La luz del alba

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El mundo se sacudía bajo la  lluvia perpetua que colmaba los dorados prados de tulipanes, las ninfas corrían descalzas sobre el rocío de la mañana, sus pies se amoldaban al ligero tintinear de los pétalos caídos, del agua corriendo junto al arroyo, de miles de silencios.

Valentine asomaba la cabeza con gesto curioso sobre los tupidos valles poblados, allí donde su aventura iniciaba, morían cientos de historias inconclusas que él esperaba conocer. Se alisó el brillante jubón de terciopelo y acomodó el sombrero de ala ancha que tanto le caracterizaba. Sus mejillas sonrosadas evidenciaban la juventud de la cual rebosaba, sus labios entreabiertos, inspiraban el calor de la llegada del otoño, en tanto, que el mosquete afilado, colgaba inerte a un lado del cinto.

Los sueños se aferraban con desespero de sus manos sigilosas al pasar, la llegada inminente centelleaba bajo la tenue llovizna negra. Las copas de los árboles, se batían en un incesante temor al porvenir, como si intuyeran el pensamiento fatal de los hombres, el sigilo de las espadas, el rugir de los cascos sobre el empedrado gastado.

A lo lejos se divisaba el ancho grupo de soldados, las armaduras pulidas brillaban al contraste de la luna, el corazón de Valentine entonó su dulce melodía, emocionado finalmente daría el paso, conocería un destino digno de un héroe, de aquel valiente y aguerrido caballero a quien le compondrían canciones alegres. Apretó las bridas emprendiendo la marcha, el viento gélido acariciaba su cabello, en tanto sus ojos se entretenían en no perder de vista a los curtidos caballeros de la reina.

Tras alcanzarlos, bajó de su corcel con el ímpetu de un guerrero, era la primea vez que la corte le encomendaba tal acción, y solo por esto,  se hinchaba de orgullo al encontrarse a los pies de su soberana. Damira iba a lomos de una yegua inmaculada, sobre sus hombros se posaba una larga capa violeta, su cabello adornado por flores silvestres caía con soltura sobre su hombro derecho, se movía al compás del suave movimiento del viento. Sus ojos la observan en el secreto anhelo de su devoción, su figura menuda resolvía la imponencia de su grandeza, en un ir y venir del destino, llegaba a conocer a aquella a quien le debía el haberse convertido en un hombre de bien.

Desde luego, Damira solo acariciaba la idea de recuperar los templos perdidos, su cabeza agotada, solo alcanzaba a meditar sobre asuntos concernientes al reino, jamás se permitiría adular a un simple caballero, y menos aún, recordar los nombres de tantos otros que la rodeaban. Pero Valentine, guardaba en su pecho la insignificante idea de que tal vez lo reconocería, en un sueño prohibido, imaginaba esos ojos de cielo posados en su resumida figura.

Largas horas tendidos al abrigo de la noche, obligaron a los cansinos hombres a tomar un breve descanso. La reina divagaba entre la confusión del caos, días duros se avecinaban, un reino descansaba sobre sus manos, en un ir y venir de acontecimientos que le sorprendían sin razón alguna. Las tierras de nadie se escondían bajo el manto perpetuo de lo maligno, allí, donde las sombras cubrían a los hombres, los corazones débiles sucumbían a la tentación de la noche, mientras otros, con mayor fortuna, hacían de su vida un eco profundo del que buscaban escapar a cada hora.

Mientras Valentine rogaba al cielo por un segundo robado a su reina, aquella ninfa celeste que a todos encantaba por sus modales, por las suaves palabras que su boca entonaba, él creía ver más allá de la simple aparente fuerza que esta se empecinaba en mostrar, de la belleza etérea que su rostro dibujaba, que esa beldad insoluble que por sus ojos caminaba.

Damira lo miró por primera vez, en un simple suspiró se  fijó en ese orgullo de bronce que Valentine vestía, él sonrió a medias, abrumado por su inmortal belleza. Sus ojos reflejaban los duros años vividos, aunque era apenas una niña, llevaba encima la tortura de ser la descendiente de un rey corrupto y avaricioso, cargaba sobre sus menudos hombros, la ardua tarea de luchar por la justicia arrebata, por el bien ansiado, y por la igualdad entre su gente.

