La canción de Medea

giles

El cielo decrepito naufragaba sobre el incierto desierto. La planicie pulcra y dorada se dibujaba en las tibias arenas de la nada, allí donde el sol calentaba sin pereza, bajo los fuertes puños alzados, la magia cobraba luz a las antorchas del egoísmo fortuito, en los tenues corazones de los bandidos, de aquellos esclavos maldecidos que luchaban contra la corriente.

Giles sentía el retumbar constante de los cascos contra el empedrado. Los jinetes se lanzaban a galope en la lucha incesante sobre la verdad. Él permanecía a oscuras, intrigado y confundido, a la espera de una súbita palabra que lo obligara a alzar la vista al cielo. Pero no, continuaba bajo la terrible espera, aquella que se asemejaba años eternos, días infinitos que se mecían sobre su cabeza revolviendo un mar de recuerdos.

Se puso en pie de un salto, no podía permitirse recordar, debía alejar cualquier vil pensamiento que acudiera para infundirle miedo. Después de todo continuaba con vida, y con el hambre incesante que le acometía a su gastado cuerpo. Casi podía rozar con los dedos las sutiles tardes de vida elegante, esos ansiados momentos en los que el olor a café y hierbas seca le producían un gustoso picor en la nariz.

Pero esos eran días que no volverían. Ahora yacía bajo un matorral con el cuerpo enflaquecido y una profunda herida que le dificultaba caminar. Era un cobarde, un terrible cobarde que prefería perderlo todo a luchar con valentía. ¿Y acaso todos los hombres no eran cobardes? Sí, en el fondo debían serlo, no imaginaba que existiese uno que con cegadora valentía se arrojara gustosamente a la batalla sin si quiera sentir el ligero temor a la muerte. Giles conocía la muerte, la había visto danzar y probar de sus labios el agrio sabor al dolor, nada de eso importaba ya, para él solo existía el ahora, un ahora tan efímero sobre el que se mecía la ansiada y desdichada espera.

Agudizó el oído intentando percibir el sonido que pronto o tarde habría de cambiarlo todo. El trote veloz de un enorme corcel se alzó en la penumbra, volvían por él, finalmente acabaría su penuria dejando atrás la terrible pesadilla. Un hombre alto de rostro curtido bajó del caballo, sus ojos divagaban distantes, marcados por el dolor, denotando una profunda conmoción que aunque quisiera no podía disimular. Giles miró a su compañero con el regusto amargo de la espera en vano, esa que aceleraba su pecho ansiando la pronta llegada, ya no parecía ser tan gustosa como antes.

-¡Oh Giles! – Manifestó tendiéndose a su lado y cambiando el vendaje de la maltrecha pierna del herido – si tan solo hubieses estado allí, que lamentable, que ruin se ha vuelto el mundo contra los hombres de tan buen corazón.

“El mundo no era ruin, lo eran los hombres que lo habitaban”, se dijo Giles con pesar. Él no quería saber nada de muertes, no quería pensar en su amada tierra ardiendo a la luz del crepúsculo, no podía, no lo soportaría. Solo ansiaba saber de ella, de esa sutil y benevolente luz que le otorgaba fuerzas aun en lo desconocido. Dirigió una breve mirada a su alrededor, nadie más venía, de seguro todos a los que conocía yacían bajo tumbas anónimas ahora mismo.

-La pierna ha mejorado un tanto, tal vez sea mejor que os cambiemos de lugar…

-¿Dónde está? – Le interrumpió Giles anhelando conocer la verdad.

La frustración y el pesar se dibujaron en el rostro del hombre otorgando una respuesta mortal a su duro corazón. La fortaleza de su vida caía a sus pies como un torrente helado que lo llevaba hasta la muerte. ¿Qué sería de él? ¿De qué valía vivir sin ella? Miles de interrogantes volaban a su cabeza sin conseguir ninguna respuesta.

Con enorme dificultad se levantó, y a pesar de los gritos y las súplicas del hombre, Giles se sujetó a las riendas y echó a andar con la ferocidad de un guerrero. Solo él podría encontrarla, nadie en el mundo podía acudir hasta Medea y pretender encontrarla, no, ella no podía morir.

Medea era la suave luz que se movía sobre su cabeza en los tiempos oscuros. Era el ligero aliento que lo impulsaba a mantenerse en pie, a luchar. Lo inspiraba con su valentía, porque a pesar de todo era una fiel amazona que se dejaría la vida con tal de ver a su pueblo libre.  La decisión y la terquedad marcaban sus acciones, siempre acompañadas por el sentimiento de lealtad y justicia que tanto la definía. Pero no era por esto que él la amaba, era por sus contradicciones, que a sus ojos la volvían humana, por sus escasas debilidades y los temores que con tanta frecuencia la asaltaban.

Y era él quien más la conocía, quien se mantenía firme a su lado, sin jamás llegar a expresar lo que sentía. Porque Medea solo tenía ojos para la libertad, su corazón no albergaba más amor que el encontrar a su gente libre sin cadenas que los oprimieran.

Al final del camino se dibujaba el fuego feroz ardiendo, la ciudad se consumía en el silencio del pasado, ahogando los gritos de las gargantas secas y moribundas. La sangre se heló en su cuerpo al imaginar a Medea prisionera de las llamas. Apuró a la jaca adentrándose en las tinieblas, en ese mar disoluto de fuego del que esperaba salir con vida. O tal vez muriera, ya no le importaba morir, daba lo mismo, solo anhelaba encontrarla a ella, y por una vez, ser tan valiente y aguerrido para poder expresar lo que sentía.

-¡Medea! – Los gritos resonaban en su pecho, en un recóndito y apartado espacio de su alma, uno que se resumía a ella, a sus palabras…

Sabía que estaba perdido, que ella le había perdido para siempre. Pero las fuerzas de su cuerpo, escasas y menguadas, lo atizaron a que continuara un poco más, solo unos pasos, unas cuantas calles… Eso era lo que lo separaba de la pequeña plaza donde la vio por primera vez.

El estrecho callejón le abrió paso con dificultad, el humo denso se entornaba ante sus ojos, y allí, sobre el rígido empedrado yacía Medea. Corrió hasta su lado sintiendo la vida escapar, llevaba el vestido rasgado y una herida profunda en el brazo, los largos rizos se le deslizaban despeinados sobre el rostro fatigado. Quiso conservarla tan frágil y diminuta como se veía, quiso llenarla de besos y acobijarla para que nada le pasara. Pero los ojos de esta lo observaban fijo, con el dolor bailando en ellos, supo entonces que ella también le quería.

Y con un beso veloz, la dejó a salvo, era ella la vida misma, lo único por lo que valía la pena luchar, su amada Medea volvería a ver la luz y las estrellas, y mientras a él le quedara aliento, lucharía a su lado para ayudarla a preservar su libertad.

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