El espejo del olvido

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El silencio acorde se movía con ímpetu forzado en la vieja alcoba de la antigua princesa. Los muebles rotos, decorados junto al polvo, detonaban la grandeza y belleza de una mejor época, una de grandes luces doradas, de amplios vestidos, del lujo habitual con el que suelen rodearse esas personas frívolas, aquellas a las que su duro corazón les impide apreciar más allá del verdadero valor del arte y de la vida misma. Aquellos, tan sumergidos en su propia burbuja, que no consiguen visualizar qué existe detrás de su refinada compostura.

Kaiser la observaba en silencio, en un incómodo y casi premeditado silencio. Se concentraba en los suaves movimientos de sus manos, en esa metódica danza de sus dedos al acariciar su largo cabello. Disfrutaba verla a la luz de la luna, complacida y serena, reflejada en la enorme superficie de plata, en el amplio espejo que demostraba su belleza. Edelia no era una mujer como cualquiera, poseía los dones singulares de la gente perteneciente a la nobleza, de esas personas finas de buenos modales cultos, de educación forzada. Todo cuanto ella hiciera no podía por menos que estar bien, el canto, el baile, la pintura, la música… Un enorme talento marcaba aquel frágil cuerpo, un talento buscado, obligado y al final conseguido, ese que el tibio anhelo perpetuado aguarda en la plenitud del silencio.

Ella se percató de la intrépida mirada curiosa, vigilante y atenta,  no pudo menos que curvar sus labios en una media sonrisa, Kaiser la vigilaba con ojo celoso, ese que se afanaba en estudiarla, en observarla, en fijarse en sus modos, en sus sonrisas. Lo dejaba entrever su breve naturaleza, pues al ser no menos que una prisionera poco o nada podía esperar.

Las noches largas acudían al suave letargo de su insomnio. Edelia, recluida  en el  lóbrego encierro, contaba los segundos de plena libertad que durante las noches podía acariciar. Cuando la luz se extinguía, los ruidos cesaban, se permitía rozar ese anhelo libre y casi ingenuo al tocar la tersa superficie de plata, esa tan sublime que algunos se atrevían a llamar espejo… El agua engulló sus sentidos arrastrándola hasta la inconsciencia, allí donde el cielo azul cegaba sus ojos, donde el suave viento mecía su cabello, allí volvía a encontrarse. El camino se dibujaba a sus pies, el arroyo gorgoteaba, los valles le saludaban. Allí la inmensidad reducía a la nada su libertad, donde el aire volvía y resurgía, Edelia finalmente encontraba un espíritu de verdad. ¿Podía volver a ver las ciudades que hacía tanto había conocido? No lo sabía, la certeza escapaba de su pecho obligándola a volver.

No quería regresar, si tan solo el tiempo otorgara unos breves instantes más, otros pocos que le permitieran conservar ese dulce momento, esa armonía sublime que visitaba su alma.

El encierro y la esclavitud volvían a condenarla, la arrastraban hasta la maldita habitación, hasta esas cuatro paredes que cada tarde la ahogaban, al espejo colgado, a las velas titilando, parecía sumergirse en la perpetuidad de una terrible condena. Sin detenerse a pensar, tomó un puñal, y con este atenazó en el corazón del cristal. La lluvia de estrellas acristaladas cayó amargamente sobre su vida, dejándola a merced de la inesperada realidad, ya no volvería a estar condenada.

Un espasmo nervioso le recorrió el cuerpo, despertó en medio de la noche, al mirar el ancho espejo soltó un exagerado suspiro. Conservaba los pómulos altos y el largo cabello negro, la piel tersa de una porcelana costosa y exótica, los labios finos untados de rojo. Allí se alzaba ella en su maravillosa belleza, esa fina y destacada mujer que con el tiempo no perdía cualidades. La puerta se abrió, Kaiser apareció en el umbral con los ojos enrojecidos y el cabello enredado, la ropa le caía revuelta por debajo de sus rodillas mientras un charco de sangre se esparcía en la superficie de madera.

-¿Qué habéis hecho? – susurró helado, al borde de la muerte con los ojos desorbitados.

Ella lo miró confundida, con el ancho vestido blanco ensangrentado, a un lado, el espejo colgaba inerte, rasgado por la mitad, finos y turbios trozos de este, se esparcían por el suelo y parte del lecho, alcanzaba la libertad finalmente…

Edelia era la hija del mar. Nacida del hielo, acunada por el viento… Era luz y oscuridad, era ese recóndito ser del que nadie se atrevía a hablar.  ¿Cómo podía una mujer tan bells y etérea sucumbir a semejante maldición?

Los fragmentos acobijaban su interior, uno a uno, volvía a su habitual lugar, ese que les precedía, que aguardaba, que esperaba volver a verla. ¿Acaso podría renunciar a ser la mujer en el espejo? Era eso y mucho más, su condena no establecía límites, su libertad se veía maltrecha, arrebatada por aquella insipiente obsesión, por ese acechante espejo, sucumbía finalmente a esa espantosa tentación para su alma.  La arrogancia y la soberbia la mantuvieron al borde del abismo, con el creciente temor de hallar en su reflejo a otra, vigilaba en él, día y noche, incluso en sueños, hasta sumergirse en el retrato añorado, en ese marco dorado que suplicaba su presencia.

-¿Por qué no has renunciado a ello? – preguntó él al borde de la desesperación, viendo como un halo de humo y polvo la rodeaban.

Ella solo sonrió, como si intuyera lo que debía ocurrir, aceptando el inequívoco destino con la paz que su interior le podía permitir.

-¿Hubieses renunciado tú a lo más preciado? – respondió ella con la voz rota.

Ambos conocían la respuesta, Kaiser no era capaz de renunciar a ella, la amaba, y a pesar de lo terrible que fuera, había soportado una vida de encierros y tristezas solo por ella. Solo por la triste mujer del espejo, aquella vanidosa, embriagada de poder a la que el mundo dejaba de importar.

Kaiser se arrodilló junto a ella, las lágrimas le corrían por las enrojecidas mejillas, cuánto amor le profesaba, a pesar de su obsesión ciega, Edelia era el arte hecho mujer, era esa parte infinita de su ser que no se atrevía a ver. Conocía su destino, la seguiría al infierno, esa lúgubre oscuridad, no existía salvación a un alma perversa, una que pretendía conservar la belleza, Kaiser descendería al hades hasta encontrarse con Edelia.

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