-Vuestro rostro me es conocido – susurró ella con temor a ser escuchada por los otros, el fuego reflejaba los matices de su rostro como una dulce pintura de otoño.

Él no quiso responder de inmediato, era joven e inexperto. Conservaba el atesorado recuerdo de una Damira más joven, quien una vez, de paso  por su alejado pueblo, se apiadó de la empobrecida familia de Valentine, y sin mucho que decir, les dejó un jubón de caballero y una espada de oro, convirtiendo sus penas irascibles en volutas de aire que se extinguían con el paso del tiempo, un muy agradecido Valentine comprendía el destino del que era dueño. La reina tal vez no recordara con exactitud el encuentro, pero para él, permanecía grabado en su piel, y en cada sueño que desde entonces se atrevía a acariciar con los dedos.

Un rayo retumbó en el cielo, la espuma se batió en un mar implacable mientras el cielo descendía sobre ellos. El rugir de los dragones incineraban el silencio, la guerra volvía a ellos, los envolvía en un fatídico momento. Los caballeros se abalanzaron al viento, proteger a la reina era su primer mandamiento, Damira no tenía miedo, su brazo se aferró a la espada, a ese fino ingenio largo, lucharía incansablemente, daría la vida por su pueblo.

El acero chocó con el acero, de las fauces aguerridas brotaba el fuego. La danza de espadas se convirtió en un acto sangriento, en aullidos labrados, en un llanto nuevo y ligero, en palabras desconocidas que no conseguían comprender.  Damira batallaba con la destreza de una diosa, no era carne y hueso, era un espíritu libre que ansiaba la libertad, la lucha justa y verdadera.

Valentine creía estar inmerso en una maravilla de cuento, las sombras se cernían sobre ellos en un inesperado intento por vencer, el fuego bailaba en un repentino encuentro con la muerte. Los caballeros vencían, las arenas barrían la sangre derramada, las luces se extinguían bajo el clamor de la oscuridad…

Un halo de luz, profundo y dorado como la vida nueva, dio paso al amanecer. El bullicio cesó, acallado por un pesado silencio, los hombres se miraron, agotados por la extenuante batalla, sus brazos no daban más, sus cuerpos aclamaban descansar. Valentine sintió un repentino temor, no estaba muerto, hallaba la vida más allá de las montañas rojizas, donde la maldad no existía y ligeros prados se extendían a la llanura del hermoso bosque.

Las espigas blancas volaron por los aires, en un remolino de colores, en un instante fugaz en que el mundo se redujo a la nada. Las sombras se extinguieron con las luces del alba, con el primer latido de su corazón, ya no eran aguerridos soldados que luchaban, eran hombres libres, nacidos de la vida y del viento, de la primera luz del mundo.

Valentine sentía el fresco contra su rostro, sus compañeros sonreían apreciando el ímpetu desconocido que les invadía, era una sensación olvidada, enterrada en un pasado lejano que no creían volver a concebir. Se miraron los unos a los otros, entonces notaron la ausencia. Un vacío inmenso colgaba de ellos, de sus miradas, de sus brazos… faltaba algo, faltaba el todo, y sin embargo, ninguno podía recordar que era eso que no se encontraba allí.

Pero él sí lo sabía, su espíritu roto había presenciado el deceso inequívoco de su reina, ese final inconcluso que ahora se abalanzaba sobre ellos. Damira se había vuelto luz, esa que toca las montañas al alba, que despunta en un nuevo día, era la vida misma entregada a su pueblo, a su reino.

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3 respuestas a La luz del alba

  1. YJRivas dijo:

    Un bello cuento. Me encantó leerlo acompañado de una taza de café.

  2. Jorge Vázquez Machuca dijo:

    Me gustó mucho tu cuento. Tienes una forma muy elegante de inventar adjetivos que le dan lucidez a la oración, al mismo texto. Y la historia es muy entretenida, te mete al relato.

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