El lado oscuro de la noche

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La noche perlada se posaba sobre el austero atardecer, aquel sombrío y recóndito lugar se escondía de la vista de cualquier simple mortal. Allí, se ocultaba el fuego y nacía la vida, renacían de las cenizas, las preciosas alas doradas cual simple y nuboso despertar, allí las estrellas caían sobre la niebla inaudita, mientras las flores posaban sus dulces pétalos suspirando un último aliento de pesar.

Aureliano caminaba a la sombra de los altos y pardos helechos, una sombra ligera y desconocida que a sus ojos parecía consumida, lejana, casi somnífera y mortal. Nada de lo que parecía, o creía observar allí se le antojaba real, no era más que el leve resultado de una contusión cerebral, una que creía sufrir desde hacía un par de semanas, en las que sus recuerdos se mezclaban con la absurda realidad, confundiendo sus sueños en espejismo audaces y serenos. Al menos así se explicaba a sí mismo, cansado y a veces confundido, el poco realismo que durante largas noches eternas lo asediaba, amenazaba con condenarle a la perpetua locura, a ese mal tan querido y odiado que todos los hombres esperaban respirar.

Un largo escalofrío recorrió su espalda, el mundo parecía desvanecerse en el ancho claro de plata. Su tosca inexperiencia lo convertía en una desdichada presa, mientras su helado corazón ansiaba rozar ese leve sentir que tantos caballeros se jactaban en esas fechas de conocer.

 Aureliano había recibido una promesa de oro, una que lo volvía inmortal. De aquellos dulces labios dorados, de sus sutiles ojos de luz, recibió la palabra sagrada, esa que le aseguraba un lugar en la vida.

-Os prometo que conoceréis la estrella – juró ella al tiempo que llevaba la mano a su corazón – esa que brilla en lo alto, que os mira, aquella que obsesiona vuestros sueños marchitos.

Y con esas palabras convertidas en besos, Aureliano dormía cada noche al abrigo de la luna, esa dulce, adorada y codiciada joya, que su musa había jurado entregarle. Pero ella ocultaba vagos secretos, y aunque su amor era pronto, tal vez repentino, él juraba que nada tan eterno había sido cubierto jamás por sus besos.

El sudor corría por su frente en un inhóspito silencio, ese antiguo eco que perseguía sus pasos de redoble, veloces bajo el incierto calor de una noche veraniega. Ella lo esperaría a la luz de las estrellas, con el corazón desbocado por un amor imaginado.

Era joven y alegre, un fiel caballero que recién comenzaba sus años de infantería, mucho prometía el mozo que con amplio esfuerzo cada día demostraba su empeño. Sus superiores admiraban la capacidad de sus brazos, esa fortaleza innata con la que subía la espada, y él, loco de gloria, se empeñaba en dar pie a sus palabras, convencido de que así, sonarían alegres canciones entonando su nombre. La cúspide se dibujaba alta y empinada, allí donde las musas bailaban, allí una suave tonada era tocada, entonces cuando la luna se alzara, aparecería ella.

El sueño rotundo nubló sus sentidos, ahogados por el fragor de un anhelo maldito.

Despertó en medio de la noche inmortalizada. Ella surgió de la niebla, vestía de estrellas y seda, la larga melena rojiza caía como una cascada de sal hasta lo bajo de su espalda. Sus labios dibujaron una tímida sonrisa, en tanto que sus ojos ardían en el deseo de su cuerpo.

Era el instante fatídico que entregaría su alma, no le importaba la maldición ni las consecuencias que arrastrara, sus ojos se desvivían en tan maravillosa creación, en la pura ilusión que su mirada admiraba. Ella le tendió una mano, cálida y diminuta, podía sentir la sangre corriendo bajo su marmolea piel, podía sentir el débil pulso que bombardeaba su corazón.

-Espera – quiso detenerla antes de llegar hasta el río – solo quiero saber…

Se detuvo en seco, con sus fragantes ojos observándolo en silencio, no solía decirle mucho, cada frase era respondida con un beso, y él, loco de amor, se complacía con tan vagas palabras que de cuando en cuando eran soltadas. La siguió, andando a través de cornisas blancas y la pálida espuma, sin ver hacia donde iban, ciegamente entregaba su corazón, poco o nada importaba su futuro, ese mero esfuerzo al que se había entregado dejaba de existir ante sus sentidos, en aquel fugaz momento, solo era consciente del hada celestial que lo llevaba de la mano. Veía en ella los pigmentos interminables de su palpable dicha.

De pronto se detuvo como una ráfaga de viento, ella se adentraba a la marea furiosa del caudaloso río negro. Podía apreciar la bruma en torno a su sonrisa, a sus ojos… Por primera vez, Aureliano la apreció tal y como era.

-Sígueme – Suplicó ella tendiendo una frágil mano que se convertía en cenizas.

No podía dar un paso más. Todo lo que en sus ojos se dibujaba como un paraíso sublime, de la nada, se convertía en el fuego abrasador del infierno, aquella musa, de belleza elevada, se convertía en el recuerdo de la muerte. Volvía de sus pesadillas amenazando con arrastrarle al adiós.

Aureliano corrió con todo el aliento que su cuerpo le permitía, veía la vida escapando de su pecho, mientras el humo y las cenizas revoloteaban ante su camino. Se concentraba en no mirar, simplemente echaba a andar esperando una  última oportunidad para escapar a su terrible pesadilla. Ella le seguía, arrastraba sus pasos siguiendo los de él, gritaba su nombre, clamaba venganza… Él ya no podía recordar que lo había llevado hasta allí, que lo obligaba a conservar la calma y correr por el camino en el que anduvo tan ciegamente de la mano de una condena.

Cuando la luz del sol se asomó en las cumbres doradas, el viento amainó y el fuego cesó. Solo entonces Aureliano se permitió observar a su alrededor y bajar el ritmo, no podría decir cuánto llevaba corriendo, solo sabía que el aire le faltaba y las rodillas le fallaban. Inspiró en la falsa calma del bello bosque, convencido de sus errores, de su falta de cordura. Se había dejado cautivar por la belleza vacía de un ser siniestro, no importaba la promesa de las estrellas, ahora él conocía la verdad, no volvería a dejarse llevar por la banalidad de sus ojos. Saboreaba el terrible encuentro, mágico y a la vez aterrador, el cielo cubierto despejó, solo entonces Aureliano descubrió que había conocido el lado oscuro y maligno de la luna.

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