El candor de la noche

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El dulce abismo desfilaba ante sus ojos como el vago augurio de la muerte. La nieve se enfilaba allí donde el precipicio culminaba, con la escarcha a la luz, a los infatigables rayos que se colaban colina abajo. Los suaves copos se posaban en el incesante canto de lo desconocido. La lluvia batía con insistencia el eterno día invernal, mientras la vida breve, continuaba al paso sinuoso escapando a lo inclemente.

Persis agachaba la cabeza poco dispuesta a aceptar su destino.

En el silencio del bosque, donde nadie podía escuchar el infinito lamento de su alma, se retorcía incesantemente, lamentándose de haber nacido en una sociedad efímera cargada de vagos prejuicios. A veces creía acariciar un sueño muy grande para su pequeño ser, otras, se convencía de que eran tiempos difíciles y nada más. Pero, aunque intentara discernir, y creer cualquier mentira fatua, no podía negar la verosimilitud de los hechos, las mujeres no estaban hechas para la guerra.

Apenas y lograba recordar la libertad de días  mejores, su familia pertenecía a la raza Aris, quienes poseían el gen de la piel tostada, simplemente por ser diferentes, eran repudiados en una sociedad atribuida de manías sobreestimadas y falsos valores a sueldo. Persys reconocía su enorme desventaja, pero no era una excusa para doblegarse ante quienes no ejercían punto en su historia.

-Mantened siempre un perfil bajo – Repetía constantemente su madre al tiempo que la mandaba a ella y sus hermanas a trabajar.

La vieja panadería no era el lugar idóneo para forjar su voluntad. El temple y la viva juventud brillaban de entusiasmo en sus ojos inocentes, esos que no podían ver maldad o resentimientos en los rostros ajenos. Esos que no alcanzaban a comprender el rumor sordo que se extendía a su paso.

Pero, en días felices los reyes gozaban maltratando al pueblo olvidado, y no era el pequeño poblado de Zyphire la excepción a la regla. Pronto estalló la guerra, y con ella vino la peste y el hambre.

Los hombres marcharon convertidos en álgidos guerreros de armaduras bruñidas, mientras las mujeres, a la pronta expectativa de la muerte, enfilaron a pie de la colina para verlos desaparecer en la bruma celeste.

Fue entonces cuando Persys desestimó el por qué de las situaciones. En un mundo vacío y consumido, eran los hombres los buenos para todo, mientras ellas se destinaban al encierro caótico, a la espera furtiva que nunca acabaría.

¿De ser ella una reina podría marchar a la guerra? La respuesta siempre recibía una rotunda negativa. Nadie de su raza podría poseer sangre tan pura siquiera para considerarse noble, sin mencionar que en aquel mundo, las mujeres no poseían voz ni autoridad, esta solo se destinaba a hombres de alta capacidad, para quienes la naturaleza había provisto de grandes cualidades y dotes, que aquellas que le otorgaban la vida, jamás poseerían.

Era entonces como veía su existencia condenada a la espera, a la espera rotunda de ver a sus hijos crecer para luego obtener más derechos que los que ella nunca tendría. Porque el mundo la concebía como un todo para regalar hombres sanos a la tierra que habrían de establecer el orden, mientras ella, se consumía entre cuatro paredes obligada a sus tareas domésticas.

Pero, ¿Qué pasaba con aquellas que no se doblegaban ante el orden natural de la vida?

No era muy difícil saberlo, ellas vivían al margen de la sociedad, como un mal engendrado, como mujeres vagas y temidas,  a quienes muy pocos osaban siquiera dirigir un saludo.

Y allí se encontraba Persis, entre los miedos del destierro y la vida sumisa a la que de seguro se hallaba condenada.

Cuando se opuso a las convencionalidades de su madre, sus hermanas saltaron de espanto. Eran parte de un todo, cada una acostumbrada a desarrollar el papel que les habían impuesto sin cuestionar el por qué de las situaciones, sus mentes se hallaban engranadas a formar parte del orden.

La única manera de desprenderse de las normas era acabar con los lazos que la mantenían unida a la ciudad. No importó las suplicas de su madre, las lágrimas amargas de su familia, ese era el coste por la libertad, decidió marcharse en busca de la igualdad, en busca de un lugar en el que no fuera mujer para hacer lo que quisiera.

Y allí se hallaba en el bosque, sumida en el silencio, entre tenues arrepentimientos, ¿Cómo podría redimir el pasado? No lo sabía, cada tanto que intentaba encontrar una contradicción se topaba contra un muro de piedra.

No podía doblegarse ante las injusticias, no podía humillarse a buscar marido y dejar que la vida siguiera la naturalidad de la historia. Persys no quería ser como cualquiera, añoraba la libertad y la justicia. Probar esa sensación de por primera vez poseer una voz, de decir lo que pensaba y no temer a las miradas ajenas, quería sentirse igual a cualquiera, quería ser una guerrera.

No podía apaciguarse y hacer lo que todos quisieran. Tomó el pequeño baúl y destino a marcharse al sur. Aunque no volviera a ver a su familia, aunque nunca regresara, tenía la simple idea de que por hacer lo que su corazón le dictaba, cortaba las cadenas de la opresión que hasta entonces la ataban.

Fue así como su destino, incierto y temido, se dibujó como el ancho mar por recorrer, Percys no dejaría que ningún hombre se impusiera ante ella, marcharía en busca de alcanzar la anhelada libertad que le era negada, tal vez, en otro lugar, las mujeres como ella podrían luchar, podrían ser verdaderas guerreras, mujeres de temple, de voz y sobre todo, de igualdad, sin importar nada, Percys se marchó a la espera de un mundo mejor.

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