La cruda semejanza de la guerra

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La luna llena bañaba de pálida luz de noche las frías montañas de hierro. Bajo la absurda intemperie, miles de piernas caminaban a paso apurado, con la guerra en las espaldas, entonaban las altas cúspides doradas, mientras el temor a lo no visible les atacaba con maña, como un viejo enemigo, como un reconocido miedo que con tanta frecuencia solía visitarlos.

Sus gargantas secas tarareaban los viejos cánticos de un pasado cercano, ese que se bañaba en sangre, que acosaba los tristes corazones perdidos de los valientes guerreros. Allí miles de historias sucumbían en un río de almas sin nombres, en un mar de valientes hombres que individualmente no valían nada, pero en colectivo representaban un nombre, una legión, un monarca digno que los llevaba a una posible muerte repentina.

Pocas han sido las batallas justas, se dice que en la vida todo hombre ha de encontrar el destino fatal que lo ayudará a conseguir su final, salvo que ese final llegara más pronto que tarde, entonces, los rostros jóvenes de dulces adolescentes, nunca conocerían el amor o la tibia gloria que les ansiaba en las anchas puerta de su ciudad. Marchaban con el corazón a cuestas, con la valentía alentando sus pasos, todos pensaban en la muerte, todos conocían el riesgo, más ninguno se atrevía a hablar de ella por simple respeto a no invocarla.

Los Dioses injustos convocaban guerras feroces, esas terribles tinieblas, en las que se debatían tierras indignas los llamados reyes. Y en la lucha sangrienta, donde miles de voces se apagan al calor del acero, era donde se decidía el destino, no de quienes luchaban, sino de aquellos que con la vida defendían imperios, esos vastos territorios a los que creían pertenecer, y a los que finalmente nunca volverían.

Evacio caminaba con el cansancio de las largas noches de verano, cien días sin volver a casa le anunciaban los largos meses que aún faltaban para dar por termina la campaña. Su rostro casi infantil dejaba en evidencia los pocos años que poseía, aún así, la edad cruel lo convertía en un soldado en potencia, lo que le obligaba a marchar en el gran ejército del rey. Era la primera vez que tomaba las armas, un viejo escudo y una espada oxidada que pertenecían a su difunto padre, uno que no llegó a conocer. Parecía seguir los pasos de ese aguerrido caballero cuyo nombre era portador ahora, y que sin embargo, no tenía mayor mención que un vago honor hecho de vez en cuando por su madre.

La guerra había fortalecido su espíritu, contemplar el horror y la muerte, lo obligaban a mantener la cabeza fría, a meditar antes de actuar, y a pensar en el poco tiempo que con seguridad le quedaba.

Cada día, debía soportar no solo las duras condiciones del camino, sino los feroces comentarios de aquellos barbaros soldados que por sentirse superiores a otros, hacían a los nobles campesinos que vivían al sur de la península. Evacio adoraba esa tierra tropical que lo había visto nacer, en la que se formó y vivió durante su infancia, sus valores estaban integrados a una cultura tan sencilla que contemplaba la vida con ojos de sabiduría. Esto era algo que los altos soldados pertenecientes a la región del este no lograban concebir, ignorantes, y carentes de cualquier signo de inteligencia, eran medidos por su fuerza bruta. Buenos para el combate, buenos para matar, pero terribles pensadores, eran justo aquellos hombres fríos y metódicos, de los que la patria podría prescindir.

Evacio soportaba día y noche los viles comentarios de sus compañeros de escuadra, no todos solían ser tan necios, salvo un par de solapados amigos que únicamente entre ellos, eran capaces de comprenderse el uno al otro, y sin poder comunicativo, ni mayor inteligencia que la de un grano de arena, desbocaban toda su frustración en el joven soldado. Alexo y Miquelino, eran sobras de soldado, un intento fatuo por convertirse en guerreros, que a pesar de la fuerza que los dominaba, se convertían en señuelos fáciles para atraer la batalla.

Los días se volvieron semanas y las semanas meses, la guerra no daba los resultados, y poco o menos se necesitó para dar por perdida la campaña. El rey condenaba la notoria ruptura que existía en el ejército, y pudo apreciar con ojos inteligentes, la absurda línea que separaba a sus hombres. Evacio continuaba su lucha interna, la añoranza de lo conocido, la exploración de una cultura nueva, y la tolerancia. Podía apreciar cómo el disgusto por hombres de otras zonas cobraba peso en el ejército, y brotaba el descontento general en las tropas.

Finalmente, con la cabeza gacha los hombres volvían a casa. El camino se convertía en largos y duros meses que debían recorrer.

Los cascos resonaban en el amplio empedrado, el sol calentaba con la fuerza del reciente verano, en tanto el viento soplaba ligero y febril. El repiquetear de la tierra árida azotó los oídos ya desacostumbrados al clamor, la batalla se avecinaba, y el tiempo escaso no les dio para más que para formar líneas rectas. Codo con codo enfilaron contra el atacante, en el horizonte se dibujó un sinfín de sombras de muerte, el final de la guerra los alcanzaba.

Llovieron lanzas mientras la sangre se derramaba, los aullidos secos quebraron el silencio impuesto. Evacio observó a sus compañeros caer, vio la luz abandonar sus fieras miradas, la batalla enardecía en un ir y venir de acero, en la esperanza huyendo de las filas combatientes de su aguerrido ejército.

Blandía la espada con la furia de venganza, con esa sed insaciable por recuperar lo arrebatado, ya nada le devolvería los amigos, ya nada le recobraría la gloria, la muerte llegaba, como un último intento por cobrar lo debido. Allí no importaban la zonas, caían todos por igual, los del sur, los del norte, no existía distinción a la hora de morir, allí todos se convertían en iguales, en presas fáciles por alcanzar, en un objetivo único por vencer.

La tierra húmeda acarició el rostro de los endurecidos combatientes, el silencio se apaciguó sobre los derrotados caballeros, ya no existía batalla por ganar, era el fin. Evacio abrió los ojos, se dejó sorprender por auténtico azul del cielo, ese que nunca había apreciado, que sobrevaloraba con cada salida del sol, ahora lucía tan cálido, tan cercano. Sus manos sintieron la arena, su rostro recibió el viento dejando ver la desolación que le rodeaba. Miles de cuerpos se tendían sobre la vasta marea roja, se sembraba el adiós entre aquellos que hasta entonces le habían acompañado. Una centena de hombres lloraron, otros más se arrodillaron clamando un perdón que nunca acontecería, ahora eran uno, sin importar la procedencia o la raza, se marcharon millones y ahora volvían pocos convertidos en una unidad. Y es que esa era la guerra, una lucha librada en sus propios corazones.

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