El aprendiz errante

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El bosque ululaba ante la inminente salida del sol. Las vagas tierras del adiós se perfilaban bañadas por la cálida luz celeste de la aurora, mientras el viento aullaba en un último lamento de noche. Los hombres se arrodillaban ante el mutismo obtuso, ante esa leve mirada, ese sutil rechistar que ahora ahogaba sus breves susurros.

Dal sentía el pecho desbocado entre el miedo y la emoción. El fuego oscuro se alzaba en una pared indescifrable llamas naranjas. A partir de ese momento dejaría de ser un novato, ya no sería un discípulo, sino un hombre honrado que ahora llevaría la capa.

El esfuerzo de toda una vida se resumía a ese fugaz momento.

El abismo enfilaba en tanto que el coro sordo se perdía en el apaciguado silencio. En ese ansiado instante, el anciano de enorme barba alzó las manos al cielo. Sus ojos blancos, carentes de vida y emoción,  parecían distinguir el porvenir de cada uno de los aprendices, de esos hombres valientes que entregaban con plenitud sus mejores años por una causa no del todo justa. Él era un testigo fiel de sus sacrificios, de sus dolores, de la persistencia con la que durante toda una vida, habían luchado.

-Hemos de convocar a los nuevos miembros de la corte – Anunció con voz audible el viejo hechicero –  Hombres aguerridos, preparados para llevar la luz a cada recóndito lugar de este mundo abandonado a las sombras.

La emoción brotaba como un torrente en sus álgidos corazones, Dal preveía sus sentimientos ante la importancia de tal hecho.

Uno a uno, los hombres fueron llamados, sometidos a la prueba de la lengua de fuego, para luego, henchidos de orgullo y gloria, alzarse con el preciado premio.

Y cuando Dal creyó que su nombre figuraría en la lengua de fuego, el sol brotó en las altas colinas del miedo. El consejo alzó la vista, y Baruk acabó por dar finalizada la iniciación.

Alegremente, los nuevos reclutas se conglomeraban cargando la enhorabuena entre ellos, como un habitual ritual, como una frugal bienvenida de sus nuevas vidas. Dal observaba, consumido en la confusión, abandonado al silencio. Seguía siendo un aprendiz, un hombre sin valor que destinaba su vida a servir a otros, un ser tan vacío, inocuo y dependiente,  que jamás alcanzaba a pasar la prueba.

Un poema roto flotaba entre sus labios.

Cuando todos se marcharon, no quedó más nadie que él acompañado por sus dolorosos pensamientos. Una mano ajada se posó en su hombro intentando aliviar su pesar, Baruk sostenía el cetro y miraba a la nada, perdido entre sus pensamientos, ansiando dar valor a ese joven perdido que yacía como un alma rota. De su bolsillo extrajo una piedra de luz que tendió al aprendiz, Dal le miró acontecido, con la ira bailando en la mirada, en la súbita decepción que subía por su garganta.

-Siempre seré la nada para ustedes – Manifestó rechazando el obsequio – Siempre he de quedar como la pieza rota que no encaja en este mundo frío, ¿Para qué me trajiste aquí? He dado mi vida ciegamente para obtener nada.

No era la primera que se veía en semejante frustración. El anciano lo sabía, conocía sus miedos y sus dudas, ya habían discutido al respecto, solo que ahora Dal se percibía como el fin de sus días en aquel castillo negro.

-Aquel que da su vida desinteresadamente no siente molestias ante la espera – Replicó el otro con confianza – Cuando aprendas el valor de la humildad y la paciencia, estaréis preparado.

Dal no acababa por comprender el concepto ambiguo del desinterés. Sentía que se dejaba la vida en aquel viejo castillo, sentía que esperaba a cambio de nada. Pero en lo más hondo de su ser, en lo más recóndito de su alma, algo esperaba, bailando ante las llamas, anhelando ese último suspiro de placer que habría de llevarlo a la gloria eterna.

De regreso al palacio se observaba como una pieza rota que no lograba encajar, como un hijo de la noche consumido a las sombras malditas. Era la tercera vez que se presentaba ante la lengua de fuego y no lograba obtener la ansiada capa de hechicero. No importaba cuanto intentaran convencerlo, él no podía permanecer allí una sola noche más.

La antigua alcoba lo recibió al calor de las velas, entre la oscuridad maltrecha de una celebración que no lo incluía.

Tomó su bolso destinado a unas escasas pertenencias que no se decidía a abandonar. Y sin mirar atrás dejó el lugar que durante años llamó hogar.

El futuro empinaba un camino duro y solitario, las vagas decisiones rondaban su cabeza sin hallar un punto de salida. El fatal silencio subía a su garganta colmándolo de viejos recuerdos, de una forma irracional, y poco lógica se desprendía del pasado.

Allí en la colina, en la alta cúspide desierta, entrevió la larga figura del hechicero. A Baruk no se le pasaba nada por alto, y menos la ausencia de su querido aprendiz, lo esperaba en la planicie, como quien aguarda con paciencia la llegada de la luna.

-Definitivamente la paciencia no ha sido vuestro punto fuerte – Manifestó su mentor a la luz del crepúsculo.

Dal agachó la cabeza avergonzado. Sus arrebatos siempre conllevaban duras lecciones, y ahora podía ver la decepción pintada en el rostro de su maestro.

-Eres un buen chico – Manifestó con  media sonrisa el sabio anciano – He de admitir que no siempre he sido justo, y en tu caso peco justamente de ello. Nunca quise que os dieran la capa, no por egoísmo o por no creeros preparado, sino porque siempre mantuve responsabilidades más grandes para cargar en esa joven espalda.

El hechicero sacó del cinto una larga espada resplandeciente que mostró a los ojos incrédulos de Dal.

-Si por esta vez, eres paciente y mantienes la constancia, os puedo jurar que no serás menos que un aguerrido y valiente hombre de nuestra corte. La capa no ha sido nunca vuestra, y nunca lo será. Os entregó la espada del rayo – La tendió ante sus brazos – Serás quien la lleve a las blancas montañas de cristal y encontrarás al digno guerrero que pueda vencer las sombras, serás su mentor…

El destino preveía un camino distinto al imaginado, sus luchas, su esfuerzo, ahora parecía encontrar un cauce por el cual correr con libertad. Dal  veía el porvenir con un ansia desconocida. Nunca dejaría de ser un aprendiz, un novato, pues siempre tendría algo que aprender y ver, pero  no solo era un caballero errante con una importante misión, ahora llevaba la responsabilidad de un reino, cuando horas antes se creía poco útil ante una batalle incesante a las sombras de la noche eterna, se alzaba como el único elegido para convocar una nueva luz.

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5 respuestas a El aprendiz errante

  1. Juan Alfonso dijo:

    Excelente relato. Me encanta el uso de las palabras y sus espacios y pausas …
    Encantado de leerte cada mañana temprano en los desayunos. Saludos de parte de un disfrutador literario.

  2. Aube dijo:

    Tu historia ha encarecido mis pupilas, pues en ellas se encuentran ahora suspendidas bellas imágenes suscitadas por tus palabras. He de reconocer que lo fantástico no es un tema que me atraiga, pero tu forma de tratarlo y transmitirlo es, y nunca mejor dicho, mágica.
    Enhorabuena 😆

  3. Deni dijo:

    Me gustan muchos tus escritos y las imágenes con las que los acompañas. Te invito a visitar mi blog cuando quieras, donde subo fragmentos de mi novela recientemente publicada. ¡Saludos! http://www.medania.com.ar

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