La fiel acorazada

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La brisa lúgubre aullaba en el terrible clamor de la noche, las llamas saboreaban el paso inclemente entre los estrechos pasillos de arena, entre los gritos que gruñían auxilio. El mundo se debatía entre la vida y la muerte, desfilando ante la punta del filo, amenazaba con extinguirse en un leve suspiro, y con él, desaparecerían todos los leves sueños que alguna vez anhelaron conocer.

Diez noches sumidos al ardor del fuego, al constante bullicio que emergía de la nada, como el atronador rugido de un cuervo, anunciando la muerte, la terrible noche llegaba a su fin. Ilara movía con prisa el ancho abanico de plumas, su señora se sofocaba con impertinente frecuencia, y esta no hacía más que satisfacer sus desfallecidos deseos. Sus delgados brazos abanicaban en el ir y venir, en constante esfuerzo, mientras Elena, tumbada en el lecho, no paraba de sollozar en silencio.

La habitación se asemejaba al centro de una terrible tormenta. El desorden sumía en el caos la amplia estancia, mientras su señora, bajo frecuentes ataques  de cólera,  se empeñaba en romper todo lo que estuviese al alcance de su mano. Era entonces cuando Ilara se compadecía de la pobre mujer, de la frialdad y la soledad que la acometía, aun en su demencia, conservaba esos rasgos finos de una mujer de alta cuna.

No era así con su señor, que los días difíciles habían barrido el temple fino y refinado que anteriormente dominaba su semblante. Ahora, con el final de los buenos tiempos, no hallaban otra respuesta, que el miedo crecente y constante que los acobijaba en las noches frías.

La ciudad ardía en el arrepentimiento feroz contra la monarquía, en años de hambre y miseria. Sus ojos, antes ciegos, miraban la injusticia oculta en el enorme palacio blanco, en las cálidas vidas de los señores, Elena y Cirilo eran los culpables de la terrible desgracia. Sus manos, enfundadas en lujos y joyas, ocultaban la soga que con tanto ímpetu ahogaba al mancillado pueblo.

El aire se precipitaba por la tenue ventana abierta, el rugido alzaba su canto al cielo, mientras las alas siniestras se batían en un incesante duelo. La puerta sonó de golpe, rígida y lejana, Elena dio un salto temiendo la terrible llegada, el dolor y el miedo se transfiguraban en su rostro ceniciento. No sintió calma hasta percatarse de que su hermano se adentraba, llevaba el rústico traje de combate que en otros años había usado su padre, la larga espada brillaba al cinto, como una amenaza latente, a la espera de mitigar los sueños perdidos.

¿Cómo podía él defender aquellas vagas criaturas? Ahora en la perpetua soledad, comprendía el valor de la bondad, y lo veía reflejado en el tenue rostro de una esclava. Ilora no podía imaginar lo que se avecinaba, había sido la única en no dudar quedarse con su señora, la única, cuya decisión era mantenerse a su lado sin importar el porvenir. Veía la justicia pintada en la débil figura de su hermana, la quería, más por deber que por sus virtudes. Aunque no lo deseaba, merecía achacarle culpas siniestras que solo pendían sobre ella, como la desdicha y la torpeza, sin que lo supiera, sus manos llevaban muerte, la muerte invisible que ahogaba toda una ciudad.

Ilora entornaba los ojos, en ellos no había luz de miedo o duda, moriría si debía morir, el temple de su cuerpo, se preparaba para una última batalla. Como los fieles soldados no pensaba en la desventura, en las heridas o en el sufrimiento, solo podía imaginar a su señora, esa que durante tantas noches crueles la manejaba como un vil objeto, Elena se convertía en el deber para la esclava, y entre el deber, Ilora no pretendía un mayor final que el de morir a su lado.

Cirilo las contemplaba en el silencio de la noche, debatiéndose entre las posibles decisiones, entre los fatídicos finales. No buscaba salvarse, no existía solución a la muerte inminente que caminaba en los anchos pasillos de palacio, siempre al acecho.

-Elena no hay tiempo – Manifestó en el instante que su hermana se volvía con el rostro descompuesto – Déjala ir, no hay otra solución.

Elena se negaba a decirle que se fuera, sin Ilora, ¿qué sería de ella? No, no podría sobrellevar el miedo si Ilora se marchaba, aunque esto significara el final para la joven chica también. El egoísmo pesaba más que la escasa bondad acumulada en su pecho. De su garganta escapó un rugido atronador, uno que solo se podía resumir a una indiscutible negativa.

Cirilo se mantuvo en silencio, con el pecho quebrado por el narcisismo de un ser al que quería tanto. No podía dejar de ver a Ilora, fuerte y osada, con la piel tostada y el negro cabello cayendo en trenza por su espalda. Alguna vez habría sentido admiración por ella, pero su negligencia, y la ceguera que le estorbaba los sentidos, no le permitió admirar el valor de aquella criatura.

Ilora había sido un objeto, un ser inferior de poca consideración hacia sus dueños, pero ella, conservaba un cariño idolatrante hacia por ellos. Y ante su pasado, no existían las torturas ni los engaños, solo podía fijarse en el miedo de su señora, y en lo que podía hacer para aplacarlo.

-Es el final – Le dijo él – No hay vuelta y no existe salvación, la egolatría alimentada por nuestra vanidad nos convirtió en el puñal con el que asesinamos a un reino. Ilora, vamos a reforzar las habitaciones.

La chica se puso en pie sin mirar a su señora, que se tendía llorando sobre su lecho. Cirilo la llevó a través de los fríos pasillos del que había sido su hogar, ahora un palacio maltrecho, oscuro y abandonado, conservaba muy poco del esplendor de otros años.

Alcanzaron la puerta que daba hasta el comedor. Fuera, los gritos y la revuelta se alzaban sobre el apacible silencio de la noche, perturbado ante los ojos de sus soberanos.

-Eres libre, marchaos por las cocinas que dan al este de la ciudad, ten – Entregó una bolsita repleta de monedas de oro.

Ella quiso rechazarlas y subir hasta donde estaba Elena, pero su señor la detuvo. La miró con franqueza a los enormes ojos pardos, y en un repentino momento, sus labios se posaron sobre los de ella, como un deseo conservado que finalmente alcanzaba su final.

Ilora lo miró con el corazón a los pies, mientras este, desenvainaba la espada,  dispuesto a luchar hasta el fin. Y así conservó su recuerdo, con el temple y sin temor a la muerte, como un fiel soldado que va a su última y más preciada batalla. Ilora había ganado su libertad, y a pesar del dolor, no podía volver la vista atrás, su camino se forjaba en el ahora, en el porvenir. Se marchó, se marchó olvidando el pasado, el amor y los días, que con valentía entregó a una causa perdida.

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2 respuestas a La fiel acorazada

  1. Me encanta la pasión y entrega que reflejas en tus textos. Sigue así que algún día, no muy lejano, tus obras estarán expuestas en los estantes de las mejores librerías del mundo.

  2. Me encanta la pasión y entrega que reflejas en tus textos. Sigue así que algún día, no muy lejano, tus obras estarán expuestas en los estantes de las mejores librerías del mundo.
    Éxitos!

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