la muralla, en un perpetuo mutismo, envueltos en la bruma del miedo.

Gea alzó una de sus pálidas manos y casi en el acto dos de sus guardias le llevaron una armadura revestida dorada, cubrió sus faldas de terciopelo con el largo metal que la protegería al frío, sus brazos envueltos en mangas articuladas metálicas, mientras su largo cabello fue escondido por una toca de malla.

-Mi señora no asista – suplicó una de las damas de la corte con el rostro cubierto de lágrimas – acabará como sus hermanos…

-Querida mía – susurró ella acariciándole el rosto de igual manera que lo hacía una madre cuando sus hijos expresaban temor – si he de ser la única que por morir traerá la paz, con gusto me entregare a las puertas del hades.

No temía a la muerte, solo a fallar y desamparar a quienes, con tanto ímpetu, confiaban en su palabra. Su voz no temblaba bajo las órdenes de ensillar su blanco caballo, tampoco lo hicieron sus manos al aferrarse a las bridas, su corazón era el único que se estremecía aquel triste de día de verano.

Sus hombres la esperaban con alta moral, ninguno desistía o temía al fuego, eran valerosos caballeros dispuestos a dar la vida por su reino, a luchar incansablemente por esa poderosa mujer a quien llamaban majestad. Gea había demostrado el temple que ningún otro rey demostró, el miedo no bailaba en sus ojos ni tampoco en su andar, no se permitía demostrar debilidad o cansancio, allí, era una más del montón, un simple soldado que daba órdenes y las seguía por igual.

El temible trueno anticipó la inminente llegada de los otros, la lluvia torrencial bañaba los claros calcinados a la espera de un repentino final. Gea los avistó consumida en una seguridad de lucha sin precedentes, en su pecho retumbaba el clamor de miles de guerreros, el ánimo guardado tras la espera infinita, y sobre todo, una sed, una sed insaciable por devolver lo justo a su gente, a sus hermanos, al pueblo.

-¡Hoy el cielo nos abre camino para escribir la historia! – Hablaba con fuerza – hoy no somos un pueblo, una ciudad, hoy yo no soy su reina… – tragó saliva – ¡Hoy somos el mundo que clama por justicia! Somos madres, padres e hijos, somos hermanos de lucha, somos la sangre que corre por nuestros ríos, somos… ¡Vencedores!

Un rugido estrepitoso sacudió la multitud, los escudos se alzaron, las espadas entonaron, finalmente la guerra llegaba a su fin. Gea se cubrió con el peto y el yelmo, subió al poderoso corcel mientras un grito de ataque se abría paso en sus delgados labios.

Las arenas barrieron los campos, la escarcha descendió sobre sus cabeza, Gea solo apreciaba el arma como una extensión de su cuerpo, como un filo de su alma que sentenciaba el mal que se propagaba, los golpes la recibieron, un par de veces sintió el entrechocar del acero, el sabor a sangre en su boca, el dolor apremiante tras la pérdida de sus hombres.

El mundo se detuvo, los ojos de la noche le sonrieron con el mal acostumbrado a una boca negra, en ellos, observó los gritos ahogados de sus hermanos, las lágrimas y el temor de los hombres, ella no sentía miedo, no sentía nada. Con fiereza se abalanzó sobre el terrible ser con la angustia de no vencer, un golpe seco la alcanzó dejándola tendida en la hierba húmeda, se puso en pie con prisa, y sin detenerse a pensar, clavó la lanza en el pecho del terrible ser.

 Un aullido estremecedor rompió la batalla sangrienta, la niebla se disipó dejando lugar a un profundo halo de luz dorada, las arenas arrastraban tras de sí la muerte a cuestas, los hombres reían, gritaban, clamaban una dulce victoria, en tanto que Gea, sentía la vida escapar de sus manos, la herida era profunda, la sangre manaba entre sus dedos que intentaban aferrarse al pecho, no importaba ya,  viviría, era el legado de su reino, era la sonrisa de sus hombres, sin ninguna duda, viviría.

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Una respuesta a Las tristes ciudades grises

  1. nana7gain dijo:

    Desde luego, sabes como envolver al lector. :’) Felicidades.

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