El murmullo de la noche

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Las noches furiosas acometían en el vago silencio, en la rotunda oscuridad del ayer, mientras los labios de arena se mecían en los torpes anhelos, una vida, trémula y  ambigua, encontraba la salida.

La tormenta rugía con el ímpetu del miedo, los truenos se agolpaban bajo un cielo estrellado negro, la luna se ocultaba, tímida y asustada, mientras el indeciso tenor irrumpía sobre el viento. Las olas mecían los ansiados temores de la muerte rotunda, la que acudía por las noches, en el silencio agonizante de miles de canciones rotas.

Bajo el rugir de las centellas, el aullido de los lobos se precipitaba en el ancho bosque, en ese recóndito lugar a expensas del mundo, donde una siniestra cabaña se alzaba en la marchita espesura, allí, donde la existencia acababa. Las sombras fueron testigos del nacimiento de Ava, de una tenue luz que por primera vez se acercaba. Era la muerte misma quien acobijaba sobre sus desnudos brazos una nueva vida.

Acunada por el ciego amor de una madre egoísta, Ava creció en la soledad, la reclusión la obligó a no conocer más que las caricias sobreprotectoras de su cuidadora. Ravena, era una mujer álgida de duro carácter, rostro ceñudo y figura torcida. Su hija se convertía en el mundo mismo para ella, en el único bien y compañía para su alma fría.

Y allí, en ese recóndito lugar de su ser, albergaba el oscuro secreto cuya vida se aferraba, sin una pizca de amor, se convertía en la madre adoradora que toda hija merecía tener.

Ava se mecía en el ciego cariño por su madre, imaginando que más allá de la frontera, solo aguardaba un mal profundo. Aterrada por causarle molestia, obedecía dócilmente sin llegar a cuestionar los terribles ataques que sufría eventualmente la vieja hechicera.

Pero el aislamiento no podía ser eterno. Poco  antes de que Ava se convirtiera en mujer, los vagos, niños y mujeres ancianas, deambulaban por los alrededores. Quien asomará su presencia en aquellas tierras hostiles era presa del miedo, del temor a las consecuencias de la terrible y cruel Ravena.

La niña creció escuchando leyendas de guardianes de la oscuridad, de brujas perversas que robaban los corazones de niños por la noche, pero jamás concibió la idea de que su pobre madre, fuese una mujer terrible como aseguraban quienes pasaban por su cabaña. Nadie osaba dirigir una mirada más allá de la valla, y la bella criatura, muy distinta a su progenitora, era amable y cordial con cuanto viajero se paseara por la carretera.

Albergaba en su corazón el anhelo fortuito y reprimido de observar el mundo, no comprendía cómo gente tan sonriente podría lastimar o hacer mal alguno a alguien. Por el contrario de lo que su madre aseguraba, Ava no podía observar el mal en los ojos viajantes, solo se cautivaba en tenues conversaciones a expensas de la dura vigilancia de Ravena.

Pero los deseos oprimieron su blando corazón, la curiosidad venció a la obediencia,  y finalmente el ímpetu pudo más que la razón. Ava se lanzó a la que sería la aventura de su vida. Sin detenerse a pensar, marchó al pueblo cercano, sin saber qué buscaba, o qué esperaba, solo se dedicaba a saborear el vértigo que cantaba en su garganta, como la magia de las noches, como el sol de las mañanas, algo en su interior bullía de entusiasmo de solo imaginar el porvenir.

Al llegar al pueblo, se encontró con el leve palpitar de su pecho, una desconocida sensación embargó sus miembros, llenando de júbilo su pecho. Intentaba buscar en su interior las razones que la hicieran regresar, pero en lugar de pensar en su pobre madre, se encontró con los colores vivos que la atraían en la plaza central. Allí las mujeres llevaban largos vestidos alegres, rosas doradas adornaban sus cabellos rizados, mientras un par de hombres, tocaban la lira y el arpa, en una dulce melodía.

Quiso ver más, sentir el clamor y la alegría, tan desconocidos para ella, que por una vez sentenciaba al olvido sus deberes como hija.

Pero la magia no podía ser eterna. En un efímero y repentino momento, una mujer de rostro severo tropezó con ella, al detenerse y observarla a detalle, sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras su lengua se trababa en su garganta.

-Sois la hija de ella… – Gritó por fin -¡Fuera de aquí, fuera! Ella vendrá, no sabéis de lo que es capaz.

Y echó a correr al borde del llanto. Ava estaba habituada a las habladurías sobre Ravena, sabía que su madre simpatizaba con la magia negra, pero aún así, jamás había sido testigo de que hiciera algo malo, por esto creía que le temían.

Pronto, quienes se percataron de su presencia, empezaron a gritar y anunciar que la muerte les perseguía. Muy a pesar de su noble temperamento, en el bosque podían compartir palabras con ella, pero el verla allí, en su triste pueblo, era el augurio del fin.

El bullicio se extendía a lo largo y ancho, los hombres se atrincheraron anunciando una guerra, las antorchas brillaban con el leve rugido del viento. Ava comprendió que de no volver a casa, se encontraría en medio de una batalla. El instinto la azuzó a huir, pero algo en su interior le suplicaba que se mantuviera, que observara para finalmente comprender el don de su madre.

Corrió con el alma a los pies, su vida, tan serena y alejada, ahora la mitigaba obligándola a regresar a ese lugar del que nunca debió salir. Como una carrera impulsada, sus pies daban marcha, no sin antes arrepentirse por haber desobedecido la palabra de su madre.

Su marcha avanzaba hasta casi llegar al bosque, y cuando creyó sentirse segura, alejada del ruido y las pretensiones, se topó con la vaga figura de su madre. Ravena aguardaba a expensas del camino, de pie, con el cabello revuelto y el vestido convertido en harapos.

-¿Qué ha pasado?

El duro semblante de la mujer no dio respuesta alguna, con un leve movimiento de mano acabó por golpear con violencia el rostro de su hija. Ava se dejó caer, confundida más que adolorida, llevó su mano a la mejilla sintiendo como la sangre le corría.

-Es la última vez que os permito salir de la cabaña, ni un pie pondrás en el jardín – Replicó furiosa la mujer sin dejar de mover la manos – ¿Te crees con el derecho de dejarme cuando lo dispongas? Te equivocas, ¡tú me perteneces! – Hizo un gesto golpeando a la pobre criatura con la punta del pie – Arriba, volvemos.

Ava la miró, por primera vez el velo caía de sus ojos, observaba a su madre como lo que realmente era, una bruja que robaba almas. Todas las historias de miedo se resumían a ella, y Ava no era más que una cómplice ciega.

Decidida se abalanzó sujetando el pequeño puñal que solía llevar bajo el vestido, liberaría al mundo de una presencia tan siniestra. Sin importar la fortaleza, su madre no le arrebataría el sueño por vivir.

Cuando el filo acarició la carne, Ravena se convirtió en polvo y niebla, dejando el vacío absoluto como si nunca hubiese existido. Ava observó temiendo un feroz conjuro, ahora comprendía que era hija de la maldad, alzó el puñal y lo dejó caer, no podía entregarse a la muerte, aún no, no era el fruto de la maldad, y aunque se lo dijeran, lucharía por borrar el recuerdo maligno que dejó Ravena.

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2 respuestas a El murmullo de la noche

  1. jorge dijo:

    ¡Me ha encantado! La forma en que lo narras, los personajes, el final. ¡Todo! Muy bueno. Saludos.

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