Los estragos de la guerra

entrada semana 20 abri

El estridente rugido de la noche avanzó con cautela sobre las suaves montañas de seda. Las cenizas y las sombras se mezclaban como el imperceptible aliento de un dragón invisible. En el vasto reino de las rosas, miles de hombres luchaban bajo el poder inclemente de un rey cobarde, uno que ordenaba muertes sentado cómodamente. Que se ocultaba en su suave lecho a la espera, una espera absurda e infinita que mecía sus sueños mitigados, que lo obligaba a volver una y otra vez a un campo de sangre, un campo en el que reinaba la muerte.

Helena despertó en el silencio del alba, cuando el frío inminente cruzaba las altas murallas. El rey dormía en la habitación contigua, con ásperos sonidos provenientes de sus conocidos excesos con la cerveza. Esa repulsiva bebida sacaba lo peor de los hombres buenos, aunque de su marido no pudiese decirse grandes cosas, eran innegable el temple y dominio con el que lograba gobernar, o como él solía hacer creer que gobernaba. Muy a pesar de los dolores constantes que le provocaba a su mujer, esta le quería más que con un tenue amor fraternal, ese dulce y leve cariño con el que adoramos a quienes nos recuerdan nuestra infancia, nuestros sueños perdidos.

El reino yacía bajo la latente amenaza de la muerte. Las rebeliones, más constantes cada atardecer, se convertían en el peligro constante con el que los habitantes debían lidiar. A su paso, no solo se sembraba el hambre, también la miseria y la muerte. Aquellos capaces de sublevarse contra el orden natural de la vida, no respetaban las instintivas reglas que se imponían en los lejanos pueblos de occidente.

Un toque a la puerta le recordó a Helena que no existía tiempo para lamentarse de los acontecimientos. Sus doncellas aparecieron a la par dispuestas a ofrecerle ayuda.

-Decidle al rey que es momento de levantar – Anunció al tiempo que se ataba el estrecho corsé de pedrería – Es mejor que mantenga la cabeza despejada poco antes de la audiencia.

Las doncellas temblaron de solo imaginar el humor con el que el rey les recibiría.

-Majestad, no seriamos capaces de despertarle… – Susurró una al borde de las lágrimas.

¡Qué mala fama se ganaba su marido! Les ordenó desaparecer, evidentemente sería un día de aquellos en los que le tocaba asumir la presencia real por su cuenta.

La corte esperaba con expectativa la llegada del rey. El humo se agolpaba en un cielo gris fuera del enorme palacio. Una docena de hombres aguardaba de pie en el mítico salón de plata, al ver que quien descendía por la larga escalinata de mármol era Helena, y no el supremo rey, un murmullo leve se levantó ante los presentes.

Aquellos que osaban presentarse ante ella conocían bien las dificultades de su marido para lidiar con la bebida, cuestión de delicadeza, dado que el reino entero conocía las debilidades del rey, el alcohol y las mujeres. Y aunque Helena, mejor que nadie, sabía de los amoríos de su marido, se plantaba allí regia, con el rostro en alto, como la digna soberana que era.

-El rey se halla indispuesto esta mañana – Anunció con voz solemne – Me he permitido escucharos y atender a vuestras peticiones.

Las quejas, los gritos y las falsas peticiones se alzaban ante su minúscula figura. La guerra inminente se mecía ante un imperio roto, aquel vago reino en el que su mandatario declinaba a los vanos placeres de la vida. Mientras el rey se entregaba a la lujuria, Helena intentaba sostener sobre sus hombros endebles la paz del pueblo, una paz escasa que se tambaleaba entre la verdad y la mentira.

Bajo el impetuoso sol de medio día, los hombres abandonaron la corte, la sensación de derrota se esparcía sobre sus tenues pechos enardecidos.

La reina sentía perder las fuerzas que con absoluta frecuencia la acompañaron en su camino hasta el rey. Aquel hombre, de modales efímeros y voz potente, jamás había logrado considerarla una reina digna, no importaban los esfuerzos de Helena, siempre su rango, inferior ante los ojos de su marido, la convertía en una presa fácil para los cuervos del reino. Ella sabía que el rey le quería, no de la manera que una reina deseaba, pero en el fondo se lo decía y demostraba muy eventualmente. Su torpeza y los años, cobraban duramente la salud del hombre, que con el pasar del tiempo, se volvía más duro y frío. No podía negarse que últimamente ni el mismo solía tomarla en cuenta o muy en serio, “es una mujer” se vanagloriaba con constante frecuencia, admitiendo que por el simple hecho de haber nacido mujer, no poseía la fortaleza masculina que convertía a un hombre en rey.

Y sin embargo Helena era tan hombre como cualquiera que hubiese nacido siéndolo. Entendía de estrategias, de caballería, de guerra. No había nacido para ser reina, en el camino se forjó para serlo, siempre sin perder las dignas cualidades que la volvían una regia mujer.

El rey apareció en medio del silbido ligero del viento, llevaba la túnica sucia y el negro cabello revuelto, se sentó a la mesa dando un golpeteo con los dedos, echó una rápida mirada a Helena.

-He intervenido en la corte esta mañana – Anunció ella sin mirarle.

El rey soltó un bufido grotesco, ese que lo acompañaba en su constante malhumor matutino.

-¿Cuántas veces o he dicho que no metáis vuestra nariz en asuntos de estado? – Masajeaba su frente intentando alejar el dolor – Sois una estúpida, no entiendes las dificultades a las que puedes llevar esta nación si continúas entrometiéndote. A la próxima – Suspiró quedamente intentado pensar con claridad – Os encerraré en la torre norte, no habrá discusión y de poco servirá el llanto, estoy harto de vuestra presencia, ¿Por qué no obedeces y te limitas a los simples favores maritales que debes cumplir?

Helena ignoró sus amenazas cada vez más frecuentes. Ella no podía redimirse a las palabras vacías de un rey borracho. Si el mundo comprendiera el alto valor de una mujer para la sociedad las heroínas dejarían de ocultarse tras aquellos severos rostros masculinos. Ignoró sus palabras como solía hacerlo con frecuencia, tomó la jarra de cristal en la mano y lo golpeó en la cabeza. El rey cayó sobre la mesa inconsciente, ella le limpió el rostro con cuidado sin dejar mancha evidente de la catástrofe, no era una novedad acudir a esas medidas, solo un infrecuente paso que su marido nunca acababa por recordar, por eso le quería tanto, por su inaudita ignorancia, aquella que más por el bien del reino, le dejaba gobernar a ella.

Aunque él fuese el rey, no era más que un sutil títere que Helena aprendió a controlar, a pesar de sus amenazas, de su rabia ciega, de la cólera que le asaltaba, aquel rey no era capaz de emitir una orden por voz propia. Y bien podía decirse, que ninguno de los guardias, caballeros o doncellas acataría fielmente lo que este dijera, porque aunque ella permanecía a las sombras, oculta entre cenizas y niebla, era la verdadera reina.

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