Velorio

8775d0b6a09f86296f2a97f4b7b6a977 (1)

Las botellas resonaban en luto bajo el pastoso silencio del olvido, las gargantas secas clamaban a gritos una gota del delicioso licor, ese que calmaba el alma y barría las penas, aquel que las tristes miradas abatidas añoraban bajo el inquebrantable peso de lo indebido. Todos permanecían enmudecidos, con los ojos rotos por el fuego, con las palabras atragantadas, por el deber mantenerse callado ante lo ocurrido.

Afuera la lluvia corría, con furia y el temple del ayer, era uno de esos días agotadores que solían frecuentar el destruido palacete negro, allí, donde todos se miraban, un pensamiento llegaba a extenderse hasta las cansadas manos de María, era un funeral triste,  remoto y casi imaginado, nadie solía presentarse tan voluntariamente ante la trágica muerte de un pariente. Sin embargo, allí estaban todos, ninguno sentía pena, ninguno se atrevía a mediar discurso, ninguno se acercaba a la fría urna que albergaba el final de una vida.

María observaba a sus hermanos con pesar, estos, ni por casualidad le pasaban de cerca, no se inmutaban a levantarse de los grises sillones acolchados, ella los veía con la garganta seca, con el corazón cabalgando en el pecho, sentía el dolor de meses arrastrados. ¿Por qué todos asistían al funeral si no sentían más que una absurda obligación? Sentía la muerte instalada en el cuerpo de la enferma, como una niebla negra que se extendía a lo lejos, era un fantasma apaciguado, recluido a la nada, sentenciada al silencio perpetuo de sus ideas. En el estante de barra plateada, descansaban los gastados tomos de su vida, esos de páginas doradas que albergaban la gloria que una vez sus ojos ansiaron conocer, cuando la luz brillaba y su presencia solía ser algo más que mero aire diluido en el trágico viento del atardecer, entonces ahora, se perdía en la nada, en dolor y en un pasado remoto que pocos anhelaban ver.

Las lágrimas no asomaban en aquellos rostros adustos, el pesar no acudía a sus mancillados corazones de cristal, María no era más que un vil recuerdo arrojado al infierno del olvido, uno que se apagaba como el fuego. Ella se había preparado para el momento, llevaba el sobrio vestido de raso negro que alguna vez le sentó muy bien, el ralo cabello gris en trenza le caía a lo largo de la espalda, sus mejillas no podían ocultar la tragedia de los años, las arrugas recordaban el suave viento que alguna vez acarició su tersa y juvenil piel.

Darío se llevaba las manos a la cabeza una y otra vez, el nerviosismo terco manifestaba en el ir y venir de la bota contra el mueble, María le besó la mejilla, ya nada lo hacía conservar la calma, entonces se puso en pie y observó a los presentes como viles títeres envejecidos, reunidos allí a la fuerza, en una amarga despedida que ninguno se intentaba  manifestar.

-¿Por qué habéis venido? – inquirió con la voz rota, sus ojos inyectados en fuego reclamaban una respuesta lógica.

-Supongo que por ella – dijo el mayor de los hermanos señalando el féretro abandonado – aunque no desee admitirlo era una parte de nuestra rota familia.

Todos asintieron aprobando la fría réplica, era una familia sí, pero pocas situaciones justificaban el desdén y la burla que se dibujaba en sus rostros pálidos. María sintió un pinchazo de dolor, su cuerpo se oprimía bajo la pena de palabras tan tristes, ¿Sería su muerte tan trágica como aquella? No tenía manera de saberlo, al menos esperaba no presenciar la decidía que se aglomeraba en torno a quienes consideraba sus seres queridos.

-¿Cuánto ha de durar esto? – Preguntó Darío con desconcierto – me cuesta creer que sus corazones de hielo sean incapaces de albergar amor o al menos un toque de tristeza…

Ninguno levantó la vista, incluso él no podía creer lo que estaba diciendo. Los años barrían con la juventud de sus vidas, con momentos efímeros que ya no ansiaban recordar, ahora la muerte se extendía, como un mal profundo, como una inequívoca realidad de lo que estaba por pasar.

-En algún momento todos estaremos allí – respondió otro – recluidos al entierro, a formar parte de la tierra, no hay nada que lamentar – se puso en pie y tomó el abrigo – buscó un destino fatal, el encierro acabó por robarle la vitalidad y condenarla a terribles años postrada en una cama…

-Yo también he estado enferma – replicó María furiosa con dolor en los pulmones, no quería escuchar semejante crueldad, estaba condenada de igual forma, pero se negaba a creer que la muerte próxima le alcanzaría.

Ninguno replicó, no tenían palabras para enfrentarse a ella, Darío se acercó al podio, allí donde ella descansaba tendida en un lecho de amapolas, esas que tanto le gustaban, su rostro develaba la culpa, hacía mucho que no se acercaba, hacía tanto que no mediaban palabra, ahora la condena fatal llegaba y nada podía posponerla. En sus ojos se liberaron las lágrimas, esas contenidas cada amanecer, volvían ahora bajo la lluvia.

La campana de la iglesia replicó, la medianoche llegaba, y con ella el final de la amarga reunión. Todos se miraron por última vez, cabizbajos y ansiosos por marcharse, tomaron sus escasas pertenencias y uno a uno se marchó sin volver la vista atrás. Darío la observó a través del cristal.

-Lo siento – susurró con el alma a los pies – siento no haber venido antes, siento ser partícipe de tus pesados párpados cerrado ante la eternidad, siempre quise quererte más, y al menos me llevó el consuelo de que no has sido testigo del desafecto de vuestra trágica estirpe.

María lo miraba con curiosidad, el dolor en los huesos había desaparecido, ya no sentía ese pinchazo constante que le atenazaba en el pecho, entonces, también quiso despedirse, subió con ligereza cada peldaño, esos que otrora le costaban tanto, ahora su cuerpo era ágil,  podía andar sin ayuda del endemoniado bastón. Secó las lágrimas de su pequeño hermano, de su querido Darío, observó el cajón, y allí, cual espejo, se hallaba tendida con el hermoso vestido de raso negro, el cabello en trenza y el rostro marchito. Asistía a su propia despedida, y sin lugar para la sorpresa, murmuró un tenue te quiero alejándose, decidida a perderse en los recuerdos, aquellos que no hurgarían en la memoria de sus hermanos, ya nadie la escuchaba, ya nadie la miraba, se iba con la amarga vista del adiós. Se iba en la negrura de la vida, llevando consigo la tragedia y el horror del rencor.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Velorio

  1. Pingback: Velorio | yofumoenpipa

  2. rodoreda dijo:

    Profunda escena y manera de narrarla excelente. ¡Qué fuerza tienen María y Darío en el relato! Espero nunca encontrarme en esa situación de rencor. ¡Felicidades!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s