Aún sin irse

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Las hojas secas bailaban su última danza al compás del viento. Los ojos adoraban en un anhelado intento la angustia fatal de las horas finales, de aquello ameno que quedaba al final del tiempo, de los días eternos sumergidos en el fragor de las tensas lágrimas.

Los tristes corazones resonaban en la absoluta penumbra, en la lejanía del bosque, en aquel remoto lugar abandonado. Donde las ruinas se amoldaban a viejos pilares descansados, a los  lejanos prados, a un sol brillante que ya no asomaba sus rayos.

Daniel caminaba a tientas con el pecho retumbante de emoción. A cada paso ligero, escuchaba como el eco, ese frecuente latido  presuroso, escondido en lo profundo de su ser, se ocultaba como la noche, al sigilo de su dueño, preocupado en señales breves, de no mostrar más de lo que debía.  Pero Daniel no podía mentirse, no conseguía guardar esa emoción arraigada que por su cuerpo temblaba, no podía dejar de suspirar, no alcanzaba mantener una falsa calma, que en realidad, era el motivo de su marcha.

El olor a pipa y tabaco atraía su repentino caminar. Los anhelos fortuitos jugaban dañinamente con sus intenciones, los vagos presentimientos se antojaban a su cabeza como un mar de decepciones. Mientras los miedos y frustraciones acompasaban sus pasos, en la lejanía de la vida, se enfundaba de valor, en la lucha ciega por recuperar la razón.

Los años, crueles con aquellos de almas justas, le habían arrebatado un amor imperecedero. Uno que guardaría sin importar el tiempo. Aun podía cerrar sus ojos, y evocar a su hermosa Isabella, con el largo cabello dorado hasta los hombros, con la mirada felina y traviesa, con la sonrisa ligera que acompañando sus claras mejillas.

Las ninfas correteaban el primer día de agosto, fue entonces cuando por primera vez, sus miradas se cruzaron en un instante fugaz, en una vida eterna que parecía resumida a ese sutil momento. Isabella, vestida de blanco y sombrero, sonreía acompañada por su madre y las doncellas, llevaban largos guantes que las cubrían del frío y unos chales a juego con sus rostros pálidos.

Envuelto en un halo de sorpresa, Daniel sintió el desesperado deseo de conocer a la terrible criatura. Pensaba “terrible”, porque en tan solo un fragmento de segundo, había robado su vida y sus ideales.

Ahora, esclavo de su musa, se consolaba al pensar en dirigirle una leve palabra, en acariciar sus rizos dorados, en sentir sus manos perladas sobre las de él. Sin saber cómo, consiguió acercarse a la inmensa estructura en la que vivía su hechicera. Isabella, sorprendida por el joven de ojos azules, no logró escapar a la magia que se tendía a sus pies, como un encantador embrujo, muy pronto cedió a los encantos de Daniel, quien conmovido y armado de valor, se atrevió sin pensar, a susurrar un repentino te quiero.

Asustado, no concebía imaginar más que el espanto de su enamorada, pero para sorpresivo final, ella se inclinó de rodillas, rozando con suavidad sus labios para luego marcharse corriendo.

Eran sus vanas promesas las que mantenían a fuego el amor sagrado entre ambos.

Ese sutil aroma a jazmín, evocaba a la dulce Isabella, a la curva suave de su cuello, la piel rojiza de sus labios… Mantenían así un secreto, una historia impronunciable. En la gran casa, nadie parecía echar en falta las frecuentes salidas de la niña, quien, movida por un interés invisible, se arrojaba a los brazos de Daniel cada tarde antes de ocultarse el sol. Sonreían acobijados por un cielo rojo, por los besos robados a la salida de la luna, por un futuro incierto que ante sus ojos, divisaban como el paraíso ganado.

Pero los padres de ella, preocupados y exasperados por las visitas de un joven que no prometía nada, se convencieron de asegurar el porvenir de su hija, y un día sin más, presentaron un prometido con el que se casaría. Isabella sentía el alma a los pies, con el pecho resquebrajado y los ojos a punto de llorar, ¿cómo podría venderse a otro que no era su Daniel? No dudaba de su amor, tarde o temprano, él cobraría el éxito, y las excusas para estar juntos, no serían más que un vago recuerdo enterrado en el cruel pasado.

Excepto que no era tan sencillo como creía, la sociedad obligaba a las mujeres a regirse bajo la ley de los hombres, en este caso, era su padre quien decidía que sería de ella. Este, impulsado por un odio ciego hacia Daniel, dejó en claro que no existía otra alternativa que el matrimonio con su prometido.

Al enterarse él, la cólera fría invadió su juvenil cuerpo, sus labios se llenaron de palabras impropias mientras su musa, lo observaba en silencio. ¿Qué podía prometerle él? No era nadie, solo un hombre de promesas cuyo camino asemejaba un final inconcluso. Sintió pena por ella, por su cariño y por el inmenso amor que le profesaba,  no había nada que decir, ella debía someterse a ese terrible destino, merecía un hombre que la quisiera, pero que a la vez pudiera garantizarle bienestar y fortuna, él simplemente no tenía nada para darle.

La miró con recelo, como el que mira una obra de arte cautivado ante la belleza pura y febril. No podía retenerla, y al pedirle que cumpliera con la voluntad de sus padres, sintió la vida partir de sus manos, los ojos feroces de ella lo acusaron como un canalla, no se permitía mirarlo, un odio inquebrantable se cernía ante ellos, ante sus deseos desconocidos, entonces supo que la había perdido. Irremediablemente, Isabella nunca sería suya, esa bondad y dulzura ahora se convertía en hiel para él, quien cruelmente arrebataba lo dicho y soñado para condenarla al mar de la deriva.

Daniel huyó, convencido de que la única alternativa de olvidar era marcharse lejos y no volver la vista atrás.  Sabía el daño irremediable que había causado en Isabella, sin embargo, no tenía la fuerza para volverla a ilusionar, era un cobarde que merecía hundirse en la miseria, sumergirse a la nada y no despertar de nuevo.

La nostalgia acompañaba el caminar de Daniel, luego de muchos años volvía a las viejas ruinas de un pueblo muerto, de gentes extrañas sin ningún talento, y casi sin saberlo, esperaba encontrar allí, en algún rinconcito de la enorme casa, ese enorme amor que alguna vez le había pertenecido.

El correr del agua resonaba a lo lejos, los aromas entrechocaban en el viento, en un cálido tiempo. Su espíritu flotaba a la deriva, en un ir y venir de recuerdos, en un llanto triste arrastrado por el tiempo.

La casa parecía la de antes, con las viejas paredes carcomidas por los años, con las baldosas cubiertas por el polvo del olvido, por la miseria de las guerras. Las hojas secas se acumulaban en la entrada, ante las viejas puertas rotas, sus manos acariciaron el pomo invitándolo a una vida que antes añoraba. Allí, Isabella se dibujaba como una niña, una criatura perfecta y sutil que andaba por los rincones agitando las amplias faldas de su vestido.

El olor a jazmín se conservaba, los manteles limpios y las anchas cortinas blancas llevaban el ímpetu de los dueños de la casa. Sus ojos divisaban a esa dulce dama, era Isabella, su amada Isabella, los años no deterioraban el rostro dulce que él recordaba, le otorgaban una belleza inmortal, la convertían en una beldad dorada, en ese sueño perdido que ahora ansiaba recuperar. Tan solo verlo sus labios se curvaron en una inesperada sonrisa, había esperado diez años por él, había aguardado en medio del olvido los brazos de ese gentil caballeros que ahora volvía para buscarla.

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