Intento efímero

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El calor de la noche giraba en torno a las viejas ventanas rotas, el viento soplaba con áspera pereza, obligado a cantar a oscuras, bajo la penumbra incierta. Miles de pensamientos rotos acudían a su cansada cabeza, en el ir y venir de tantos aconteceres, en el retumbar lejano de un corazón roto, Fernando, herido en lo profundo de su alma, veía pintarse  en el cielo nocturno, las tenues estrellas al fragor de un ocaso perdido.

Las ansias desesperadas se aferraban con ímpetu a sus manos anchas, intentaba conservar la poca calma que le quedaba, en una fallida pretensión, casi podría jurar que ella no llegaría, debía prepararse, hacer uso de razón y conservar la mente fría. Observaba con desesperación el péndulo sobre la pared chamuscada, la niebla poco a poco comenzaba a disipar, en el entramado de callejuelas estrechas, una figura negra se recortaba, con paso ligero avanzaba a la luz de la luna, blanquecina y marmolea, febril bajo el efecto de la emoción que en su pecho no alcanzaba a contener. De ser ella, correría a su encuentro, la rodearía con sus brazos, jurando conservarla entre suspiros eternos.

La respiración lenta y pausada se cortó al acto, tres golpes rápidos y uno un poco más quedo resonaron contra la puerta de madera. Abrió con el pecho cabalgando a cuestas, ella se dibujó etérea y perfecta, dejando caer la pesada capa gris sobre la madera seca. Ana llevaba el cabello revuelto bajo el peso del sombrero, un vestido de seda violeta con mangas anchas en brocados dorados, sus ojos brillaban en la terrible penumbra, atizados por un fuego celeste, su boca sonreía tímidamente, como la primera vez, como esa noche adorada que se negaba a enterrar en el lejano pasado.

Por un instante soñado volvía a evocarla frente a sí, en un intento efímero por rozar los rizos de su cabello, Ana se apartó, su mirada reflejaba el miedo de una lucha de amenazas, sus labios rosa pintaron una mueca de disgusto, de un terror arraigado que tan fácilmente no podía dejar atrás. Los compromisos la mantenían atadas, él no era más que un simple guerrero de inmensa habilidad con la espada, un fiel servidor de su majestad recluido a las guerras violentas que se desataban en el norte. Ana se había acostumbrado a los secretos de la corte, al peso de las palabras sobre el de las armas, a las intrigas, a las voces mudas que acechaban en los pasillos sordos. Era una víctima de la avaricia, un legado roto de un padre hostil capaz de venderla por áridas tierras.

-He venido a deciros que debéis marcharos – anunció ella con la firmeza de su voz musical – el rey a puesto vigilancia en mi antecámara, sospecha de falsos movimientos a los que la corte obliga a seguirme cada paso… – tembló bajó el elegante ropaje – no puedo continuar, temo tanto por usted, si lo descubren sería un terrible final…

Fernando la silenció con un dedo, no podía permitirse ser débil, Ana necesitaba de fuerza, de su alta capacidad para representarla ante la inminente amenaza. Por primera vez volvía a verla indefensa, como una criatura de perfecta belleza a la que con absoluta necedad debía proteger, y ese era su mal, su condena y probablemente la sentencia de un final.

La noche del baile de coronación, tras recibir la invitación, se obligó a asistir al palacio, quería ser participe y testigo de la belleza de esa desconocida princesa traída de tierras nevadas, sin imaginar si quiera el repentino giro, asistió con la lozanía de sus años y la bondad de su rostro a un festín que lo llevaría a la inevitable perdición. Tras las primeras danzas, el repulsivo rey tomó el trono junto a la dama, un trozo de cielo engalanado por sedas de oro y fuego, la criatura, no era nada de lo que imaginaba, era una belleza inmortal, pintada con los finos versos de un poeta, nacida de luna, del sol, de la seducción misma, de la espuma del mar, con una piel volátil, de rasgos perfectos… fue así como Fernando, sin saberlo,  se aproximaba a un pozo sin fondo, al abismo infernal.

