El incierto camino del ayer

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Las palabras rotas se agolpan en el pecho desnudo de la diosa que se posaba en el silencio, sus lágrimas eran barridas por un viento gris, lúgubre y cansino, ese que frecuentaba los días fríos, repletos de oscuridad, de la sobria realidad marginada que solía volverse difusa y escasa.

El papel en blanco la miraba desde la pálida superficie de madera, allí donde la llama no iluminaba más que el trazo fino y corto de las tenues palabras, esas que aún no rozaban la hoja, esas que no nacían en medio de la negrura absoluta. Una mano fina y sutil sostenía la pluma delgada, la tinta se consumía en el silencio, en la tragedia del fracaso, de lo jamás dicho.

El tictac del reloj ahogaba en un suplicio infinito las largas horas tendida al albor de la noche, una noche larga y tediosa, de esas que parecen no acabar nunca, de esas que te engullen los sentidos hasta dejarte extenuado con la primera luz del día.

Annelie se puso en pie casi de un salto, la caldera chirriaba y la chimenea chispaba, se alisó el raso vestido negro al tiempo que se quitaba el cabello del rostro, sus ojos cansados divagaban en la penumbra, en la negrura marchita que ahora simulaba ser su hogar, en ese llanto oscuro que no se atrevía  mirar.

Sus pies parecían ligeros al tiempo que daba pasos lentos por toda la estancia vacía, ese lugar inhóspito al que recluía, en el que las voces se apagaban hasta convertirse en leve murmullo de las noches sin luna. Nunca  esperaba a nadie, no osarían llegar tan tarde, menos temiendo aún a su trágico carácter, se volvía silenciosa, metódica, casi una esclava del papel, de ese endemoniado trozo blanco que la observaba impunemente desde la mesa de madera, las contradicciones de su cabeza volvían al acecho, atacando como fieras, dando en un blanco ciego, sumergiéndola en las tinieblas. La contradicción entre extrañar y sentirse libre la atacaba cada tarde al declinar el sol, la seguía durante el día, por las noches y asediaba con cada nuevo amanecer, siempre atrayendo a un ineludible y consecuente dolor.

Tomó la pluma con mano temblorosa, leyendo su corazón, volviendo la vista atrás, esperando que una vez por todas las frases surgieran, pero cuando creía obtener un sutil beneficio, cuando imaginaba que sus manos rozarían aquella ajada superficie, cuando tenía tanto por decir, simplemente no surgía nada, se mantenía el limpio papel blanco abandonado a las llamas del fuego doliente.

Estaba decidida a recluirse en la espesura de un bosque maldito hasta el final de sus días, que la inmutable soledad la consumiera en medio de sus confrontaciones internas, absorta en miedos, en la desconfianza, en un temor inexistente, que sin embargo, la perseguía. Alguien llamó a la puerta, el sobresalto acudió a su pecho resquebrajado, ese que le dolía tanto, quiso preguntar pero la voz no salía de su garganta, se encontraba retenida, escondida en el fondo de su alma.

Abrió la puerta con el cuerpo a punto de desfallecer, con los nervios flotando encima de su peso, con los ojos abnegados en lágrimas obsoletas. Una figura alta de cabello negro y ojos rasgados se dibujó en el umbral, pequeñas gotas de llovizna decoraban la impecable blanca que cubría sus anchos hombros, le sonrió con la complicidad del pasado, con el recuerdo ineludible que ni Annelie podía desterrar, miró repentinamente el trozo de papel conviniendo que ya nada podía empeorar, la inspiración se esfumaba con esa tibia mirada.

Un simple gesto hizo avanzar al hombre hasta el interior de la pequeña cabaña, un discurso mil veces dicho se hizo trozos en sus labios secos, ya no podría decirle nada, aquel vil cobarde osaba llegar hasta su casa, a su templo de olvido, atrayendo con su presencia mil días malditos que juraba haber enterrado en el adiós conjurado. El suelo tembló a sus pies, la valentía y el odio le abandonaban, ¿cómo podía echarlo y no sentir nada? Era desgraciada, terriblemente desgraciada, condenada al infierno por un Aquiles cruel y desalmado.

-¿Puedo tomar asiento? – inquirió él con un brillo perdido en la mirada.

Ella asintió distraída, conmovida y perdida, tenía tanto por decir, por gritarle a la cara…Guardó silencio, manteniendo la amplia brecha que se expandía entre los dos, ese hueco inmenso que separaba sus anhelados corazones. La culpa pesaba en su espalda, esa sensación molesta que con insolente frecuencia le acompañaba, pero era ella la víctima, esa pobre criatura desterrada obligada al olvido. Mantuvo silencio escuchando su suave respiración, acompañada por el rápido rugir del tictac del reloj.

Volvía a ser ella, esa dulce joven que retornaba a la vida, ¿Lo perdonaría o debía perdonarla él? No importaba, se sentía tentada a abandonarse en sus robustos brazos, esos que con tierna delicadeza la habían abrazado. Pero él se mantenía erguido con la mirada fija en el fuego, Annelie  intentaba recordar qué la había herido tanto, qué la había consternado hasta el punto en el que se volvía una fugitiva del mundo. Echó un vistazo en el espejo, sus ojos negros lucían cansados, extenuados por las pocas horas de sueño, sus mejillas carecían de color, y sus labios se apreciaban cuarteados por un frío inclemente.

-¿Por qué os obligas a convivir en la lejanía del mundo, recluida a la soledad y el olvido? – quiso saber Darío, el dolor estaba plasmado en su rostro, en la letanía de su mirada, en las frases rotas que le acompañaban.

Annelie  no podía responder, sus ojos viajaban en el tiempo, a ese primer encuentro, cavaban en el fracaso, en la incólume verdad de la culpa. Solo ella cargaba con la responsabilidad, aún no culminaba la carta, esa que reposaba en la larga mesa, esa que la asediaba sin trato, sin piedad.

-He pensado en la lúgubre ambición de haber perdido todo – recordaba la despedida agria que no llegó a darle su familia, su mente divagaba en imágines rotas – en esa ilusión utópica que mis ojos engañosamente mostraban, el estar aquí lo es todo, el verte ha de llevarme al declive de mi paz.

Darío se sonrojó, ella le hablaba con el dolor grabado en el rostro, con los meses sufridos deformándole la mirada. Él no podía asumir su cuota de culpa porque no la tenía, Annelie debía confiar, desatar los hilos que la mantenían presa de su cabeza.

-Si tan solo pudiese cortar la cadena que oprime mis ideas, volvería con la vista en alto… – susurró ella al borde del llanto.

Annelie era esclava de unos valores inexistentes en una sociedad falsa, una que dibujaba tristes caretas y concebía la postura superficial de la mujer en la familia, que la obligaba a vestir o actuar según patrones establecidos a lo largo del tiempo, siempre sumisas, siempre abnegadas a la palabra del hombre, complaciéndolos con alegres vestidos rosas, pero ella, por mucho que lo amara no podía redimirse a enfrentar decisiones en las que no se le permitía elegir, y si la única manera de mantenerse libre, al menos en cuerpo, era confinada a la soledad de un bosque, entonces con gusto defendería sus principios y sus creencias. Así pues, dejó marchar a Darío, con fortaleza en el pecho le miró irse, perderse en la hondonada de árboles y arbustos, para solo así poder acariciar definitivamente la igualdad y su tan anhelada libertad.

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