La sublevación de Libertad

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El sol se escondía tras las espesas nubes de una mañana negra. La brisa lúgubre, arremetía en torno a la ancha plaza, ocupada por miles de rostros cenicientos, miles de almas en pena vagando a la deriva. La calles desbordaban la inocua soledad que se paseaba por ellas, mientras el murmullo ajeno se marchita en el silencio, en esa breve circunstancia que los obligaba a callar, a mantenerse a la fría expectativa de un triste lugar en el que nunca ocurría nada.

Salvo ese día de otoño, un día helado como pocos, de esos incansables y poco gustosos en los que la gente del pueblo, finalmente hallaban algo en que concentrar sus vagas miradas desorientadas. Allí, en lo alto de la pequeña ciudad, donde el castillo de rocas se alzaba hasta los cielos, se presentaba una nueva derrotada, una inequívoca verdad del daño ajeno. El pueblo entero se asomaba a lo lejos, ninguno perdía de vista un instante del efímero momento, de esos que no solían presenciarse, y que cuando lo hacían, ningún mortal osaba perder el espectáculo que presentaban. El ajetreo convocaba al inusual parloteo que revoloteaba en el amplio espacio.

Ella, de pie, rodeada por una veintena de hombres, permanecía erguida con la boca cerrada, la niebla tensa se precipitaba en torno a sus turbios y desconocidos pensamientos, en tanto que el largo cabello le caía despeinado hasta lo bajo de la espalda, sus muñecas permanecían atadas por la rancia cuerda que la mantenía prisionera.

No osaba alzar la mirada, la poca dignidad abandonaba sus ojos fieros, su temple forzado en otrora, ahora temblaba bajo la dureza del antes, se ocultaba tan solo una niña, una pequeña criatura a la que decidían arrebatarle la vida.

Una voz dura y autoritaria resonó en lo alto acallando el insidioso parloteo, el poderoso hombre se alzó en la cumbre. Su imponente figura caminó hasta el altillo en el que la guardia se hallaba junto a la noble prisionera. El pueblo aguardaba a las palabras férreas de un hombre de acero, de un rey, de un soberano como no se había visto nunca.

-¡He aquí la prueba del delito! – Manifestó con crudo realismo – una vil esclava de sus enemigos – hizo una pausa breve pero simbólica – Todo aquel que se crea con el poder de desafiar a su rey, será condenado, y esta pobre ha sido una cómplice terrible de un intento de magnicidio…

El rumor se elevaba en los aires, aquella inofensiva figura permanecía inmóvil ante la justicia de un Dios hecho hombre, no osaba defenderse, no levantaba la vista, sentía como el peso de la muerte caía definitivamente sobre sus hombros desnudos.

-He de clamar justicia a un pueblo honrado – Prosiguió con mayor decisión el monarca – y también, de dejar razonablemente claro, que no debe existir ser en este mundo, que ponga en duda la palabra de quienes son superiores a él.

Un par de guardias tomaron a la joven por los brazos arrastrándola hasta el centro del entarimado, allí donde una figura negra se alzaba con una enorme hoz en la mano y el rostro cubierto a las miradas curiosas. Más resignada que asustada, mantuvo la vista gacha, condenada a sucumbir ante los sueños rotos de su vida, esclava ante un régimen corrupto que aborrecía la igualdad y el trato justo. Allí sucumbían los poderes anárquicos de miles de años, entre alegrías y peligros, entre el amor y el odio, en tanto que la indiferencia, se concentraba en los sumisos corazones de un pueblo agotado, maltratado, llevado a la absoluta indolencia. No hacía más que sobrevivir como un último intento por conservar el poco sentido común que les quedaba.

Nadie conocía a la pálida chica postrada ante ellos. La sangre de sus heridas aún abiertas, manaba sobre la pureza de la túnica blanca,  como una mera fantasía, como la inexistente realidad de la que todos eran presos, era el quiebre de la inocencia, de la bondad. ¿Quién era ella? Una pieza fatal que salía de un lugar para volver a la nada, no tenía voz, no poseía peso, y sin embargo resultaba peligrosa, casi dañina. El murmullo volvió a alzar el vuelo agitando los sutiles nervios del rey soberbio, osaban cuestionar su voluntad.

-¿Qué ha hecho de terrible? – gritó un desconocido sin revelar su lugar.

-¿Por qué merece la muerte? – otra más firme se hizo notar entre una multitud sin rostro.

El rey, consternado, a punto de perder la razón ordenó al verdugo tomar posición. El impío sujetó a la joven con fuerza rasgando la ligera túnica perlada, la multitud enardeció ante el brutal trato que recibía la inofensiva. ¿Quién era ella?  Una esclava, una mujer bárbara que amaba a su patria, un individuo forzoso que se negaba a vivir en feroz detención, bajo las reglas de un brutal carnicero denominado rey. La joven, dejando que la sangre de los golpes manara sobre sus brazos desnudos, alzó los ojos a quienes intentaban detener su muerte, ante quienes clamaba una explicación.

-Soy el fuego que amenazó con acabar la injusticia – Protestó su voz rasgando definitivamente el mutismo autoimpuesto – Soy la voz silenciada que ha de alzar el vuelo. Soy quien nació para vencer la desigualdad crónica impuesta por aquel que osa llevar corona, por el que viste con lujos y joyas mientras su pueblo muere de hambre… Soy la voz de miles, soy quien osa decirles que la lucha debe ser llevada por cada uno de nosotros, por los marginados, por los abusados…

“Soy aquella que no se contentó con nacer mujer, porque siendo así me han dicho que debo obedecer y mantenerme callada ante la presencia de los hombres, que debo servirles y honrarles, solo por nacer distinta a ellos – Tomó aire al tiempo que forcejeaba con su captor – Solo el filo me silenciará. ¡Soy la libertad de un pueblo, de las mujeres oprimidas!

Libertad levantó las manos mientras la multitud se agitaba bajo el hierro de sus palabras. Una bestia, dormida hasta ahora, abría sus fauces bajo la irrefutable verdad de Libertad, el rey oponía resistencia desplegando las fuerzas que le custodiaban. De pronto, el inclemente temor a perder el poder lo movía, lo obligaba a recluirse y resguardarse. Las fuerzas tomaron el control bajo la agitación violenta que se levantaba, Libertad subió al altillo donde la hoz descendería sobre su tersa piel, donde la muerte finalmente la alcanzaría. Los gritos revolotearon en un último y desesperado intento, el pueblo se agitaba furioso, impávido, valeroso…

-¡Que baje la guillotina! – Entonó la voz cortada del monarca.

El silencio reino ante la orden de un ser atroz, Libertad solo mantuvo la vista en él una vez que su rostro inmóvil fue a dar al atrio donde tendría lugar la ejecución. El frío incólume descendió sobre su cuello, llegando finalmente la muerte ante la delicada criatura que se atrevió alzar la voz esclava en medio de la corrupción y la desigualdad.  El estruendo resonó en el moribundo pueblo, la terca decisión arrebataba la tensa calma que hasta ahora reinaba, finalmente el rey observaría su inminente caída… Solo al morir Libertad nacía ella en sí misma, solo en su sacrificio se conseguía la insurrección que durante tanto, dormía amordazada.

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