La ciudad de las arenas

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Un soplo de aliento se movía silencioso entre el pardo y acorde cielo. Allí rugían los años secos, a la expectativa de los nuevos tiempos, temblando a ciegas, caminando a tientas. Los hombres, doblegados ante leyes absurdas, se conmovían sobre el viento, obligados a vidas fútiles, ásperas y casi sublimes, en las que su breve existencia se convertía en la nada.

El mundo se sumía bajo la oscuridad perpetua de la noche eterna, esa en la que la luz se extinguía en los deseos marchitos de un pueblo muerto, arrepentido ante la espera, consumido y retirado al olvido.

Aella se detenía en el umbral para escuchar el bullicio. La ciudad de las arenas ardía, el fuego arrasaba los altos valles extenuando todo a su paso. Fuera del palacio, miles de voces gritaban en busca del auxilio, aclamaban a su reina, a quienes muchos veían como su salvadora, y otros tantos como una terrible hechicera. Pero Aella se mantenía a las sombras, no osaba deambular en los anchos pasillos ni echar una breve mirada en el palco, la terrible verdad atenazaba sus profundos miedos, arrastrándola a la indolencia absoluta que ahora disipaba a su pueblo.

Un golpe resonó contra la puerta, la luz le dio en el pálido rostro mientras Karpos se aproximaba hasta ella. Su rostro sombrío la llevaba a recordar las horas terribles ante de la inminente verdad, antes de que todo se diluyera.

-No existe alternativa – Musitó él llevando la copa de vino hasta sus labios, parecía cansado, con los ojos febriles dilatados ante la angustia – Han huido todos, salvo nosotros, el palacio se halla en absoluta soledad.

Una sonrisa sardónica asomaba en su fino rostro, Aella conocía aquella expresión, era una burla que se derrochaba evitando el miedo. Nadie le obligaba a mantenerse allí, Karpos podía haber escapado cuando aún le quedaba tiempo, pero el tiempo, era lo que menos poseían ahora, y tal vez el mayor de sus problemas.

Ella había sido una buena reina, al menos eso se obligaba a pensar. Debía sepultar aquellos vicios y tormentas para intentar encontrar una nueva respuesta.

Los fantasmas la perseguían aun en víspera de su muerte. No podía simplemente olvidar el pasado para dedicarse a salvar a un pueblo que solo había encontrado la destrucción. Aella había sido cómplice y colaboradora, no podía negar verse como realmente era, la hija de la avaricia.

 Se contemplaba entre largos sorbos de vanidad, acicalada por viejos cumplidos, jactanciosa y alegre, casi promiscua, mientras su gente se abalanzaba con todo placer y gusto al olvido.

Y ahora estaba Karpos para recordarle que su maldita existencia debía pagar las debilidades de la carne. Él, que ciegamente había sido su mano derecha, acompañándola y riñéndole, era el único que no marchaba hacia el este, y quien más lo merecía.

Aella lidiaba con el tormento del recuerdo mientras los gritos iban en aumento. Finalmente se observó en el espejo, la palidez casi mortal la obligaba a renunciar a sus gustos refinados por la belleza, la piel marmolea se convertía en un vago pliegue cetrino que lucía apagado y grisáceo a la luz de la luna.  La delgadez simulaba su cuerpo en la hambruna de los últimos días. Mientras sus manos, plácidas y sutiles, eran rígidas y toscas. Quiso llorar, pero la debilidad de imaginarse a sí misma desterrada a la nada, la obligó a alzar la barbilla.

Echó el fino chal dorado sobre sus hombros y caminó con decisión hasta el palco.

El infinito mar de rostros irreconocible gruñó, el rencor asomaba en sus labios maltrechos, esos que se encontraban a punto de sumirse en  la muerte. ¿Qué podía hacer una reina fatigada para salvarlos? No podía salvarlos sin antes salvarse ella.

El fuego ascendía, bailaba en un metódico ritmo, en un infinito propenso al olvido.

-¿Estáis segura de que es la única manera? – Inquirió Karpos con nerviosismo.

Ella asintió casi sin pensar, si se detenía a abarcar las posibilidades podría arrepentirse, y de arrepentimientos ya no podía vivir, esa sería la única alternativa para redimirse.

Los pocos guardias que quedaban abrieron las pesadas puertas. El estrepito estalló en un inconfundible aleteo gutural, la reina con la cabeza en alto cabalgó seguida en un reducido séquito que iban delante y detrás de ella. Karpos se mantuvo a su lado, cabizbajo con el rostro entre sombras.

Aella se prometió mirar con gravedad y atención el desastre que la rodeaba, aún cuando se entregaría por ellos, debía apreciar el dolor y el sufrimiento que se extendía más allá de su pecho.

La montaña se dibujaba como la marea rojiza que apaciguaba sus atesorados temores. Allí, el fuego lamía el cielo consumiendo el destierro al que se sometía Aella. Miles de ojos curiosos asomaban entre la noche, sus discípulos ansiaban ver el rotundo final de la reina adorada.

Karpos la miró lamentando haberla seguido hasta allí. Sabía que nunca volvería a apreciar la luz, pero el verla entregarse a las llamas con absoluta decisión era un castigo cruel, aun tomando en cuenta sus equivocaciones.

-¡No lo hagas! – Suplicó en un último intento por aplacar sus emociones.

Aella sonrió, como hacía cuando era niña, con los bucles rojizos cayendo sobre su frente. Besó su mejilla, no era una despedida, ella no pretendía decir adiós, simplemente deseaba librar los daños ocasionados a tan buen y noble caballero.

El aullido feroz aumentó.

Aella se encaminó decidida a su destino. Con el rostro en alto sin ver más que el infierno alzándose a sus ojos. Sintió el calor en el cuerpo, en los brazos, mientras con un último aliento, se destinó al fuego.

La nada se convirtió en el todo, y la oscuridad se volvía día ante las incrédulas miradas. Aella expiaba sus errores en un rotundo instante en que el mundo volvía a ser mundo.

El mar siguió su curso, dando paso a la cautividad de la vida.

Y cuando Karpos creyó que no en vano Aella había otorgado su existencia, las llamas perecieron a la lluvia, dejando una figura oscura a la intemperie, desconocida y desvalida. Solo acercarse la apreció. El sacrificio le había robado la juventud, pero allí se encontraba Aella, viva, destinada a conservar la paz y llevar su legado hasta el fin.

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2 respuestas a La ciudad de las arenas

  1. María dijo:

    Un gran relato, con un final totalmente inesperado y mágico que invita a una segunda parte, para saber de esa reina jactanciosa y alegre, casi promiscua. Me ha gustado mucho. Un abrazo.

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