Bajo el conjuro de la noche, se atrevió, casi sin pensar, a invitar a un baile a la nueva reina, en una mágica e inigualable ocasión, bajo los ojos de cientos de curiosos, Ana se sujetó a sus brazos ligeros en un compás rápido que casi sin notarlo, aceleró su pecho. Desde que sus manos tocaron las de ella, tuvo la certeza de que era capaz de desatar una guerra por conquistar aquel tibio corazón.

No fueron muchos los esfuerzos que realizó, Ana, de carácter dulce y amable, pronto sucumbió ante los innegables encantos de un simple guardia, y sin mayor conocimiento, las risas se volvieron frecuentes e insistentes entre ambos.

El rey no era ciego ante la clara felicidad de su esposa, y las preferencias que esta tenía con su nuevo favorito. Tras albergar sus sospechas, envió a este al extranjero, con la intención de que ese amor pasajero quedara enterrado en el olvido del pasado.

Ana, conmovida y asustada por la situación, decidió apegarse a las exigencias del rey, quien, tras mucho insistir, optó por amenazarle con una muerte lenta sino mantenía distancia de su amante. La reina se obligó al absoluto silencio, no respondía sus cartas ni sus súplicas, sabía que una palabra en vano podría sentenciarlo, y tras el amor que le profesaba, se guardó de provocar la furia de su esposo.

Muchos intentos fueron los de él, quien, al borde de la desesperación esperaba cada noche junto al muelle bajo la linterna dorada, allí, sus pensamientos sucumbían al dolor, a un síntoma de esos que afligían el alma sin cesar.

Los meses duros y crueles obligaron a Fernando a volver, no apreciaba vida sin encontrar a Ana, no hallaba consuelo que aliviara el terrible dolor que le invadía. Ahora, verla allí, llena de temple y valor, lo conmovía en el alma.

-Huye conmigo, os prometo la vida entera – suplicó acariciando sus manos – no puedo continuar sin vuestros labios, sin sentir el calor de vuestra piel … – su voz desesperada la hizo titubear, lo soltó reafirmando la razón de su encuentro.

Él no podía recibir una negativa, sabía que era la reina, que sufriría las consecuencias, pero no imaginaba un día más alejado, procesado a la indiferencia, al retiro de su amor.

-No insistas por favor – suplico ella con u hilo de voz.

-Insisto porque os amo, os adoro desde que observé la luz reflejada en esos ojos de mar, desde que mis manos acariciaron las suyas, desde esas promesas rogadas al calor de la noche. No me neguéis vuestro amor, sé que soy yo quien lo merece, a quien lo profesas.

Ana, contrariada, retiró la vista de él, cómo podía rechazarle cuando su corazón aferraba las mismas penas, cómo podía sentenciarlo cuando su alma gritaba ansiosamente un encuentro apacible a su lado. No podía negarle su amor, no podía desterrarlo para siempre, obligarse a soportar la frialdad de un rey ególatra…

Dio un paso asustada, con las manos temblando sujetó las de él, volvía a sentir el aroma de su cándida piel, volvía a la vida tras una muerte lenta que había durado una eternidad. No imaginaba negarse el placer de su compañía, no concebía otro instante adorado que aquel que se permitía. Sin quererlo, sus labios se tocaron en un dulce beso, en la magia pura de sus sentimientos, en un segundo efímero del que sin lugar a dudas pagarían las consecuencias… Ya nada importaba, se entregaba en el alma a aquel a quien pertenecía, al único capaz de ganar esos suspiros de cielo, ya más tarde se entregarían al precio de la traición concebida.

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Una respuesta a Intento efímero

  1. YJRivas dijo:

    Siempre llenándonos de fantasía y buenas historias, por eso, me da gusto haberte nominado a un esplendido premio de la blogósfera, puedes leerlo aquí http://yjrivas.wordpress.com/2014/09/23/nuestro-primer-ano/

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