El camino de la vanidad

87c2b81ed4d2b2f85dd1838ac358703e

El día avanzaba bajo el suplicio del vago silencio inaudito. Las gargantas mudas hacían eco de los gritos que no acertaban a escapar de sus pechos, mientras sus ojos ciegos divagaban en el cielo, en un cielo raudo y escaso, en el que un leve matiz dorado anunciaba la llegada de la noche.

El barco del pasado naufragaba en los fríos recuerdos de Caden. El incierto temor a la noche, abrigaba sus sueños confusos, esos que se refugiaban en el ayer, en lo que ya no volvería a ver con ojos de pueril soldado.

La vela ardía con la pasión del fuego, sus ojos divagaban los pergaminos gastados en tanto que sus manos, se aferraban al plumero que intentaba garabatear unas breves líneas incitando la paz. La guerra estaba perdida, no podía negarlo y por mucho que desease, ocultarlo resultaba inviable. La puerta se entreabrió y Elyse apareció con la sutil túnica blanca ondeando bajo el fútil viento de abril. Tendió la jarra con vino tibio y algunas frutas viejas, eran tiempos difíciles, en los que el hambre azotaba duramente los tenues páramos que se perdían a la vista.

Caden añoraba la soledad de antes, esos días en que tibiamente podía resumirse a sus reflexiones sin compromisos, cuando osaba dedicar tardes enteras al fortalecimiento del intelecto y no del cuerpo. Pero eran días que no volverían, se lo repetía cada tanto antes de abandonarse a sus profundas pesadillas. Miró de reojo a Elise, su fina figura se dibujaba traslucida bajo la fina tela de seda, era de gran ayuda en sus peores momentos.

Dos golpes resonaron contra la enorme puerta de madera obligándolo a regresar al presente, Elyse entornó la mirada y él la autorizó a dar la bienvenida al visitante. Un hombre robusto de enorme estatura cruzó el umbral con aires de soberbia importancia, miró con desprecio a la mujer que le tendía una copa en la mano, Caden de mala gana le pidió que se marchase para poder discutir a solas asuntos de hombres.

-Os he dicho que es de mala suerte esa maldita mujer – Sentenció el hombre doblando los brazos sobre el pecho – Las esclavas son para la cama, y a ella la escuchas… – Bebió un largo sorbo consumido entre sus preocupaciones – La escuchas incluso más que a vuestros caballeros, así no llegaréis a ningún lado como comandante.

-La guerra está perdida…

-Me importa un bledo los rumores vagos que circulan a vuestro entorno. Tú la deseas más que nada en el mundo, y el deseo os hace débil y manejable – se rascó la barba con despreocupación sin darle tiempo a que respondiera – Su lugar se halla en las cocinas y no en la tienda de un lord. A ver si por esta vez me hacéis caso…

Bebió el líquido de un trago y se marchó. Jerrod era un viejo sabio pero torpe. La guerra y el acero corrían por sus venas como único motor a su cuerpo. Él no alcanzaba a comprender cuántas muertes eran necesarias para poder obtener una ventaja, una ventaja paradójica que finalmente perdería bajo el poder de las fieras espadas.

Hizo llamar a Elyse, solo su presencia alcanzaba a calmar sus nervios rotos. Había perdido todo lo que añoraba en el mundo, convirtiéndose en un hombre vacío, cuyo corazón se desplomaba ante los pies de una esclava. Pero Elyse era más que eso, los otros ojos no alcanzaban a ver la potente calma de su mirada, lo sublime de sus palabras, y el afán imprevisto que provocaban sus tiernas manos.

Él podría perder el norte, renunciar a sus libros, a la historia que movía su nación, a aquellos castos modales que lo volvían un hombre de palabra, pero no renunciaba a nada de ello por la guerra, lo hacía por Elyse. Aún en su torpe ignorancia, no hallaba mayor consuelo que en aquellos brazos tiernos.

Ella era el aliento que escapaba de su pecho, la luna de sus noches, el ardor de sus anhelos. Caden suspiró quedamente mientras ella se tendía a su lado, el fuego se reflejaba en sus labios de terciopelo, invitando a olvidar, a entregarse a las aguas en calma de sus besos. ¿Podía ella sentir los latidos desbocados de su corazón? No, ella no podía desde luego, a pesar de la pasión, del amor que sentía, sabía que Elyse estaba marchita, consumida por el dolor. Se ofrecía a él como un simple pago por su salvación, pero en el fondo jamás alcanzaría a sentir nada, nada excepto gratitud.

Aquello era lo que más le atormentaba, el jamás conocer la sensación de sentirse amado, de que sus besos fuesen correspondidos con la ternura del amor.

-Si tan solo pudiese lograr que vuestra alma se entregara voluntariamente a mi ser… – susurró junto a su oído.

-Sería ilógico – Replicó ella sonriendo, siempre sonreía dibujando un par de hoyuelos en sus delicadas mejillas – Si alguna vez me permitiera sentir, mis ojos quedarían en la penumbra para siempre, sin alcanzar a ver nuevamente y sin poder ser útil para mi comandante.

Elyse poseía el don de la visión, ese sagrado regalo otorgado una vez cada mil años. Era ella el amuleto de sus batallas, por esto y por más se negaba a abandonarla, solo deseaba que por una vez le amase, y se preguntaba si podría renunciar a todo por él. Tal vez así alcanzaría a vanagloriarse y sanar su orgullo herido. Aunque no deseaba admitirlo, su vanidad había sido víctima de aquellos ojos seductores, y se negaba a aceptar que aquello le dolía en su presunción profundamente.

-Si por una vez te entregaras a mí… yo podría conquistar Oriente y Occidente, no existirían límites a mi ejército.

-Solo así conocerías los errores que te has negado a mirar, todos los errores que has dejado en el ayer…

Caden se sentía a un paso de lograrlo, ya no pensaba en las consecuencias, solo alcanzaba a saborear su victoria, esa que durante años le había resultado prohibida, casi podía poseerla.

Por un instante fugaz, efímero y escaso, Elyse lo amó, se entregó a la violenta cercanía del amor embargando su pecho de luz. Caden, cegado por el resplandor ante sus ojos, se dejó embargar por la breve emoción del momento, viendo por una vez todos sus deseos realizados, llevando su amor al límite.

Y cuando creyó poseer la felicidad negada, aquel deseo arrebatado, la luz se extinguió, y con ella Elyse se convirtió en cenizas agitadas en sus labios, cenizas que eran barridas por la brisa del engaño… Caden se hallaba condenado a su egoísmo, a su vanidad, creyendo poder tenerlo todo, se consumió al deseo de la nada, perdiendo así, definitivamente, la única batalla que importaba.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en historia y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El camino de la vanidad

  1. oscar gutierrez dijo:

    A que gran batalla entre la vanidad y la realidad, interesante, las cenizas del tiempodentro de un arrogante corazón

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s