La ciudad de los muertos

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El sol, imperturbable y ajeno, derrochaba la luz celeste sobre las tibias aguas del océano lejano, tiñendo de turquesa el horizonte, retratado en los oscuros ojos de un amanecer lento, cubierto por una espesa capa de niebla que se negaba a disiparse en el olvido, ungiendo los tristes corazones,  un pesar rotundo arraigado en el alma envenenada de un pueblo adusto.

La ciudad de los muertos eran las tierras áridas de la omisión, la nación de las tristezas proclamadas, un lugar rotundo que parecía sumido a la desgracia, al horror. La cotidianidad acostumbrada, se resumía a tantas despedidas vacías que a nadie le sorprendía el verse reducidos a una minoría escasa, las familias asomaban lágrimas de tristeza y alegría, de dolor y alivio, el ver partir a sus seres queridos se convertía en una triste alegría, en el acontecer diario, donde la temática de sus conversaciones siempre rondaba ante la temida palabra de huir.

El consumido país, no admiraba otra realidad certera que las sombras en las se sumían sin la esperanza de una vista próxima al entrañable gozo. Tantos se habían ido ya, y tantos otros se debatían entre un boleto sin regreso o una vida sin oportunidades. Gea, reducida a la etérea tristeza, tomaba por opción un par de baúles en los que metía su vida, el pasado y las risas cabían con tanta facilidad, que casi se sorprendía de no tener mucho que llevar, con las ganas de respirar libertad le bastaba, con las ansias de probar el destino que la crueldad humana le había arrebatado era suficiente.

Su corazón se agitaba con el entusiasmo de lo desconocido, al tiempo que el ímpetu le flaqueaba en los labios, ya no tenía la firmeza de hacía meses, comenzaban a mermar sus fuerzas, entre tantas despedidas ajenas ya no lograba encontrar el júbilo de sus decisiones. Ahora llegaba su turno, se convertía en una pieza rota de una nación moribunda, era el futuro de un país, la esperanza de padres y abuelos, que finalmente, se decidía a marchar con el temor a lo desconocido.

Sus deseos ofuscaban a las costumbres obtusas impuestas por reyes opresivos, la libertad se postraba ante las palabras absurdas del poder, un poder vacío y autoimpuesto, nacido de la codicia, alimentado por el odio, arraigado en las mentes pobres que habitaban el triste país.

Muchos imaginaban que la salida más fácil era marcharse, incluso lo proclamaban a voces, acusando a quienes se iban de traidores sin patria, sin siquiera ver más allá, mirar sus almas, sus ojos, esa esperanza rota que se asomaba en sus pechos. Era imposible detenerse a admirar cuantas madres destrozadas veían a sus hijos partir sin la certeza de volver a verse prontamente. No imaginaban siquiera, que aunque corrían lejos de allí, una parte de ellos siempre permanecía al lado de aquellos a quienes tanto amaban, a quienes sin la menor extrañarían y les harían falta.

El muelle destrozado se dibujaba a la distancia, Gea caminaba con la  cabeza gacha, ahogada en pensamientos y recuerdos afligidos, no podía dejar de perpetuar cuantas veces había pasado por allí, cuantas parejas había visto regalándose un último beso, cuantos padres lloraban a lágrima viva el desprenderse de sus amados hijos. Era duro el verse juzgado por miles de ojos repletos de ignorancia, sin una pizca de humanidad, sin respeto por el dolor ajeno, por la tragedia que día tras día tocaba una nueva puerta.

Los caballos disminuyeron el paso, se acercaba el inminente final, ese fatídico instante en el que diría “Adiós, los quiero”, ese momento al que tanto temía. Sintió que iba a desvanecerse, que ya no podría bajar, no tenía la seguridad de antes, no concebía dejar todo y no detenerse a mirar atrás. Se consumía en la desesperación, en un instante fugaz en el que ya no resultaba la elección más sabia o certera. Cuantas cosas ahogaba en el olvido, en el hasta pronto sin regreso, cuantas cosas podía conservar de esa vida vieja…

Las piernas le fallaron cuando intentó ponerse en pie, el barco aguardaba mientras otros jóvenes ahogaban la pena en llanto, sus padres le tendieron la mano y ella bajó, ¿Dónde se escondía su determinación en aquel momento? Probablemente en el amor ciego que sentía por su familia, en la desesperación de no verlos cada mañana, en ese vacío que colgaba de su cabeza tras decir adiós a su vida. Era un miedo apremiante el que acompasaba sus movimientos, el no saberse ya parte de su familia, el no acompañarlos y darles fuerzas cada cuanto ellos lo necesitaran. Como en un cuento triste, sus pasos no eran dados por algo que escogiera entre miles de opciones, su vida, se reducía a dos y ya sabía por dónde debía andar, por triste que fuera ya no podía retroceder.

Las debilidades de un pueblo convertían a los valientes en héroes, a pesar de las duras condiciones, Gea no podía negarse una rotunda verdad, y era, que con todo el mal y daño que gente perniciosa había causado a su país, no conseguía ocultar o borrar el amor nato que sentía por sus raíces, por ese lugar destruido en el que alguna vez fue feliz, por esas calles en las que creció, por esa escuela en la que se formó, por cada momento inigualable vivido en la derrota de sus sueños.

Así se sentía irse, tantas veces había preguntado o imaginado cómo se sentirían, y ahora lo vivía en carne. No podía negarse el derecho de llorar, de ser débil por una vez, de extrañar ese pedazo de su ser que dejaba en las cuatro paredes entre las que vivió, de adorar a cada una de las personas que hasta entonces, formaban parte de su historia. Entonces, comprendió con dolor, cuanto dejaban aquellos que se iban, a cuanto renunciaban los idealistas que buscaban materializar sus sueños.

Secó sus lágrimas, dejó sentir los besos de su madre, los abrazos de su padre, observó a su hermano, tan joven, consumido por la confusión, por sus ojos rondaban las ideas de seguir sus pasos y los miedos a fracasar. Debía decir algo, susurrar unas palabras, no dejar colgando un silencio feroz entre ellos, no lo hizo, ya no había nada que decir o prometer, volverían a verse, cada uno vencería su lucha interior por alcanzar esa paz robada, esos instantes de vida feliz que las manos del resentimiento le habían arrebatado.

Ella deseaba sentir odio, un odio arraigado que se afianzara en su pecho, pero no podía, cada vez que intentaba odiar a esos reyes atroces, se topaba con un muro de tristeza, con un rostro sombrío obligado a insistir que siguiera adelante por su bien.

El barco aguardaba con muchos otros que como ella, huían a un camino de paz y libertad, cada uno batallaba con su tormenta interna, cada uno buscaba contener el sufrimiento que sin querer, sentían en ese momento.

La nostalgia rondaban por los rostros jóvenes de los valientes, por luchadores que sin importar la adversidad, se lanzaban a aguas desconocidas, aguardaban su aventura, sin dejar de sentir la pena que como tantos otros debían ignorar.

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