El renacer de los muertos

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El susurro del viento se mecía en el silencio acogedor del vasto bosque de los inviernos. Allí, la oscuridad y el día se fundían en un solo momento mágico, en el clamor de lo interminable, de lo infinito, de lo intocable. Los árboles adormecidos bailaban la magistral danza, en el lento ir y venir de las cotidianas ráfagas, en la lejanía del mundo, allí, en lo que parecía la cima de lo inexistente, se reunían tres sombras al calor de la noche.

Los caballos repiquetearon mientras los hábiles jinetes se mantenían en el perpetuo silencio. El anciano tomó la espada, precavido, a la espera de lo que podría ocurrir, mandó a mantener la calma, en tanto que los otros dos permanecían pegados a su espalda. La expectativa los obligaba a dar pasos lentos, mientras el retumbar de sus pechos asemejaba el ligero trote de una batalla perdida.

Un hombre de alta figura emergió entre la arboleda, tras él, una joven con el rostro oculto le seguía de cerca. El anciano se detuvo apretando la mano del caballero, los años marcaban su rostro curtido, se saludaron como viejos amigos, mientras los otros observaban sin comprender la alegría de los antiguos conocidos.

-La guerra de las siete ciudades no ha dejado rastro en vuestra forma – Manifestó el anciano dando un par de golpecito a su pierna de palo – La buena fortuna ha hecho lo propio con los fieles hombres del Segador.

El caballero sonrió como pocas veces hacía. Se equivocaba, la guerra le había arrebatado algo más que la vida, su familia, sus sueños, su dignidad.

-El pasado ha quedado sepultado – Replicó el otro – Algo más importante nos une, es momento de aligerar mi carga, os entrego a Lenara, digna hija de la luz, ha de marchar al norte, más allá del camino de la luna, hasta encontrarse con el ejército de piedra.

El anciano asintió. Estaba convencido de su deber y con una simple palabra se despidió de su amigo al tiempo que ofrecía un caballo descansado a la chica. Lenara subió a lomos con la destreza de una amazona, la capucha resbaló y dejó ver sus largos cabellos rojizos, echó andar rápidamente sin dirigir más que una leve mirada a su protector. Sus caminos se separaban, no volvería a ver aquellas tierras grises hasta que fuesen liberadas.

Avanzaron durante cien días y cien noches. Los peligros de los caminos les obligaban a aminorar la marcha. Pronto encontraron cercos y altos muros de piedras, batallones enteros que le cerraban el paso, reduciéndolos a retirarse, a bordear ciudades, y cuando no hubo otra alternativa, ocultarse. El fantasma del segador los sumía en un laberinto de torturas, en un camino cerrado sin escapatoria.

Cinco años atrás, Lenara conocía los caprichos de la corte y los lujos de la corona. Nacida entre las sedas, no concebía mayor preocupación que el ser servicial y cortés a los pedidos de su  padre. Ahora, consumida en el abandono, luchaba con la fe incansable por recuperar un reino.

Sus acompañantes no eran muy diestros en el arte de la conversación. El anciano, y los dos jóvenes, Arthur y Darío, permanecían en un constante estado de alerta. Mitigados en las noches por sus profundas pesadillas, eran incapaces de compartir hazañas con la pobre princesita.

Sin quererlo, Lenara sufría, su temperamento vivaz la obligaba a retorcerse tras recibir la frialdad de sus capataces, ocultos en el bosque, no concebía otra distracción que la práctica con el arco, siempre sumida en el silencio y la soledad auténtica que solía acompañarla. Los sueños desfilaban ante sus ojos cansados, ante la sombra del pasado, esa que la perseguía impidiéndole olvidar.

Arthur la observaba consumida en vanos deseos, sabía quién era, y no por esto se dejaba maravillar ante la imponente figura de ella. Una tarde, Lenara descansa a la sombra de un gran abedul, con los pies al sol y la cabeza recostada contra la madera seca. Su expresión imperturbable lo cautivaba, y aunque quiso admirarla en el silencio, esta lo percibió de inmediato por lo que tomó una postura regia.

-Siento haber interrumpido vuestra reflexión – Se disculpó mientras ella se encogía de hombros – He visto como os debates entre sueños, conservando una calma fingida, mientras todo vuestro interior lucha por alcanzar el triunfo.

-No es un asunto de vuestro interés sir – Protestó esta con evidente molestia al tiempo que se ponía en pie – Quién soy yo, o los objetivos que persigo no incumben a la curiosidad de un joven caballero.

Lenara hizo ademán de marcharse pero Arthur la sostuvo por la muñeca. Esta se giró enfadada pretendiendo obtener el respeto que se merecía, los ojos de él la observaban en la apacible calma de la felicidad, una calma que ella no conocía y en la que nunca había vivido. Se soltó y le perdió de vista.

A las sombras aguardaba la seguridad rotunda que se borraba de sus manos. Un imperio moría a sus pies, y con este se anulaban sus recuerdos, ahuyentados del pasado, uno a uno se sumergían en la nada y en el todo, mientras ella, se condenaba al exilio, a la soledad, a la muerte.

El ejército aguardaba al otro lado del mar, en la espera incesante de un monarca para gobernar. Pero Lenara temía no poseer el don de sus antepasados, el convertirse en una pieza rota, desprovista de fuerza. Ella no era su padre, y aunque lo intentara no podría abarcar con el mismo entusiasmo que otros días, el llevar a los hombros la guerra.

El anciano la observaba, consumido en breves pensamientos, en comparaciones, en sueños enterrados. Ahora veía en ella la salvación, pero, ¿Ella lo veía también?  No era posible, su rostro reflejaba las dudas que por las noches le asaltaban.

Sin embargo, entre el pequeño grupo, había alguien que no se dejaba empequeñecer, y que de cualquier manera presumía del carácter de espíritu que alegaba poseer la princesa. Y es que Arthur, no se dejaba eclipsar por miedos o sueños, no tenía nada a que renunciar, y nada a que aspirar, hasta entonces, se conmovía en el tormento del letargo eterno. Aun así se mantenía sereno, en una apacible alegría que ella no llegaba a comprender.

Lenara se alzaba como el fin de un tiempo, como el renacer de los muertos. Mientras los hombres clamaban a voces su nombre, ella emergía de las luchas, de sus miedos, del porvenir. Cuando el ejército de piedra se encontró con el reducido grupo, ya no era una pobre princesita, era una reina, una guerrera que lucharía hasta alcanzar la libertad de sus tierras.

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