El baile de la luna

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El canto de los pájaros se alzaba en la montaña como el trágico adiós del ayer. Las sombras marchitas caminaban a ciegas en la alta colina negra, donde el sol no calentaba, donde la rotunda negrura se sumía en el silencio inaudible de miles de sueños concebidos. Acallando los gritos temidos, llenando de lujuria aquellas gargantas secas.

Helios despertó en medio del bullicio matutino, la vida seguía su curso aun en tempestades propicias. Recordó las pesadillas, esas nubes grises que con tanta constancia le asaltaban en las noches desiertas, era un negro presagio de su alma, era el porvenir que amenazaba con perseguirlo noche y día.  El deber pesaba en su alma, en ese ajado ser que aún conservaba, como un hombre severo, como un soldado fiel a su patria.

Se desperezó echando sobre sus hombros la enorme capa dorada. Era un día fresco, ventoso, en el que poco menos que unos blandos rayos se colaban entre la densa niebla.

El lamento tardío lo devolvió al trágico presente. Las nauseabundas celdas se convertían en el infierno encarnizado con el que debía lidiar. Un cazo con agua sucia era lo único que debía recibir su maltratada prisionera. Tembló ante la sola idea de presentarse ante ella.

Allí abajo, donde la vida perdía curso y se sumía en la indecisión hosca y perpetua. El llanto acariciaba sus labios, entregándose a una dulce y maldita melodía, esa que envolvía sus sentidos, que le recorría el cuerpo en un suave ir y venir acompasado como las olas del mar.

Echó llave dejándose engullir la nariz por la ofuscada criatura que placía allí. En un rincón, sobre un duro lecho de paja, la hija del sol descansaba. El cuerpo convertido en ovillo, con el cabello sucio cubriéndole la cara, las manos ensangrentadas se apretujaban deteniendo la hemorragia, en tanto que sus ojos permanecían cerrados, muy lejos, protegiéndola de la inconsciencia.

¿Cómo podía retenerla? Como una prisionera indomable y peligrosa, sabía que podía recurrir a sucios trucos y hacer uso de ese hechizo que parecía dominarla por completo. No era más que una tierna criatura, incomprendida, acorralada.

Helios sabía casi nada de ella. Desde su llegada al palacio, lo habían nombrado el guardián de Anysia. La pequeña criatura era una cabeza más baja que él, llegó al enorme salón con su reluciente vestido de oro y el largo cabello cayendo sobre su espalda reluciente, sus delicadas manos se encontraban atadas mientras era escoltada por una docena de guerreros. ¿Cuáles eran sus crímenes? Se le acusaba de hechicera, de esconderse al amparo de los bosques y practicar la magia negra.

Su guardián dudaba que semejante niña, una preciosa ninfa, fuese capaz de ser retenida por tales crímenes. Algo se ocultaba ante el arma que ahora contenía  en el sucio calabozo.

Fue entonces cuando conoció la verdad, ese recóndito espacio de luz que ahora concebía la esencia que se encerraba entre sombras maltrechas. Pocos sabían de la existencia de Anysia, era un ser inmaculado nacido de la bruma y el sol, habitaba en los bosques del norte, como una ninfa preciada que adoraba su libertad. Contando con la maldita suerte de saberse preciada ante grandes reyes, quienes, dominados por la codicia ciega, añoraban poseer tal amuleto. Ahora se hallaba desterrada a un escabroso rincón sin fuerza posible para usar su don.

Podía decir una sola palabra y tal vez ella hablara, las incógnitas sacudían su cabeza mientras la estudiaba con detenimiento. Helios gruñó ante las deplorables condiciones que la encontraba, de seguir así pronto moriría, o ¿Ya estaba muriendo? Una parte de él le susurraba una tosca verdad, el ser de luz se extinguía, privada de libertad, la avaricia de su señor, la condenaba a un destino fútil, a un adiós implacable.

Pero la naturaleza de Helios le impedía actuar. Era noble ante su superior, no podía permitir que aquella criatura conmoviera su enterrado corazón.

Decidió darle agua limpia y un poco de pan. Anysia  rechazó mirándolo fijamente, sus ojos grises lucían tristes, vacíos, aquella niña se moría definitivamente.

-Si no comes algo, poco vas a durar – Manifestó con voz dura.

Ella retrocedió tímidamente temblando de los pies a la cabeza. Sus pequeñas manitos se contraían, heridas y magulladas, quiso ayudarla, quiso salvarla.

¿Qué era más noble, servir a su señor o a su corazón? Helios no lo sabía, jamás se había permitido doblegarse por un repentino sentimiento, pero la conmoción que lo ablandaba, le obligaba a mirar de nuevo su oscuro pasado, esos días lúgubres a la espera de la muerte repentina.

Sin saberlo, Helios se volvía parte de ella, y un instinto desconocido lo movió a actuar.

Anysia se desvanecía en el silencio, en tanto que las sombras le servían de aliadas para ocultar su trama. La ninfa apenas y pesaba en sus robustos brazos de soldado, sentía el temblor que invadía su cuerpo, sus labios susurrantes en busca de un aliento.

Tras cruzar los muros y cabalgar al norte, Helios se detuvo a pensar en las consecuencias. Ya nunca sería un hombre de palabra, de nobleza ni de confianza, se convertía en un prófugo, en un traidor a su amado pueblo. No podía, después de todo no podía…

-Por favor… – Susurró Anysia al borde de las lágrimas entre sus brazos.

Por una vez, el enorme caballero escuchó su corazón, por una vez la razón no lo controló. Cabalgó a cuestas, dominado por el silencio, por los nervios de acero que asechaban en medio de la oscuridad.

Al llegar al preciado prado de plata, desmontó, y la pequeña Anysia pidió caminar a solas. Él se detuvo a observar, como un ocasional visitante que se hacía partícipe del templado amanecer, aguardando en la penumbra, agazapado al miedo.

Anysia caminó débilmente nutriéndose de su entorno, sus miembros poco a poco recuperaban la naturalidad del movimiento, llenando de vigor su deslucido ser. Sus pies se encontraron en el lago, en esa noble superficie de plata, mientras sus brazos se entornaban en la repentina danza. De pronto, la luz brilló en lo alto, en un súbito instante de maravilla, en un canto mágico y dorado, en tanto que las flores se esparcían entre el viento veloz. El baile cesó, Anysia ya no estaba allí, entonces Helios se maravilló, conmovido, observando cómo la noche se convertía en día, y comprendió que había salvado a la mismísima hija del sol.

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2 respuestas a El baile de la luna

  1. Becca Fernandez dijo:

    ¡Aquí me tienes! Soy la autora de “La pulsera de bronce” y propietaria de la comunidad “literatura fantástica española” donde habías dejado tu link a tus creaciones…

    Pensé que era libro y que se podía comprar… iba directa a ello…joooo

    Pero me ha gustado mucho, y volveré por aquí a menudo a leerte. ¡Eres buena!
    Mucha suerte, y vamos hablando

    B.F

    • vane259 dijo:

      Muchísimas gracias! De momento no tengo nada publicado más que mis relatos aquí en el blog. Tengo dos novelas escritas que aún no han visto la luz. Gracias por tomarte el tiempo y dejarme tu opinión. Espero que continúes visitando iris de asomo. Saludos

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