La mujer del bosque

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El ocaso manchaba de naranja las pálidas montañas altas, esa lúgubre lejanía que por las noches lucía sombría, en la que la vida huía y las sombras repletas de mal, se cernían bajo la letárgica  caída de la noche.  El aullido feroz se ahogaba con el murmullo rotundo que se escondía en la absoluta oscuridad, allí donde las almas vagaban en plena soledad, donde el día se convertía en el anhelo fatal. Allí los secretos del bosque se escabullían entre las rocas, audaces y serenos, ninguno de los guerreros podía descubrir el impertinente peligro que escondían aquellos árboles desnudos.

Veinte amaneceres podía contar Dante, veinte veces había visto el sol ponerse en las colinas pardas que cruzaban el horizonte. Las cuerdas rígidas comenzaban a molestar, las llagas y heridas necesitaban agua casi tanto como su seca garganta. Al sol se debatía entre la escasa consciencia que conseguía conservar.

Casi no recordaba cómo había llegado hasta ese recóndito lugar que asemejaba el infierno. Por las noches, el frío calaba en sus huesos, lo obligaba a redimirse por la simple incoherencia de encontrarse en un extraño paradero. ¿Podía ella liberarlo de su encierro? Él siempre se respondía afirmativamente, no dudaba del poder que poseía y mucho menos de las decisiones que pesaban en sus sutiles manos de terciopelo.

Ella apareció. La oscura y rústica alcoba se vio iluminada por la pequeña lámpara de aceite que con frecuencia la acompañaba. Vestía ropa oscura, un viejo pantalón de cuero y una amplia camisa de lino, nada de los pálidos vestidos que Dante acostumbraba a ver en su pueblo, aquella no era una mujer corriente, su mejilla hinchada podía dar fe de ello.

Le tendió un cuenco con agua, algo de pan y gachas, él quiso agradecerle, intentaba ganarse la confianza pero ella le daba la espalda. Su rostro se ocultaba cada ocasión para Dante, aunque algunas veces, lograba indagar ese perfil duro que con frecuencia se tornaba cristalino, sabía que era como la porcelana, con grandes ojos dorados que esquivaban su mirada.

 El breve y tosco silencio fue interrumpido. Un par de hombres calzados con cota de malla aparecieron en la entrada, formaban parte de la compañía que lo mantenía prisionero, no eran más que una banda de forajidos dispuestos a hacerse con grandes botines en aquel bosque maldito. Era el simple repetir de cada tarde.

Uno de ellos, el de mayor estatura, golpeó con la punta de la bota el cuenco derramando el agua que le había tendido. El otro rió a carcajadas mientras aseguraba por décima vez las cuerdas que lo sujetaban al poste.

-Lía – gritó el último de los dos – Este imbécil se halla en perfectas condiciones, nadie lo busca, así que tal vez pronto consigamos deshacernos de él.

-Si pretendéis matarme a sed, estáis muy cerca de lograrlo – replicó Dante con una sonrisa en el rostro.

El otro no pudo ocultar su furia, que desató contra el rostro de Dante, con un par de golpes y sin mediar palabra alguna, se marcharon dejándolo en la soledad de la cabaña.

El dolor lo despertó con un repentino sobresalto, sentía la madera fría contra su rostro, la sangre deslizando sobre su mentón ¿Qué costo tenía su vida? Ninguno desde luego. Él no era un príncipe ni un hombre de alcurnia, pertenecía a la guardia del gran Duque de Occidente, un cargo menor que se ganó a pulso. Y ahora se encontraba a su suerte, sumergido en un infierno, llevado a sus peores pesadillas sin imaginar siquiera el por qué merecía ser retenido allí.

Unas manos le quitaron el cabello húmedo del rostro, el agua corrió por sus labios agrietados, la vida volvía al maltrecho cuerpo de Dante. Los ojos de Lía lo observaban desde la penumbra incierta, podía leer el miedo en ellos, podía descubrir el temor que los acosaba sin cesar. Quiso decir algo pero ella no se lo permitió, se encontraba débil y agotado.

El silencio absoluto lo acompañó cuando regresó de sus sueños, solo el viento aullaba fuera de allí, a la distancia podía intuir la vida normal siguiendo su curso, mientras él, vivía en el letargo del momento inoportuno, uno que parecía detenido y que no avanzaba.

Dante se encontraba sobre un improvisado lecho de paja con una vieja manta de lana acobijándolo, el fuego ardía perezosamente en la chimenea, mientras una tenue luz se colaba al otro lado de la estancia. Sus heridas se hallaban cubiertas por una etérea gasa blanca, las manos ya recuperaban la fuerza, mientras sentía el calor sutil acariciándole el pecho.

Caminó despacio, no ansiaba desterrar el temor a enfrentar un nuevo enemigo, uno que pretendiera humillarlo y dejarlo en la nada nuevamente. Ella se encontraba en pie con el rostro a oscuras, llevaba el cabello suelto y una túnica ligera sobre los hombros. A un lado, descansaba la espada, larga, filosa y peligrosa. Dante no temía ante aquellos ojos impenetrables, temía al silencio que los separaba, ese mar insondable e inquebrantable que durante noches eternas no conseguía franquear.

Lía le dio la espalda.

-¿Vais a sentenciarme definitivamente? – preguntó con los recuerdos atorados en el pecho. No era fácil olvidar las condiciones deplorables en las que lo habían mantenido cautivo, ni los golpes o ataques en plena oscuridad.

Ella se retorció las manos como si pretendiera poder olvidar el pasado. Por primera vez Dante alcanzaba a apreciar en sus ojos la humanidad que poseía, esa que se empeñaba en ocultar bajo una máscara de acero. Difícilmente hubiese logrado ver que pertenecía a otro ámbito que no fuera el de aquellos temibles forajidos, se hallaba al margen de la ley, y por mucho que deseara ayudarla, de encontrarse libre estaría condenada.

-No podía… He actuado porque es la única alternativa a la que debo apegarme…

-¿Y por esto asesinas a inocentes?

Ella retrocedió consternada, el miedo era tangible en su mirada ¿Podía sentir culpa semejante criatura? Dante ya no sabía quién pertenecía al bien y quién al mal. Eran parte de un todo, de un destino maltrecho que amenazaba con acabar con ellos. Lía que siempre demostraba templanza, fortaleza y valentía, ahora se reducía a la nada, se encogía de hombros a punto de desvanecerse en lágrimas.

-Tenía que hacerlo – afirmó ella entre sollozos – Soy una mujer, y si no soy fuerte no soy nada. Debo actuar con rapidez y jamás mostrar debilidad, de lo que he logrado aquí depende mi familia, mis hermanos menores… No tengo alternativa.

Y no la tenía. Se hallaba condenada por decisiones que escapaban a su voluntad. Y cuando ser fuerte era su única alternativa era lo que decidía y a lo que se apegaba con el corazón. Ella cortó las cadenas que ataban las muñecas de Dante, a pesar de todo, le devolvía su libertad, lo regresaba a la vida. Él no miró atrás, no podía sentir pena, ella se redimía a costumbres machistas que la volvían peligrosa, no queda más remedio que huir y saber que cuando no quedara más alternativa, Lía sería fuerte.

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