La ciudad del olvido

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La noche sombría se mecía sobre la tenue ciudad del olvido. Esa ciudad, perdida, consumida, aguardaba la llegada del día, el aire fresco, el nuevo aliento que consumían por la mañana perdida.

Allí, donde las largas espadas dominaban el vago poder de reyes ególatras, donde los hombres poderosos se alzaban en anchos tronos de piedra. Las palabras inciertas se convertían en ley, mientras la niebla espesa, consumida en el silencio y la oscuridad, obligaba a quienes no corrían con suerte, a redimirse en el mundo de la soledad, en el que la muerte se paseaba a tientas, como una vaga conocida a la que solían esperar.

El suave murmurar del día despertaba a Gea como de costumbre, no pudo evitar sentir como él se levantaba y vestía con pereza sin si quiera mirarla, ella tampoco le miró, se contentaba con fingirse dormida, cuando el  lento rechinar de la puerta hizo eco, y los pasos alejándose por el pasillo se perdieron a lo lejos, se puso en pie dispuesta a un nuevo día. Aquella tarde habría clientela, la ciudad se hallaba a la expectativa de un viejo emperador,  visitaría aquellas tierras esperando conseguir un tratado en los caminos del reino.

El silencio discurría en medio del precipitado calor matutino, la puerta se abrió a la ligera dando paso a una mujer de porte distinguido, dirigió una breve mirada de desaprobación a Gea, quien continuaba tendida en su lecho, al tiempo que le tendía un suave paquete de terciopelo.

-Tenéis trabajo – afirmó dándose aire de absoluta reflexión – esta noche os vais al palacio.

Las jornadas en el palacio eran de las que más disfrutaba Gea, codeándose con gente refinada, de alta importancia.

-Apuraos – continuó la mujer – No tenéis tiempo que perder.

Tarsilia era una mujer dura, de temple, a quien jamás había visto empequeñecerse ante nadie. Gea admira el porte robusto y distinguido con el que sabía tratar a los clientes. Ya se había retirado de la profesión,  sus grandes carnes no resultaban atrevidas ni deseadas para la mayoría, entonces pasó a convertirse en  la madre de todas quienes convivían en la gran casa azul. Velaba por ellas y se aseguraba de que realizaran su trabajo correctamente.

El tiempo apremiaba las duras obligaciones que consumían el tiempo de Gea. Con escasas veinte y tantas primaveras, conocía de cerca el horror humano, las grandes tragedias que pueden surcar una vida y acabar con los sueños efímeros que se engendran en la marchita juventud.

La noche fresca derrochaba la perpetua oscuridad del sigilo, Gea se apeó en el coche que con ligera delicadeza subió la ancha y escapada montaña blanca. El palacio de los susurros se dibujaba como el inmenso monumento que era, allí donde los murmullos aplacaban, el viejo resonar de voces acometía la dudosa bienvenida que se ofrecía.

Era una noche de caballeros, una reunión de palabrerías absurdas que en menor medida serían contempladas por pocas mujeres. Allí se discutían asuntos de política, frases concebidas para convencer a otros, para engañar, alabar y mentir, entre ellos lo sabían, los grandes reyes del imperio se observaban como graves enemigos mientras estrechaban manos cargadas de falsa alegría.

El rey del sur aparecía con una joven de lozano cutis, no era su esposa, solo una fiel acompañante que se esforzaba por hacerle las noches fáciles al viejo gobernante. Otro de los fieles hombres pertenecientes al consejo real aparecía con una chica a la que doblaba la edad, llevaba un largo vestido blanco y flores en el rojo cabello, le susurraba halagadoras frases esperando conservarla un instante mas.

No podía evitar ver dibujado en sus rostros el placer, la codicia y la avaricia. La realidad no se apaciguaba ante sus ojos, ella los concebía y observaba tal y como eran. Unos reyes más humanos que el promedio común del resto de los habitantes. Unos reyes movidos por desacatos desenfrenados, que saciaban su sed de poder en seres considerados inferiores según su estimado criterio.

Pero ella sabía tratar con esos hombres, era buena y poseía el tacto para que el respeto se impusiera al momento de hablarle. Se distanció permaneciendo en la penumbra, no quería que cualquiera pudiese disuadirla de su objetivo aquella noche. Abanicaba con ligera delicadeza, esa que poseían incluso las altas damas honradas, dejando que el aire agitara los anchos flecos de su vestido purpura, a juego con el chal en pedrería preciosa.

El emperador se aproximó, él no imaginaba quién era ella, pero Gea, por el contrario conocía todo de él.

-Es una noche apacible – comentó con un ligero temblor en la voz.

El hombre pasaba ya de los treinta, aun conservaba el fresco rubor de la adolescencia, vestía traje rojo con etiquetas doradas.

Gea se hizo de rogar, asintió lentamente restando importancia a sus triviales comentarios, continuaba abanicando, mientras él, se exasperada, sin duda esperaba que todo fuese más fácil. Pero no era fácil, Gea podía ser lo que fuera menos fácil.

-Lo es – confirmó al tiempo que dejaba el chal a un lado – grandes reyes disfrutando sin sus reinas…

El comentario dio en el blanco como un filoso puñal de acero. Los ojos de él brillaron, entusiasmados ante el muro que se alzaba ante sus intensiones, era un hombre al que le gustaban los retos.

Gea sonrió complacida. El emperador había mordido la trampa, caía en sus redes como un fiel creyente a la ignorancia femenina. Pero ese viejo, desconocía el poder rotundo que descansaba en los hombros de aquella bella mujer, quien confinada a los patrones sociales establecidos por supuestos hombres importantes, se vestía de cortesana cada mañana pretendiendo engañar a cuanto osara creerla un simple objeto sexual.

Así que Gea, era la muerte circulando por los oscuros caminos de la ciudad. Era el acero letal, que con sutiles movimientos decidía el destino de una nación que jamás llegaría a enaltecer su nombre, nadie imaginaría cómo, en silencio, era capaz de comprar el honor de cualquier caballero. Y es que Gea no había nacido para ser reina, Gea era una guerrera que salía a batallar cada día de su vida, sin espadas, sin escudos, solo hacia uso de su inteligencia.

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