El lago de los espejos

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Las nubes grises se agolpaban en torno a la enorme cúspide rocosa, los gritos de horror se ahogaban en el llanto nocturno de la perdición, mientras un amortiguado silencio convivía en la paz disoluta que hacía años no se veía.

Los halos dorados se percibían en la lejana distancia, un camino recortado por el que nadie transitaba acallaba las penas de las dulces almas, de aquellos olvidados obligados a vivir bajo el duro abismo de la adversidad. Sucumbiendo a las condenas disolutas, los aguerridos soldados ya no llevaban las espadas al cinto, los escudos bruñidos se secaban al sol en un efímero intento por recuperar la gloria dormida, en tanto que, los recuerdos antiguos, acosaban al ejército perdido como una historia de farsa, en la que ninguno obtenía el bien merecido.

Darío, joven de inteligencia audaz, acariciaba el viejo puñal oxidado, sus ojos divagaban en el pasado, en un instante atroz de su vida en el que lo perdió todo. Como tantos otros, había marchado a los campamentos del sur, con las promesas de hazañas y una gloria eterna, se forjó un camino de valentía. Ató el cinto y cogió las armas, sin una despedida siquiera, salió a perseguir las tiernas palabras que conmovieron su duro corazón.

Aquel regimiento avanzó por los terribles males de la noche, perseguidos a las sombras, batallados a la luz, no concebían oportunidad de descanso más que leves instantes de indignación. Darío comprendió lo suicida de la misión, su pecho se hinchaba de cólera al notar las imposibilidades que le acechaban, mientras que el emperador, movido por el ímpetu y las ansias de conquistar otras tierras, los sentenció a una muerte terrible, a un recuerdo tenue que pocos alcanzarían a esperar. Todo el castigo era merecido, solo para que su señor se ganara el amor de una dama. Sin otra oportunidad que la de sucumbir a la desgracia, Darío tomó las riendas, el egoísmo y las ganas de vivir eran el impulso que mantenía su cuerpo en movimiento, el ver a tantos hombres con la mínima esperanza de volver a sus hogares, lo obligaba  a luchar por hacerles conservar ese pedazo de vida por el que tanto rogaban. Encontraría a Galatea, la llevaría al palacio del emperador y cobraría por sus acciones más que una buena bolsa de monedas doradas.

La codicia de un rey, movía el cielo y la tierra por contemplar ese bien tan deseado, por un anhelo apreciado de concebir a esa ilustre reina, que le garantizaba el final de una guerra.

El lago de los espejos era el destino al que ansiaban llegar. Ese lugar prometido de claridad donde podrían tomar el descanso y volver a andar. Darío se convencía de andar por el camino correcto, de caminar a cuestas hasta alcanzar ese pequeño paraíso.

 La luz del atardecer acompañaba su melodiosa visión, ese mar de azules mezclándose en las profundidades de su pecho, finalmente llegaban en busca de la reina, esa mujer ofrecida que acabaría con las sombras de un reino en quiebra.

El palacio de las nieves se alzaba sobre un montículo de hierba dorada, fueron recibidos por guardias de armaduras inmaculadas que brillaban bajo los fríos rayos del sol, el príncipe, hombre ilustre de modales exquisitos, les atendió brindando sus mejores habitaciones, asomando la vaga promesa de que su hija estaría lista para la partida con la caída de la noche.

No esperaron en vano  recordando las penurias sufridas para llegar hasta allí, Galatea se presentó enfundada en un traje de estrellas, sus largos cabellos negros resplandecían como la noche del verano, ahogando susurros ingratos, invitando a detenerse a mirarlo. Sus ojos, puros y delineados por finas líneas de oro, sonreían cálidamente, conteniendo las bellezas del ocaso, llevando la inmortalidad a esos trazos. Darío no podía por menos que sentirse embelesado, una diosa se presentaba ante él jurando desposar al señor de sus tierras.

Galatea era una mujer de temple, conservaba los rasgos lozanos de la juventud, y ese dulce espíritu de guerrera que precedía a sus gentes, no podía por menos sentirse halagado ante tan difícil misión, por mucho que se considerara imposible, se hallaba ante el final de sus problemas. Sus fuerzas se doblegaban ante las ecuánimes palabras de ella, quien, movida por el sentimiento de justicia se apresuro a atar las cadenas que la llevarían a la condena de desposar a un terrible desconocido.

Así la marcha se reanudó, no sin el llanto de miles de hombres y mujeres que se reunían a despedir a su reina, en tanto que ella, sin bajar la cabeza, prometió el bien a su demacrado pueblo, a las gentes olvidadas por una sociedad de esclavos. Abandonaron el lago de los espejos sumidos en las sombras, con la terrible sensación de un mal implacable acechando las filas.

Darío acompañaba a la joven reina, intentaba mantenerla cómoda y fresca en un camino de atrocidades y falsas tormentas.

-¿No deseáis un poco de vino? – sugirió poco después de cenar pobremente junto a la bella doncella.

-¿Por qué hacéis esto? – Inquirió la princesa con una fina línea de curiosidad cruzando por su terso semblante – soy vuestra prisionera y nada más, no debe mantener ningún trato conmigo.

A Darío le sorprendía su reflexión, intentaba mantenerla a gusto aunque luego le esperara un dolor insufrible. Además, Galatea no era como ninguna otra princesa, a pesar de su fragilidad exterior, y los decorosos modales, la fortaleza de su mirada invitaba a admirar el talle de valentía que movía su cuerpo.

-Os desposaréis con un emperador, mi tarea es mantenerla con buena salud…

Galatea se abandonaba a sus silenciosos pensamientos, intuía el sufrimiento que la castigaba, que la mantendría en una sombra rotunda abandonada a su suerte.

-Jamás pensé que este sería el destino de mis gentes – confesó una tarde calurosa mientras Darío llevaba las riendas de la mula – que me doblegaría a las órdenes de otros para conservar la paz… un bien tan sobrevalorado en nuestros tiempos que cuesta creer que es real. La justicia parece no tener luz en días de oscuridad.

Aquellas palabras se marcaban con fuego en su pecho, en un intento desbocado por comprender la grandeza de ella, el sacrificio que realizaba y la vida a la que renunciaba. Aun así su expresión se mantenía fija en el horizonte, no decaía ni se dejaba vencer por la desgracia que la ahogaba. Él, sentía el inmenso deber de ayudar, de devolverla a sus aires, a ese lugar sagrado del que fue arrebatada. Pero entonces la guerra sería fatal, se arrasarían los pueblos y las aldeas, los hombres y mujeres morirían en un último intento por defenderse, y al final, Galatea no resistiría el dolor por no haberse entregado tal y como se le pedía.

¿Qué tanto valía el deseo de un rey? ¿Por qué unos se sacrificaban mientras otros decidían oprimir? Darío no lo sabía, no entendía los terribles designios que se entregaban ante hombres como él. Simplemente tomó las riendas y dejó que la vida corriera su curso, Galatea se perdió en las arenas, entre nubes de polvo, entre deseos ingratos de libertad, navegó en la frescura del día,  en los anhelos arrebatados… Y él, aunque cometiendo tal vez un error, volvía a sentir la dicha de hacer el bien, de no sucumbir ante deseos ajenos, y por una vez escuchar a su corazón.

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