La nación del olvido

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El frío se hacinaba tras las manchadas cortinas blancas, un murmullo lejano invadía el fresco del abandono absoluto, el mutismo caminaba a tientas, consumido en los ojos despedidos, en una rabia ciega que clamaba por salir a flote, por sofocar en un repentino acto de violencia. Las alas negras se batían en un incesante baile de noche, los ojos se escondían en la penumbra, en la oscuridad incierta, en un duelo infinito, en la lucha implacable de miles de palabras.

Las madres lloraban a cuestas, con las lágrimas a medio correr, con las tristes despedidas grabadas en sus pechos frágiles, ¿volverían a encontrarse? No existía la certeza para ello. Aquel pueblo, masacrado por la avariciada y la sed de poder de un hombre inculto, llevó al abismo a cuanta gente consideraba merecer una vida mejor, algo justo y verdaderamente bueno, algunos los consideraban ambiciosos, ellos creían conocer un destino mejor para sus sueños muertos.

Las tierras blancas eran barridas por la peor de las desgracias, la indiferencia humana. Acostumbrados a la desidia y a los vagos discursos políticos, el pueblo se obligó a convivir con las lenguas amarradas, con el temor a quejarse, a hablar y expresarse. Mientras unos morían de enfermedades cuyas causas representaban un misterio absoluto, otros eran masacrados solo para arrebatarles las escasas pertenencias que poseían, y así, días tras día, se consumían en el silencio, en palabras mudas, en acciones insuficientes, adaptándose a la muerte que tarde o temprano, igual llegaría.

Allí donde fuego ardía con suficiente pereza, se ahogaban las lágrimas arrepentidas que sus ojos anhelaban derramar, las verdades la rodeaban aferradas a una cadena perpetua. Los gritos resonaban en torno a Medea, quien, acostumbrada a la pelea, se empeñaba en guardar silencio. Su voz se sumía en un recóndito mutismo, en un pozo hueco que asemejaba un infierno, en el rotundo destino que se obligaba a vivir sin falta cada día. La pesadilla la seguía  a espaldas, no importaba el camino o la decisión que tomara, aquel cruel designio, se aferraba con fuerza a sus pies, sin dejarla un segundo en paz.

Los halos violetas se acomodaban en silencio sumidos en la penumbra, en un abismo infinito, en miles de susurros agotados exclamados al viento. Su lucha incansable por librarse de la insoportable prisión, la obligaban a permanecer en una falsa calma, en una fosa rotunda acariciando los sueños perecederos que sus ojos pretendían hallar. La luna colgaba en lo alto del firmamento, como un enorme circulo de luz, como el punto final al que  esperaba llegar.

Con la llegada del amanecer, Durmont, el terrible captor, obligaba a descender el calor, dejándola a merced de la poca piedad que el maligno hechicero se empecinaba en ofrecer. La oscuridad absoluta reinaba sobre los prados de la noche, el castillo de niebla se sumergía en un retumbar de gritos feroces, en un siseo constante, en el miedo inaudito de miles de hombres. Medea se revolvía en su infierno, en ese oscuro secreto que sus labios guardaban con celoso rigor, sabía que podría huir, alcanzaría a escapar de los pavorosos prados, encontraría nuevamente esa luz guía que habría de sacarla de tantas años de prisión.

La llegada del rayo anunciaba el final de una era, los dragones de plata sacudían sus alas de un descanso eterno, su llanto se alzaba como una inclemente tormenta, como anunciado la nueva guerra. En tanto que Durmont, se convencía de su riña, de las altas y gloriosas fortificaciones de su imperio, con Medea en su poder, se aseguraba el terreno ganado, pues aunque ella no lo sabía, era la única capaz de envolver con su canto el fuego que arrasaría con el cielo de los mundos.

El murmullo se extendía a lo largo del poderoso imperio, un golpeteo abrió de súbito las puertas de la prisión, Medea, cansada y poco acostumbrada a la claridad, se puso en pie con dificultad, las rodillas le temblaban mientras agachaba la cabeza para no pegar de las rocas salientes del techo. Su belleza se había convertido en un apagado rumor, ahora, las claras marcas del encierro, evidenciaban los maltratos y las duras penas que había sufrido.

Durmont se plantó ante ella con una fría sonrisa de hiel dibujada en los labios, ella, quien antes era una princesa, lo miró altivamente consumida en el silencio, como recordaba a su padre le hacía al ver a un viejo enemigo. Ella lo veía de frente, con curiosidad y no con miedo, con la mirada inquisitiva, con preguntas a medio formular en sus finos labios ¿por qué les tocaba vivir en esa miseria? ¿Por qué había visto a miles partir y por temor a ser una cobarde se condenó al olvido? La repuesta brotó efímeramente ante sus ojos, porque iba a ser una reina, y en el mundo que habitaba, no se le permitía tomar decisiones fáciles como a tantos otros sí.

Afuera, el humo alcanzaba los nublados cielos, el mundo se consumía en un precipicio sin final, en un mar de muerte, del declive absoluto de hombres y mujeres.

-Hagan que la vistan – Ordenó Durmont con un gesto de rabia – que luzca decente, ya están por llegar.

Medea desconocía de quién o para qué debía arreglarse, no opuso resistencia y de buena gana se dejó guiar por los sirvientes, sabía que la resistencia solo atraería golpes y maldiciones. El agua tibia acarició su piel como la seda, en un recuerdo sutil de su infancia y los buenos tiempos al lado de su familia, ahora solo recibía maltratos y de cuanto en cuanto, un poco de agua y pan rancio…

Dio vuelta sorprendida tras encontrar su reflejo en un alto espejo de discos de bronce, no imaginaba que el tiempo hubiese deteriorado tanto su salud, que aún con vestido ancho y faldas violetas, era evidente su excesiva pérdida de peso, las medias lunas sombreadas bajo sus ojos, sus labios resecos ansiosos de agua. Durmont se sintió complacido solo con verla, sus planes iban a petición y por lo tanto, sentía que no había nada de qué preocuparse.

Entraron a una sala de techo alto, los pisos de mármol consumían el eco de sus pasos, al final, una saliente con un entramado de madera se recortaba sobre una sima. Miles de rostros ciegos observaban en silencio, ella caminó a paso ligero sin entender lo que ocurría.

-Bienvenidos todos – finalmente anunció la voz de Durmont – henos aquí, preparados para cumplir con la paz de nuestra legión, para hincar la rodilla por el imperio… he aquí nuestra salvación – hizo una leve reverencia hacia Medea, luego retrocedió y continuó – que comience el sacrificio…

Sus manos fueron atadas mientras la colgaban de un altar, a lo lejos el batir de miles de alas negras se aproximaron en un ir y venir desprevenido. Medea no conseguía librarse, el sol calentó, y una llamarada de fuego rozó sus pies, el humo la envolvió en una bruma celeste, en el fragor de miles de halos dorados, sus manos se soltaron. Una espada colgaba inerte de un lado, la tomó, sabía lo que debía hacer, sentenciar el mal rotundo que durante décadas afligía a su pueblo, tomar justicia por sus propios medios. Se abalanzó con una fuerza desconocida a ella, el arma dio justo al blanco, al calcinado corazón de Durmont, quien, poco a poco se convirtió en vagas cenizas, mientras el sol volvía a levantar, llenando nuevamente de luz aquellas tierras consumidas.

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