La legión de los hombres libres

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El universo eterno ahogaba sus profundas penas en el mar del silencio. La luna, conmovida y maravillada, derrochaba su luz de plata sobre los amplios lagos de cristal, en un súbito aliento del ayer, de un pasado fortuito que escapaba a las miradas ajenas.

Los años se avecinaban en la ancha profundidad del bosque. Allí donde las almas vagaban, era el destino insoluble de los pobres desesperados que nada tenían ya por perder. Acogidos en la humilde morada, los malaventurados hombres se henchían de orgullo vanagloriándose como héroes, como ex soldados que vivían al margen de una sociedad impúdica, cargada de misterios, de valores arraigados a los que ellos concebían como un mal engendrado.

Cyrene aguardaba con el ímpetu de la juventud la llegada de un nuevo día. Sus nervios se estremecían al escuchar las tenues respiraciones que la rodeaban, era la única que podía mantenerse en medio de una manada de prófugos corruptos. La única con valentía suficiente para no dejarse vencer por los temores arraigados durante toda una vida.

Con el primer rayo de sol, las colinas despertaban bajo el encanto de la luz matutina. Los hombres, acostumbrados a la rutina,  se marcharon a los bosques en busca de nuevos botines en los caminos reales.

Era un día como cualquier otro, salvo que Cyrene se sentía desvanecer ante las expectativas alimentadas al calor de la noche.

-Los hombres no alzarán sus voces por una mujer – Le dijo el anciano que ansiaba retirarse de la vida de bandido. La miraba como una pobre alma en pena, como un triste objeto que tenía los días contados en aquel sucio y gastado cuartel.

¿Qué podía ofrecer ella en su condición de mujer? Era esta la pregunta que flotaba en los labios de sus compañeros. Ninguno se atrevía a mirarla a los ojos. La habían observado en las duras noches de guerra, sabían su valor, su temple, su destreza, y aún así, dudaban de ella. Las pocas mujeres que habitaban allí, un par al menos, se mantenían al margen de la vida que los prófugos defendían, condenadas a una esclavitud elegida, al silencio impune que las movía como sombras arrastradas al olvido de una vida.

El regimiento se reducía a varias docenas de hombres, todos poseían voz y voto. Incluida ella, que ahora ansiaba convertirse en algo más que un simple miembro, añoraba rozar la gloria, el verse mitificada como una heroína de cuento, como la amazona que había sido desde el inicio de su historia. No lo quería por el mero hecho de sentirse poderosa, sino porque su alma se convencía del enorme poder que podría tener para gobernar a aquellos hombres sin rumbo.

A su vista, Cyrene podía poseer el triste y maligno don de la debilidad, tal vez la más común de las características femeninas. Esa vil y exclusiva fatalidad destinada a las de su género.

Pero ella no era solo aguerrida y salvaje, era sólida como una piedra de río, poseía unos ojos magnéticos incapaces de revelar sus pensamientos. Una sonrisa conciliadora capaz de atraer los buenos recuerdos, era luz de aurora, soplo de viento nacida para gobernar.

El consejo bajó a las cúpulas arrastrando a los hombres en silencio. Todos osaban mirarla como si la desgracia acaeciera en su pecho, como si esperaran a la luna para sepultar su triste corazón.

Los sabios, alzados en el podio, elevaron las manos con la benevolencia de los años, eran días grises, de torturas y muertes rotundas. Primero decidirían el destino de los últimos prisioneros, un par de hombres que pertenecían al ejército real,  y por mala ventura acabaron víctimas del regimiento.

Tres hombres de rodillas esperaban un juicio, uno que bien sabía Cyrene, no sería justo.

-Esta noche, hemos concebido que será la elección de nuestro nuevo comandante – Anunció uno de los sabios – Si bien, los dos rivales esperan ganar el favor de sus gentes, queremos ser testigos de su justicia y dejarles decidir el destino de los prisioneros.

Era un vuelco inesperado para Cyrene, la ponía en una clara desventaja. Todos esperarían una mano dura, y Eliseo, su claro rival, poseía un ímpetu imperturbable al momento de declarar lo que los hombres esperaban escuchar.

El primero de los hombres habló, simplemente se dedicó a narrar con vaga precisión que se encontraba en aquellos bosques por mandato real. Los otros dos no hicieron menos que proseguir el relato, con poca insistencia veían como la vida se le escapaba de las manos.

El odio del regimiento hacia esos hombres era acérrimo y concretado, al unísono clamarían una muerte pronta, sin escuchar excusas o reparos. Los hombres querían sangre.

-Estos llamados soldados invaden nuestras tierras – Exclamó Eliseo dando inicio a su defensa – Han violado nuestra seguridad, son un peligro para nuestra raza, yo si de alzarme como el comandante de este regimiento, ordeno la horca como único destino para nuestros enemigos.

Los gritos sordos acabaron por ahogar sus últimas palabras. La muerte se había convertido en la palabra favorita del regimiento, y ahora Eliseo se valía de ese vil gusto para alcanzar su propia gloria.

-¡Qué mal tan terrible os ha hecho el odio! – Exclamó Cyrene consternada viendo los rostros curtidos de aquellos hombres sin futuro – Os habéis convertido en la sombra de lo que tanto odian. Odiáis a un rey absurdo que proclama y condena a otros que no tienen culpa

“Os habéis convertido en la ceguera y el resentimiento que agobia a los hombres piadosos, convirtiéndose en un mal desatado. Yo Cyrene, declaro justicia para estos hombres los libero de la responsabilidad ajena de su rey, yo Cyrene, os declaro hombres libres, podéis regresar a sus tierras o quedaros y formar parte del regimiento. Pero queda una advertencia, si elegís la primera, no podréis volver a cruzar nuestra frontera, de hacerlo el castigo será la muerte.

El silencio precedió sus inmortales palabras. Y cuando todos la creían débil poco antes, ahora alzaron sus voces proclamándola como su comandante, como su reina absoluta para guiarlos y liderar una legión de hombres libres.

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